La mirada extranjera

LAPIDARIUM IV Por Ryszard Kapuscinski-(Anagrama)-Trad.: Agata-Orzeszek-158 páginas-($ 38)
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18 de mayo de 2003  

En La guerra del fútbol , un libro que reúne sus primeras crónicas sobre Africa y América latina, Ryszard Kapuscinski intercaló, entre relato y relato, una serie de notas sueltas, de fragmentos, que llamó "el plan del libro nunca escrito". Después de eso publicó más de veinte libros y se convirtió en el escritor de crónicas del siglo XX por antonomasia. Sin embargo, en ninguno de esos textos -al menos en ninguno de los seis publicados hasta ahora en castellano por Anagrama- se vuelve a ver el tono confesional y el elemento altamente autorreferencial que tenían esas notas. Cuando uno ya había empezado a pensar que Kapuscinski había decidido que ésas eran cuestiones de principiante, que mejor escabullirse como narrador y poner siempre el acento de la crónica en lo que está pasando más allá, aparece Lapidarium IV . En este libro recién editado por Anagrama se escucha la voz de Kapuscinski como el murmullo de una conciencia alerta frente a los destinos del mundo y tiene por eso algo, para sus lectores, de reencuentro. Como tal, incluso, reclama ser leído: Lapidarium IV se termina de armar si uno ha pasado antes al menos por El Imperio -ese libro magnífico en el que Kapuscinski narra la Rusia marginal, anónima- o Ebano , en el que relata lo que ocurre con distintas repúblicas africanas en su proceso de independencia de los poderes europeos. Hay en este libro una condición de apéndice que lo hace, a la vez, disfrutable para reincidentes y poco recomendable para lectores que se inician.

El nombre lapidarium , dice la primera página del libro, designa un lugar que puede ser la plazoleta de una ciudad, el atrio de un castillo o el patio de un museo en el que se depositan piedras encontradas, restos de estatuas y fragmentos de edificaciones: "cosas que forman parte de un todo inexistente... y con las que no se sabe qué hacer". Kapuscinski parece recurrir a esta forma menos como un ejercicio de la nostalgia que como una forma de reforzar su hipótesis de que en este mundo cada vez más imposible de abarcar quizás todo tienda "hacia un gran collage , hacia un conjunto deshilvanado de fragmentos... precisamente hacia un lapidarium".

En estos retazos, Kapuscinski va anotando sus conjeturas acerca de, entre otros: la crisis del Estado tradicional y el surgimiento de nuevos estados, la acentuación de la brecha entre ricos y pobres, el empantanamiento endémico de las repúblicas africanas, las culturas nacionales ante la globalización, la privatización de la guerra, las miserias y los desafíos de la práctica periodística contemporánea. Algunas de esas conjeturas son más acertadas que otras: en el tiempo que transcurrió desde el año de publicación de este libro en Varsovia, el 2000, hasta ahora, se puede ver que Kapuscinski está más en lo cierto cuando dice que, como producto de las nuevas camadas de inmigrantes y de refugiados de la periferia del mundo, se formará una nueva comunidad todavía no definida en los países centrales que cuando demuestra su fe en que, durante el siglo XXI, la amenaza de guerra podrá ser reemplazada por prácticas de intercambio que conformen un tejido unificador entre comunidades y entre civilizaciones.

Kapuscinski es consciente del carácter precario de sus observaciones, de las dificultades que implica hoy hacer cualquier previsión. Y la verdad es que en eso -en esa certeza de que el balbuceo es el único tono con el que se puede intentar definir el mundo- radica gran parte de la atracción que ejerce su mirada, el rasgo que lo diferencia de la jactancia vacua de tantos cronistas contemporáneos. Algunas de las citas sueltas que también forman parte del collage de Lapidarium IV se refieren justamente a esa dificultad, a la condición inaprensible del mundo, a "lo difícil, e incluso imposible que hoy resulta predecir el futuro". Una es de Henry Kissinger, y la dijo a fines de los años setenta, cuando trataba de establecer las bases de una política exterior: "el comunismo es un reto que no se va a acabar nunca". La otra es de la escritora rusa Nina Berberova, y la dijo cuando pasaba un hambre y un sufrimiento atroces en el exilio parisino: "Pensar en el futuro: °qué lujo!"

Otros de los fragmentos de Lapidarium IV -número que indica que se trata de una serie que, a pedido del autor, se empezó a publicar en castellano por el tomo cuarto- son crónicas en miniatura en las que se ve toda la maestría con la que Kapuscinksi aborda esa forma narrativa: el simple encuentro con un soldado que vigila el paso por un puente de algún lugar innombrado de Europa del Este puede convertirse en una especie de tratado sobre la idiosincrasia -y por qué no, del alma- de todo el pueblo eslavo.

Finalmente, hay algunos fragmentos de Lapidarium que adquieren, se podría decir, la categoría de manifiesto: en ellos Kapuscinski -el cronista que, durante sus 45 años como corresponsal, cubrió revoluciones y derrumbes en las regiones más variadas del planeta- se refiere a la necesidad de viajar una vez más, a la importancia de ejercer la distancia literal para acceder a la comprensión de las cosas. La mirada verdaderamente capaz de captar de qué se trata es extranjera, dice Kapuscinksi. Justo él, que tan bien supo contar a Rusia, se opone así a la idea de pintar la aldea propia para ser inmortal que la literatura rusa acuñó como una de sus máximas. Será que a la inmortalidad se accede por más de una vía.

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