La nueva cultura del humor

Un lenguaje under que se ríe de los clichés de la tele, la música, el rock, el peronismo, la ideología biempensante y hasta de la sacralizada heroicidad de los setentistas tiene como ícono máximo a Diego Capusotto. El actor y su gran guionista Pedro Saborido cuentan el revés de este fenómeno que partió en dos la historia del humor
Natalia Blanc
Leonardo Tarifeño
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19 de diciembre de 2009  

"En general no hablamos juntos en público" aclara Diego Capusotto, "Peter" para los miles de fans que lo consagraron en el irreverente Peter Capusotto y sus videos, el programa cuyo éxito e impacto parece definir los rasgos de la nueva cultura del humor en la televisión argentina. Sentado a una mesa del tanguerísimo bar El Progreso, en una esquina de Barracas, el actor espera a su factotum, Pedro Saborido, para entablar un diálogo sobre las claves del programa, el rock, el peronismo, la Argentina y su concepto del humor. Además de su celebridad televisiva, hoy ambos ven sus nombres en la lista de best sellers gracias a Peter Capusotto. El libro (Sudamericana), puesta en página del mundo irónico y culturalmente incorrecto de una dupla que ha sabido ganarse reconocimiento y legitimidad a fuerza de personajes absurdos, ácidas metáforas políticas y una crítica que empieza en el rock y termina en las exageradas ideas que los argentinos tienen de sí mismos. El humor de Capusotto no es para todos los gustos; no menos cierto parece que la variedad de sus tonos y registros cautiva a un público de lo más variado, que supera por mucho los límites del rock. Según Diego, el fenómeno del programa es un misterio, y lo que menos vale la pena es intentar explicarlo. Los magos nunca muestran los trucos, aunque en este caso tal vez sería sugestivo descubrir por qué el delirio, el acento escatológico y la parodia sin concesiones son capaces de unir en una sola risa al adolescente, el adulto ilustrado y el trabajador popular, todos miembros de la pintoresca legión capusottiana que el propio Diego llama "aliados". Quizás el diálogo con su guionista ilumine ese enigma, la curiosa caja de Pandora que, sin embargo, ninguno de los dos se anima a abrir.

Contra el lugar común que mostraría al humorista como un tipo en estado de risa permanente, el hombre detrás de Violencia Rivas, Micky Vainilla y Pomelo habla y reflexiona sin bromas a la vista. "Este bar vive del pasado tanguero, y aquí nos reunimos para hablar de rock -dice-; pero no estamos ante una síntesis de la Argentina. El tango está mucho más vivo que el rock. Si tuviéramos que buscar el espíritu del rock en Buenos Aires, tendríamos muchos más problemas que si nos propusiéramos encontrar el del tango". Violencia Rivas es la mujer que "anticipó el punk", la cantante de un paródico Club del Clan ansiosa por rebelarse ante la felicidad de sus himnos románticos. Un pariente cercano de Micky Vainilla y su pop fascista, que reivindica los valores hitlerianos con melodías de intención radial. Ellos, como el eterno divo Pomelo, Luis Almirante Brown (retórico como su modelo, Luis Alberto Spinetta) y Bombita Rodríguez (el "Palito Ortega montonero") viven en la piel, rostro y pelo llovido de Capusotto, quien además de tener aptitudes de contraseña juvenil y héroe transgeneracional ha demostrado tener todo lo que necesita un actor dúctil y original.

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Saborido llega con una sinusitis inoportuna que le brinda otro refugio para su evidente timidez. "Es verdad que no hablamos juntos en público" subraya el guionista, y agrega que no hay ninguna decisión política al respecto, sino que "el programa es tan contundente que se explica solo". Pero en el diálogo que sostienen para adncultura se proponen contar todo lo que sus seguidores no ven o no conocen del dúo insoslayable en el humor argentino de hoy. Cómo trabajan, cuál es el origen del nexo con el que unen peronismo y rock, y qué ideas tienen del humor en la televisión. La primera piedra la lanza Diego y hace blanco en la construcción del equipo que ha formado con su compañero de equipo.

Diego: -Para mí, la clave de nuestra manera de trabajar es que nos organizamos como adultos y jugamos como niños. Nos organizamos para que el trabajo de veras sea posible (y en eso entra la tele, pero también el programa de radio o el libro, lo que fuese) y, en el juego, se nos aparecen ideas, personajes o imágenes, sobre todo imágenes que luego completamos con una historia. En esa creación de personajes y situaciones estamos involucrados los dos: vos lo transformás en un guión y yo lo actúo. Pero la clave de todo es el juego, ¿no?

