La verdad de Shanghai

CUANDO FUIMOS HUERFANOS Por Kazuo Ishiguro-(Anagrama)-Trad.: Jesús Zulaika-401 páginas-($ 19,50)
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12 de diciembre de 2001  

Hay niños que no crecen: se preservan de cualquier efecto de la realidad, igual que los bichitos prehistóricos se conservan en ámbar, porque la experiencia los ha golpeado antes de que aprendieran qué hacer con ella. Son adultos aparentes, infantes fósiles. Así es Christopher Banks, el exitoso detective de la década de 1930 que protagoniza la última novela de Kazuo Ishiguro. En el círculo de césped de la entrada de su casa de Shanghai, antes de cumplir nueve años, jugando con su amiguito Akira: así se recuerda el protagonista, Banks. El resto son siete fotos familiares y algunas imágenes confusas del tío Philip, la biblioteca de la casa, un señor chino con traje tradicional y un chofer. Banks careció de palabras para las emociones que le causaron la misteriosa desaparición de sus padres y su regreso a Londres como huérfano. Pero a sus treinta años, soltero -siempre impar, como se sienten los niños no mirados- y padre adoptivo de otra húerfana, Banks está listo para enfrentar el caso más difícil de su carrera: la reparación de su mundo roto.

Ishiguro conoce tanto el desarraigo como la idealización de la infancia: nació en Nagasaki en 1954 y llegó a Inglaterra -para quedarse, aunque entonces no lo sabía- a los cinco años. En sus obras el pasado suele ser un terreno al que los personajes se dirigen en busca de las claves de su presente, tanto personal como histórico: mezcla momentos especiales de la historia del siglo XX con momentos especiales de la vida de sus personajes. Ni el gran relato banaliza al íntimo, ni lo contrario; por caminos paralelos, que cada tanto se tocan, ambos buscan distintas respuestas a la misma pregunta: cómo fue que la historia o la vida tomaron determinado camino y no cualquier otro.

Para cerrar su herida abierta, para saber qué sucedió con sus padres, Banks viaja a Shanghai en 1937. Ya no es el territorio de la infancia: atacada por los japoneses, apetecida por el comunismo ascendente y partida por su Colonia Internacional, la ciudad preludia la Segunda Guerra Mundial. Con la convicción, razonable sólo para él, de que sus padres están secuestrados en una casa desde hace casi veinte años, Banks busca las calles, las puertas y las voces que conocía, pero en su lugar hay escombros, huecos y gritos -los mismos sonidos en distintos idiomas, "tan universales como el llanto de los recién nacidos"- de soldados que mueren. La realidad está tan rota como su mundo interior y casi nada queda por reconocer: "Pensé que era un amigo de la infancia -dice Banks, refiriéndose a un soldado-. Pero ahora ya no estoy seguro. Empiezo a ver que muchas cosas no son como suponía que eran". La política y la memoria, descubre, son casos que desafían al detective más talentoso y arriesgado.

Del mismo modo que en Pálida luz de las colinas la mujer que evoca sus días en Nagasaki habla de la bomba atómica sin nombrarla siquiera una vez, de la misma manera que Ono descubre en Un artista del mundo flotante que las ideas de su juventud le quitaron la libertad en la vejez, o que el mayordomo de Los restos del día se oculta que el motivo de su viaje no es recuperar un ama de llaves sino un amor enterrado, en Cuando fuimos huérfanos el mosaico del pasado se va a armando sutilmente. Muchas veces, además, con la extrañeza propia del mundo de Franz Kafka, el autor con quien más se compara a Ishiguro desde Los inconsolables : es difícil saber si la realidad que ve el personaje -que lee el lector- existe o es alucinatoria. Esa distorsión, creada sólo con un envidiable modo de tejer las palabras, no quita vigor a la trama: Cuando fuimos huérfanos es, aunque anómalo, un thriller .

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