La multiplicación de los enigmas

Complejidad estructural y prosa ligera permiten a Paul Auster recuperar en Invisible, su último libro, parte de la ambigüedad que caracterizó sus mejores novelas del pasado al tiempo que explora con delicadeza una incestuosa relación entre hermanos
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26 de diciembre de 2009  

Invisible

Por Paul Auster

Anagrama

TRAD.: Benito Gómez Ibáñez

284 Páginas

$ 52

Revelar aspectos de la trama de Invisible , la reciente novela de Paul Auster, privaría al lector de buena parte de su efecto e incluso de su visión del mundo, que trabaja con el más allá de las apariencias como fundamento de la ficción.

La historia consta de cuatro partes engarzadas como en un juego de cajas chinas. En la primera el estudiante, poeta y traductor Adam Walker conoce hacia 1967 en la Universidad de Columbia a un profesor que lo atrae, el enigmático Rudolf Born. Éste le propone dirigir una revista con una oferta generosa, de la que sospecha. Born lo vincula a su amante, Margot, que seduce a Adam, y el joven se ve arrastrado lentamente a perversos equívocos. La relación finaliza cuando asiste a un acto de extrema violencia de Born, que apuñala a mansalva a un hombre que los asalta en un callejón de Manhattan. Walker lo denuncia pero tardíamente, por temor, y eso le da tiempo a Born para huir a París y quedar impune de su crimen. Ese relato, en el que Adam reconoce tanto el odio como la cobardía ("Jamás podría perdonarlo y nunca podría perdonarme a mí mismo") es la primera parte de un texto autobiográfico, "Primavera", que le envía a un antiguo compañero de Columbia, James Freeman, escritor consagrado, treinta años después de los hechos. El segundo capítulo, "Verano", ocupa casi toda la segunda parte de Invisible , y relata lo ocurrido en la inmediata estancia en París de Adam, que comparte una habitación con su hermana Gwyn. Allí se narra la muerte de un hermano en la infancia, la iniciación adolescente de Adam y Gwyn en el incesto, y su enloquecida repetición en la juventud. La tercera parte incluye el texto final de Walker, "Otoño", aunque editado por Freeman, donde narra su reencuentro con Born en París y su intento de venganza con la revelación a la prometida de Born, Hélène Juin, y a su hija Cécile, del asesinato impune. Adam reencuentra a Margot, con la que reinicia una relación, y a la vez elude el amor de la joven Cécile. Cumple su objetivo, pero Born le tiende una trampa y así le confiesa que se halla muy cerca del poder, habilitado por su lejana participación en la Guerra de Argelia y por su temperamento violento, muy lejos de su fachada profesoral. La cuarta parte es una coda que revela otra clave de los sucesos, sobre la base de otro texto, el que escribe Cécile sobre su posterior encuentro con el malvado Born en una isla del Caribe. El escritor Jim Freeman, que persigue el sentido del destino de su amigo Adam, destinatario de sus secretos, de su autobiografía y a la vez confidente de los otros personajes, es el verdadero constructor de la trama y el que administra los relatos superpuestos, las versiones contradictorias de los hechos y la ambigua comunicación de la verdad. Pero en el carácter invisible de dicha verdad, en su relativa e improbable certeza, que ni siquiera la memoria puede restaurar con precisión -aquello que Gérard de Cortanze llamó, parafraseando a Eco, la "estructura ausente" de los relatos de Auster- reside el núcleo conceptual de la novela.

De un modo subrepticio pero que cuenta con su fuerza narrativa, los textos de Auster suelen descansar en dos o tres formas que recorren la ficción y que Invisible reitera: lo autobiográfico, que asegura una cierta verosimilitud a los hechos; el realismo, que aparenta fijar un mundo en su minuciosa epifanía; ciertos resabios del policial o de la novela de espionaje, cuando un escritor, detective a su modo, recorre los sucesos para la resolución de un misterio criminal, o cuando descifra a una personalidad oculta en sus máscaras, como el "Topo" de John Le Carré o el Dimitrios de Eric Ambler. Estos rasgos suelen generar una veloz lectura, al modo de un thriller que combina trama y suspenso, porque su andadura no ofrece los espesores de los textos autorreflexivos o una prosa donde las densidades del estilo obligan al lector a interrumpir su ansiosa busca de lo que debe ser revelado al final. Pero cuando esto ocurre, la trama de Auster revela las incongruencias, las indefiniciones, los huecos en toda certidumbre, y la ficción, lejos de resolverlos, multiplica enigmas.

El lector tiene la incómoda sensación de que ha perdido un dato, que se distrajo de un detalle, que no ha comprendido bien el carácter de un personaje, que debería releer. Pero dicha indefinición suele pertenecer al narrador, que voluntariamente ha difuminado las pistas y ha creado una ambigüedad consistente. Así llega Auster a esa fórmula que lo seduce: leer una historia de formación biográfica de un personaje de Dickens como si se tratara de un tipo imaginado por Kafka o por Beckett. Esta fórmula aspira a cuestionar desde la ficción el estatuto mismo de la verdad para la construcción de un sentido acabado de la vida: "Nadie desea formar parte de una ficción y menos aún si esa ficción es real", escribió. Por ello, las mejores historias de Auster producen un efecto de incertidumbre, de un sentido que se escurre en el seno de las cosas y que difícilmente cualquier fe pueda aliviar, como no sea mediante el ejercicio del arte que las hace evidentes, siquiera como una ironía amarga. Ello apuntala su obsesión por la "fragilidad de la vida", que no responde a un orden determinado y necesario, sino que estaría fundada en la recurrida figura de lo contingente y del caos. Ese aspecto refiere a la equívoca noción de una verdad fatalmente invisible: no hay posibilidad cierta de establecer criterios infalibles en una existencia regida por el azar y el accidente. Así toda certeza, incluida la de los sentimientos personales más arraigados y la propia identidad, se diluye en el no saber.

El riesgo de esta fórmula, como ocurrió en algunas de las últimas novelas del escritor, es una deriva mecánica hacia efectos de superficie, de cierta indefinición que se transforma rápidamente en trivialidad, en gratuidad. La aparición de Invisible hacía temer que esas debilidades se repitieran, pero no es así: cierta crítica la llamó su "mejor novela" o habla de un "nuevo Auster". De hecho se trata de uno auténtico, con sus riesgos y hallazgos, pero en un texto cuya complejidad estructural no abandona la consabida ligereza, y a cambio ofrece cierto arrojo, porque explora con pericia y delicadeza un episodio erótico que no oculta su abismal y sombría atracción: el incesto entre hermanos. Ese relato enmarcado, "Verano", casi una perfecta nouvelle , fascina con la figura de una inocencia que el tabú exalta, y cuya grandeza no alcanza el personaje de Rudolf Born, como una contrafigura demoníaca que ejerce voluntariamente el mal. La catadura equívoca de este personaje ambiguo -cuyos rasgos sugieren que los crímenes de los imperialismos de Occidente pueden ser producto de una vasta locura personal, del mal como elección, del azar gratuito, de la violencia irreflexiva, y no de una estructura socioeconómica con fines instrumentales de dominio- arroja también incertidumbre sobre las convicciones estadounidenses políticamente correctas de la novela.

© LA NACION

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