Pedro: -Sí, me gusta lo de "nos organizamos como adultos y jugamos como niños". Efectivamente hay algo de eso, como si fuéramos amigos que van a jugar a la pelota o a pescar. La seriedad con la que nos enfrentamos al momento de ver qué se le ocurrió al otro es pasmosa, como los chicos se ponen serios para jugar...

D.: -Hasta que el juego se transforma en una necesidad. Porque ahora, para nosotros, el programa es una necesidad de expresión muy importante. Por suerte, parece que del otro lado hay aliados, pares, gente para la que el programa también se ha convertido en algo curiosamente necesario. Me gusta pensar que hay quien tiene necesidad de verlo pero no por algo compulsivo ni por llenar un hueco, sino para escapar de lo hueco y armarse otra cosa, que simplemente es compartir un placer. Si fuera así, yo rescataría mucho eso.

P.: -En nuestro caso me parece que es una necesidad de expresión, no de transgresión. Todo lo que hicimos y hacemos es muy natural. Nunca sentimos que si nos pasábamos con algo, entonces iba a funcionar por zarpado. Nunca fue la intención.

D.: -Y es que "transgresión" no es más que el sello que la tele le pone a todo lo que parezca distinto, siempre desde una posición muy conservadora. Nosotros nunca tuvimos un plan para ser transgresores. La transgresión es la típica estafa de dos tipos que se juntan y dicen "Vamos a hacer algo que parezca transgresor", o que tenga ese sello, esa identidad. Es algo casi infantil, diría.

P.: -Sea como sea, nunca fue nuestro caso. Nosotros simplemente nos preocupamos por si lo que hacíamos era divertido o no.

D.: -Y divertido es lo que nos hace reír a nosotros. No nos molestamos en pensar qué le podía gustar al público porque la verdad es que no sabemos qué le puede gustar.

P.: -No sólo no sabemos qué le puede gustar al público; tampoco sabemos por qué el programa le gusta a gente tan diversa. No podría decir por qué Peter Capusotto y sus videos le puede gustar a un nene de 10 años, a un obrero y a un profesional, por decirlo de alguna manera.

D.: -Yo tampoco puedo explicar el fenómeno, y me parece interesante no poder explicarlo. No sé por qué es así. Y me interesa mucho más el misterio que la explicación.

La historia

D.: -A mí me parece importante aclarar que éste nunca fue un programa impuesto por nadie. Y tuvo un recorrido que para mí fue muy sano, porque la única pretensión que teníamos era la de encontrarnos en un juego. Empezamos en la televisión por cable, de ahí fue al 7 y nos pareció perfecto. Cuando estábamos en el cable, nadie nos tentó para ir a un canal abierto, más grande. Recién a finales del 2007 nos quisieron llevar a otras emisoras. Pero como queremos tener el control, nosotros decidimos dónde estar y cómo hacerlo. En un medio tan histérico como la televisión es muy difícil tener el control sobre lo que uno hace, el programa nunca es del todo de uno. Por eso, yo creo que no tendríamos ningún problema en volver al cable, si eso alguna vez fuera necesario.

P.: -La posibilidad de hacerlo donde lo hacemos nos da un margen de maniobra en el que no tenemos que preocuparnos por si va a ser transgresor o no. Yo diría que el programa es un barco que sólo es capaz de navegar en un lugar determinado; en otro océano, digamos, no sé si resistiría las turbulencias.

D.: -En una educación que tiende a lo piramidal, sólo podés pretender llegar a la punta, que en teoría es el éxito. Pero en realidad uno puede llegar al lugar que quiere, el que uno elige, que no necesariamente tiene que ser la punta, sino otra cosa. Eso es lo que quisimos con el programa.

P.: -Uno no tiene por qué caer en lo que los demás dicen que se debe hacer. Como si el rumbo siempre tuviera que pasar por el horario central en el canal más visto, o el teatro siempre hubiera que hacerlo en la calle Corrientes... Nosotros encaramos el programa con seriedad y tensión, nos cansamos y no dormimos, pero lo que ni vos ni yo queremos es que se convierta en un padecimiento. Y si para conservar la magia tenemos que hacer pocos programas, entonces hacemos programas.

D.: -De hecho, es lo que hacemos. Para mí el programa está bueno si a mí, como espectador, me sorprende. Son cosas que uno puede mantener si tiene algún control sobre el propio trabajo y lo que querés sacar de eso.

