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La seducción de lo insignificante

Excelentes exposiciones que muestran la inquietante presencia de la estética sinsentido. El compromiso con la realidad ha sido remplazado por un ego exacerbado que enarbola la proclama subjetiva.
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20 de agosto de 2000  

Fabio Kacero, Ernesto Ballesteros y Martín Di Girolamo, tres artistas que han ganado un reconocido prestigio en los últimos años, exponen individualmente en estos días. El rasgo común que los une, más allá de la pertenencia a la generación desencantada de los noventa, es la ausencia de cualquier discurso grandilocuente en sus obras. No existe en los trabajos exhibidos nada de conmoción ni expresividad; la carencia de emotividad es un motivo central de sus temáticas. La indiferencia se convierte en una actitud política, ligada a la actual sobrevaloración de las cuestiones subjetivas. Por esta vía, las obras se orientan hacia la "estética del sinsentido", una concepción del arte desproblematizada, ajena a todo discurso catastrofista y a todo expresionismo agorero.

Esa visión, sin duda, está ligada al "incremento de la insignificancia" en el mundo contemporáneo caracterizado por Cornelius Castoriadis: el seudo consenso generalizado, la apropiación comercial de toda subversión y la sustitución de los valores a cambio del dinero rey.

Fabio Kacero (Buenos Aires, 1961) presenta en la galería Ruth Benzacar un conjunto de objetos de apariencia minimalista, pero con notable seducción visual. Son grandes estructuras blandas, "acolchadas" como productos de tapicería, algunas con los botones típicos del capitoné y forradas con telas plásticas de brillantes colores fluo. Están compuestas por varias partes, generalmente de formas diversas. Extraños dibujos, diseñados con computadora y adheridos a la superficie, completan los objetos.

Muchas veces se ha dicho que estas obras parecen simulacros de packaging , quizá por lo despersonalizado, distante y geométrico de su apariencia formal. Sin embargo, la blandura aportada por la apariencia de tapizado acolchado y confortable parece mostrar lo opuesto. Es evidente la referencia a dos situaciones antitéticas y difícilmente conciliables: la dureza y frialdad del embalaje, frente a la comodidad física y sensual de lo mullido y suave.

Otro conjunto de obras de Kacero está constituido por auténticas miniaturas. Las obras, presentadas como Sin título 2000 , son pequeñas cuadradas de siete centímetros de lado, con diseños transparentes superpuestos e iluminados por dentro. Puntos negros, círculos negros o coloreados, planos rectangulares y otras formas simples aparecen en estas piezas, que no dejan de poseer cierto carácter lúdico y artificioso.

En Duplus, Ernesto Ballesteros (Buenos Aires, 1963) expone las Marquesinas , un conjunto de obras compuestas con lamparillas incandescentes de colores, de 25 W, que se encienden y apagan rítmicamente, delineando dibujos abstractos geométricos. Con alguna referencia al arte cinético, pero con más inclinación hacia los viejos letreros luminosos de publicidad urbana, estas obras no dejan de orientarse hacia el sinsentido. El motivo es trivial y apunta hacia un discurso lúdico que alimenta la pura sugestión visual.

Ballesteros, hasta hace algún tiempo, creaba sus obras a partir de las mutaciones formales de algunos modelos geométricos, como el cono. Sobre bases similares, en la exposición que presentó en la galería Benzacar, en 1996, sus cuadros parecían representar luces ondulantes que se movían en la pantalla de la computadora de algún centro de investigación científica. Hace unos meses, en el ICI, expuso una excelente serie de dibujos; cada uno de ellos era la solución de un problema, intencionalmente descripto por el artista. Uno de los dibujos, según se afirmaba, había sido realizado con 5000 líneas, con la premisa de que partieran de un lado del papel y llegaran al otro, ejerciendo mayor presión del lápiz al pasar por dos zonas poco delimitadas de la hoja. Era evidente la ironía encerrada en esas propuestas, de apariencia objetiva y conceptual.

Nuevamente el humor aparece en las Marquesinas, justificadas con irónica retórica cientificista.

Ballesteros parece prometer profundidad en su discurso teórico, de apariencia objetiva, que contrasta con la excesiva claridad referencial de sus objetos luminosos. Estos, finalmente, oscilan entre el coqueteo con lo obvio, expresado como inocencia, y la falsa sugerencia de una connotación compleja. Es evidente que el artista suplanta la producción de un contenido complejo por la incertidumbre que plantea al espectador la dificultad para alcanzar el contenido de la obra.

En la sala de la galería Ruth Benzacar dedicada a los artistas emergentes, Martín Di Girolamo (Buenos Aires, 1965) exhibe sus esculturas, dedicadas a la iconografía erótica difundida por revistas como Penthouse, High Society, Husler y Cherie: lolitas al por mayor y en todas las posturas imaginables: "Morenas, blancas, paraditas, recostadas, reclinadas, desnuditas, con tanguitas, semivestidas con rasos que apenas las cubren y botas de cebra", según la clasificación de Laura Batkis en el catálogo.

Las pequeñas figuras de Di Girolamo, modeladas con masilla plástica, denotan precisión y objetividad; carnes y ropas están coloreadas con óleo. Todo el trabajo es minucioso y ajeno a cualquier intención expresiva o formalista. No hay duda de la fascinación que ejerce sobre el artista la iconografía femenina, tal como la presentaron algunos referentes del pop, como Allen Jones y Tom Wesselman.

Otras piezas expuestas son bustos modelados con falso neoclasicismo (con irónica apariencia homenaje a algún prócer) que representan a conocidas modelos: Dolores Barreiro y Nicole Neumam. Un frente de estufa de leña, modelado con solemne estilo tradicional, en falso mármol (foto) ostenta como cariátides dos chicas en cuidada y provocativa pose.

Di Girolamo modela sus figuras sobre la base de fotografías de las actrices que posan para las revistas de género erótico, reproduciendo las mismas actitudes, las mismas vestimentas y peinados, con todo lo que tienen de previsible y redundantes. La voluptuosidad de las modelos, la tersura de la piel, las marcas que deja el sol, el maquillaje, las escasas vestimentas y todos los detalles de la fotografía están representados con lujo de detalles. La intención es provocar en el espectador el regodeo en los rasgos más significativos de la foto porno, con su hiperrealismo sexy.

Sin duda, las esculturas de Di Girolamo, fundadas en la reproducción de imágenes tomadas por fotógrafos profesionales, evidencian la crisis del concepto de originalidad (lo "original" fue perdiendo interés y relevancia con los diferentes medios de reproducción y circulación de la imagen). Por otra parte, es evidente la contaminación entre la alta y baja cultura. También es sugerente la contaminación con el mundo real y con sus problemas. Finalmente, en estas obras no queda nada del discurso tradicional de la escultura, fundado en valores plásticos como la masa y el espacio. Cuando parece emerger la escultura, como en los bustos de las superestrellas de la pasarela, lo hace como parodia.

( Fabio Kacero y Martín Di Girolamo, en Ruth Benzacar, hasta el 9 de septiembre. Ernesto Ballesteros, en Duplus, Sánchez de Bustamente 750, 1º piso, hasta fin de mes. )

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