La resistencia intelectual

TIEMPO PRESENTE Por Beatriz Sarlo-(Siglo XXI)-242 páginas-($ 17)
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26 de diciembre de 2001  

Este libro reúne artículos escritos entre 1993 y 2001, en publicaciones que van de Página 30 a La Voz del Interior . "Pensar velozmente y escribir con esa misma velocidad", según dice Sarlo en su prólogo, es la marca del pensamiento periodístico; pero en su caso, por fortuna, la velocidad se ha visto respaldada por un amplio margen de reflexión y la marca resultante es la de la agilidad inteligente y no la del descuido trivial. Lo primero que encuentra el lector es una sensación de alivio, ya que muchas de las virtudes que con frecuencia han desaparecido del horizonte crítico argentino se rescatan aquí: la falta de complacencia, la ausencia de nebulosidad, astucia o coquetería, la valentía en denunciar los mitos prefabricados de la sociedad mediática, la coherencia de una línea ideológica poco convencional que no carece de riesgos. Sarlo se pasea con pareja solvencia e indiscutible originalidad por un escenario que va de los mundiales de fútbol y la guerra de Las Malvinas a una crítica demoledora de La vida es bella , desde la situación de una adolescente en 1952 hasta la precaria ubicación de los intelectuales de hoy. Su denuncia de la demagogia que impera en los programas escolares es memorablemente lapidaria: "Nuestra escuela corteja el mundo de los chicos en lugar de ofrecerles la alternativa de conocer otros mundos."

No siempre, naturalmente, sus argumentos son persuasivos; casi nunca, sin embargo, dejan de ser provocativos, y esto es lo que requiere un periodismo de alto vuelo. En algunos aspectos, y a pesar de la indiscutible autoridad y vigencia de sus referencias bibliográficas, hay en Sarlo un prurito excesivamente racionalista que la lleva a desatender, por ejemplo, lo que encierran como signos ciertas presencias que más que transformaciones culturales representan irradiaciones carismáticas -como Rodrigo o Soledad-, o bien a despachar a la nueva espiritualidad sin preguntarse de dónde surge el hambre que consolida este nuevo avatar, sin preguntarse si no existe algún grano que justifique la indudable paja de comercialización que envuelve a estas empresas. Es cierto: Sartre, Marx y Foucault no han enseñado a la generación de Sarlo los caminos de la recepción a las culturas alternativas de este tipo. Por otra parte, la época del Proceso nos enseñó a profundizar en las opciones éticas del intelectual antes que explorar la nueva sensibilidad: Sarlo se escandaliza cuando los estudiantes reclaman un lugar de nostalgia para las desterradas calesitas. Y es que aunque ella ejercita ejemplarmente la falta de esa pretenciosidad tan típica de sus congéneres, no ha sido en vano -y sigue siendo- una indudable y solitaria protagonista de la resistencia intelectual. Por esto se siente a veces en su escritura la huella de una enorme responsabilidad sobre los hombros, la de reflexionar sin concesiones sobre lo que implica nuestro destino pensante. Pero se paga a veces un precio por una opción tan alta y necesaria: una cierta severidad, un apartarse de la poesía o el humor o la celebración son con frecuencia las marcas de su estilo. Ciertos capítulos más personales, como el referente a las cartas o a las amistades surgidas en la complicidad y el exilio provocados por el Proceso, permiten entrever, con todo, una Sarlo más emocional, menos controlada que la que vigila desde estas páginas, escritas a punta seca, con una exigencia de información y de mirada crítica a toda prueba.

Otra virtud reconfortante en Sarlo es la leal capacidad de transformación de su pensamiento, según los cambios históricos. No muchos en su grupo ideológico se hubieran atrevido a firmar sus muy agudas y sensatas observaciones sobre la función de las iglesias en el campo social en los momentos actuales: "cosas veredes". Su implacable y antológica descripción del Showcenter de Haedo, su análisis del libro de Bonasso como retrato del juvenilismo de la inminencia, permanecerán sin duda como exponentes de un pensamiento sin manierismos ni complicidades, productos de una reflexión impecable, fiel a la vez a los movimientos de la experiencia y de la historia. "El trabajo bien hecho es ir en contra de lo que se cree seguro o conveniente y examinar las certidumbres propias con la misma pasión con que se juzgan las de los otros", dice Sarlo en las últimas páginas. Por una vez, alguien ha cumplido con su programa en la Argentina: celebremos.

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