Los personajes

P.: -Control también es autoimponernos que en cada programa haya algo nuevo. Puede ser un personaje o cualquier otra cosa, algo que marque una novedad respecto al programa anterior. No todas las cosas nuevas son buenas ni duran, y muchas ni siquiera llegan a buen puerto; pero el hecho de armar cosas nuevas constantemente nos da un ejercicio, una gimnasia, que nos obliga a seguir jugando. Es nuestra defensa frente al desgaste que marca la televisión: no dejamos que nos obliguen a hacer Bombita Rodríguez todo el tiempo, ni Violencia Rivas, porque una y otra vez ponemos alguna otra cosa nueva. Con eso escapás a la lógica televisiva por la cual si un personaje funciona hay que darle hasta que se agote.

D.: -Sí, justamente queremos que los personajes no se agoten. Y cada uno tiene su historia y recorrido propios. Por ejemplo, acordate de que Violencia Rivas nació de una idea que no se pudo desarrollar hasta que luego, un día como cualquier otro, encontró su propia biografía. Pero flotó seis meses en la nada.

P.: -Y es que no modelás un personaje como si fuera una estatua. Es como si te hicieras una casa desde adentro; recién cuando salís te das cuenta de que la terminaste. Antes de ese día tenés una visión muy parcial, no podés estar seguro de si el trabajo está listo o no.

D.: -Cada personaje es distinto. Algunos tienen un recorrido mínimo, porque se presentan y el chiste es muy evidente, ya no hay nada más para contar. Otros necesitan un desarrollo porque apuntan a un giro que el espectador y nosotros conocemos, una puñalada humorística con la que sabés que ahí está la comicidad. También están aquellos con los que el espectador tiene que estar más pendiente de lo que se cuenta, porque forman parte de una historia. Y como en todo relato, los personajes necesitan alguien con espíritu de niño que escuche la historia y sea feliz con ella.

P.: -Hay un menú de personajes y tal vez por eso el público del programa es tan diverso. Yo he descubierto que la gente tiene sus personajes favoritos, como se puede tener músicos favoritos en una banda. Hay fanáticos de Pomelo, de Soy Baba... y cuando llevan un tiempo sin aparecer, te lo reclaman.

D.: -A mí me encanta que haya personajes tan distintos y que cada uno tenga su propio recorrido. Por ejemplo, Pomelo tiene mucho de dibujo animado, es un personaje torpe, todo lo que encara le sale mal. Por otro lado, Bombita Rodríguez necesita cierta decodificación, le puede llegar a cierta gente o a público de una generación y no a los de otra. Uno dice "el Palito Ortega montonero" y no todo el mundo sabe de qué se habla allí. La comicidad en Bombita exige datos imprescindibles para entender y reírte de un relato que, como todo en el humor, es inverosímil.

El rock

P.: -Lo curioso es que eso que decís, lo inverosímil del humor, se ha visto como una crítica al rock. Yo no veo el programa como una crítica ni creo que ataquemos a las estrellas de rock. Nos divertimos con una estrella de rock como Pomelo, los demás pueden verlo como algo crítico o no, pero para nosotros hay muchas estrellas de rock que son así. Y nos divierte que sean así. La nuestra es una mirada sin pretensiones inquisitorias.

D.: -En el programa hay una evocación muy respetuosa del sonido clásico del rock. Y también hay, por supuesto, una mirada paródica sobre cómo éramos y qué pasó con un movimiento que se devora a sí mismo, hoy convertido en una salida laboral. Por eso nos divertimos con la cristalización casi infantil de la palabra "rock", que muchos no saben qué significa o la observan con una mirada ingenua.

P.: -La posición con respecto a los clichés del rock tiene mucho de autobiográfico. Yo toqué la guitarra en un fogón a ver si me levantaba una mina; vos también lo hiciste, lo hicieron muchos. Y de eso nos reímos en el programa. También nos reímos de la mirada inocente sobre el rock. Hoy esa mirada es crítica porque el rock nos decepcionó a muchos, pero eso no significa que hayamos dejado de amarlo.

D.: -El humor revela lo no dicho, y muchas veces se permite mostrar lo monstruoso de aquello en lo que creemos. Por eso el humor siempre apunta a lo inverosímil, a lo que subyace. Es una mirada deformante con respecto a lo que nos rodea, eso que muchas veces construimos como defensa, retórica o negociación con el otro. El humor destroza todo eso y pone en evidencia aquello que en teoría no se puede decir. Aplicado al rock, el humor desnuda el artificio. Yo creo que la idea del programa es demoler el artificio, y eso atraviesa el rock pero también la forma como vivimos. Por supuesto, no nos interesa apuntar lo que está bien o mal con el rock, yo me encierro en mi casa, escucho King Crimson y los demás que hagan lo que quieran. En todo caso, las ideas del programa pasan por el rock pero avanzan hacia otros lugares, como la artificiosidad de nuestra vida contemporánea.

P.: -Sobre eso que decís, yo aclararía que nunca quisimos hacer una radiografía de la Argentina. Los argentinos creemos que todo el tiempo tenemos que hablar de los argentinos, el narcisismo también se expresa en pensar que si uno habla de algo, por extensión eso también se aplica a la Argentina y los argentinos. Y no sé, a mí los personajes del programa me parece que son humanos antes que argentinos. Pomelo es un divo y su costado histérico lo tiene cualquier divo, sea periodista, gomero, rockero o farmacéutico, y argentino, japonés o australiano. Esa tipología se manifiesta en el rock pero no es exclusiva del rock, ni todas las estrellas de rock son así. Lo de Pomelo es una mirada sobre una tipología que afecta al divismo y la egomanía humanas, más allá de lo que él hace puntualmente.

D.: -En otro momento, el ego en el rock tenía que ver con la creación de un sonido determinado; hoy forma parte de la salida laboral en la que se ha convertido el rock. No quiero generalizar, pero da la impresión de que el divismo ya no se construye a partir del sonido.

P.: -En eso también Pomelo es un ejemplo. Fijate que él nunca cantó, y eso nos salió sin querer. Porque Pomelo no es un artista, él sólo quiere ser una estrella de rock.

D.: -Quiere ser eso que ve.

P.: -¡Claro! Si Pomelo fuera jugador de fútbol, lo que querría es ser como Riquelme, no jugar al fútbol. Para él, jugar al fútbol sería un problema. Eso es divismo. Y nos reímos de eso por el divismo, no porque sea argentino.

El peronismo

D.: -Tal vez la presencia de "lo argentino" la marque el peronismo. Pero yo diría que eso ocurre porque somos de una generación que, además del hecho contundente político del peronismo (y cuando digo contundente me refiero a políticas que se han realizado), tiene todo un imaginario alrededor de Perón. En 1973 nosotros teníamos 12 años más o menos. Y recuerdo que, visto desde esa edad, en mi familia todo lo que estaba en contra de Perón era feo y malo. Había un imaginario, romántico si querés: toda esa cosa de la espera, de algo que venía de afuera a liberar lo que estaba entumecido. Un romanticismo que luego devino tragedia. Eso era muy fuerte. Yo repartía volantes en los colectivos, y ahora me doy cuenta de que, aun sin ser militante, eso te generaba una mirada política. Era una época en la que Perón nos atravesaba a todos, a los que se oponían y a los que estábamos a favor. Particularmente, dentro de ese escenario, a mí me parecía que yo debía estar en ese lugar por todo lo que representaba el peronismo, que muchas veces tiene algo de relato ficcional.

P.: -El peronismo tiene una riqueza cultural muy impresionante. Como guionista, trabajar con esos elementos te hace sentir que podés jugar en un parque de diversiones peronista que va de la UOM a John William Cooke... Es un territorio vastísimo, lleno de anécdotas y hechos increíbles.

D.: -Y es que Perón es el único personaje que permite un imaginario. Tanto es así que nos permitió cruzar el peronismo y el rock, que en la militancia nunca estuvieron ligados. En la Argentina, ¿qué figura paternal contiene a la argentinidad y permite un relato ficcional y posible para hablar de rock? Perón, ¿quién otro? Y es que Perón hizo mucho antes lo que el rock pretendía. A mí me parece que nosotros armamos un juego en el que Perón entra en cualquier terreno. Y no desde el lugar gorila que es irónico con el peronismo, sino desde adentro, de manera activa.

P.: -Volvemos al principio: en lo que hacemos hay mucho de juego adolescente. El peronismo te da una estantería llena de juguetes, pero el rock también. Cuando hacemos a Latino Solanas, la estantería es más chiquita, y si observamos el radicalismo, la estantería creativa es más chiquita aún, ya que cuando éramos chicos, los radicales se definían como "no peronistas". Todos esos elementos los metemos en una especie de pelotero adolescente desde el cual miramos la historia y la realidad, y una vez allí, lo único importante es divertirse. Acordate de que al principio nosotros teníamos el prejuicio de que el humor construido a partir de la unión entre el rock y el peronismo no le iba a interesar a mucha gente. Pero luego no nos importó, e hicimos Bombita Rodríguez con la sospecha de que sólo iban a entenderlo unos pocos. La verdad es que así trabajamos siempre: cuando empezamos no sabíamos si nos iba a ver mucha gente, hicimos lo que queríamos hacer y no nos pusimos a pensar que tal vez sólo iban a vernos los interesados en el rock.

D.: -Sí, en este programa nunca pensamos qué le podía pasar al espectador. Pensamos en pasar videos, y son los videos que a mí me gustaría ver. Y así con todo: el rock, la adolescencia como nuestro lugar, y nosotros dentro de esa cultura rock.

P.: -Sobre ese lugar nuestro, yo creo que nos importa reivindicar el espíritu del rock que tal vez hasta es previo al rock. O mejor dicho: está en sus orígenes. Nosotros somos más del Parque Rivadavia que MTV. Más de la revista Expreso Imaginario que del programa Música Total. Yo sé que esto se puede ver como un espíritu hippie...

D.: -Y es que nosotros crecimos con el rock mucho antes que Malvinas. Lo de Malvinas fue un aprovechamiento político de esa música, por la que el rock nacional finalmente consiguió ser bien visto. Pero algunos músicos terminaron negociando con la posibilidad de tocar mientras algo tremendo ocurría.

P.: -Pero, ¿qué es el rock? ¿Woodstock o Bon Jovi? El rock puede ser muy amplio. Y el peronismo también tiene esa amplitud.

D.: -El rock tiene alguna importancia gracias a lo que provocó como hecho social. Tiene algo para decir y genera un sonido que acompaña aquello que se dice. El programa evoca ese sonido y su origen, y por supuesto, también lo que sucedía socialmente. Para nosotros no se trata de algo tipo "todo tiempo pasado fue mejor", porque ese sonido perdura y tiene vida. Pensar que Cream es un sonido del pasado es estúpido, porque ¿qué es un sonido del presente? ¿The Killers? ¿Entonces tengo que escuchar a The Killers y no a Cream? El sonido nunca acaba. Para nosotros Cream también es el presente. El sonido sigue vivo. No hago el discurso "todo sonido pasado fue mejor" porque rescatamos un sonido muy próximo a movimientos sociales importantes.

P.: -Todo eso tiene un paralelo con el peronismo.

D.: -Sí, o al menos con la idea que uno tiene del peronismo. Porque el peronismo tuvo políticas, construcciones y decisiones valiosas, que se llevaron a cabo; y luego vino toda la lectura del peronismo, que es otra cosa muy distinta. Al mismo tiempo, el peronismo define a los enemigos, y dentro del peronismo tenés tus propios enemigos.

P.: -Y es que el peronismo tiene una saga interna digna de El señor de los anillos: López Rega, los Montoneros, Lorenzo Miguel... En fin, en todo gran relato hay buenos y malos. En el cristianismo está Dios, pero también Satanás; la Biblia está llena de villanos, pero uno, como cristiano, compra el paquete entero. No se trata de tomar sólo lo positivo, también hay que ver la lucha que forma parte del fenómeno. Con el peronismo pasa algo similar.

D.: -Y también está la posibilidad de que todo no sea más que un cuento. El peronismo tiene sus muertos, yo no diría que es un cuento. Pero algo de eso hay.

P.: -El peronismo, como todo fenómeno que se cruza con elementos pararreligiosos, tiene su carga de valores. Y el rock también tiene algo de pararreligioso. La cosa es cuando deja de ser religión y sólo queda el rito. Eso que antes te contenía, esa utopía que permitía pensar en cambios y transformaciones, se convierte en pura repetición. Como adolescentes le dimos esa importancia de rito al rock, y nos preocupamos por la manera de vestirse y de pensar, y construimos un lugar desde el cual mirar el mundo sin conformismos. Pero hoy el mundo es otra cosa. Hoy se discute el gobierno, la administración, pero no el capitalismo, o si vivir dentro de este sistema vale la pena. Es una mirada de cabotaje. Y la mirada del programa sobre el rock se rebela porque le pide algo más al rock, y subraya el idealismo que formó parte de su espíritu.

D.: -Aquí también cabe la posibilidad de que todo sea un cuento.

P.: -Es cierto. Pero estoy seguro de que vas a pensar como yo si te digo que hay cuentos que te ayudan a ser feliz.

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