La virtud cívica debe estar en clase

El especialista dice que en la escuela hay que enseñar a los chicos a involucrarse en la política
Juana Libedinsky
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23 de octubre de 2000  

"La educación es una tarea muy difícil. Pero también lo son la cirugía cardíaca y la construcción de vehículos espaciales. La gente competente las afronta porque son tareas que no hay duda de que deben ser realizadas. ¿Por qué debemos pretender menos de los maestros?" Quien plantea esta inquietud es Gary Marx, futurólogo norteamericano especialista en los cambios en la escuela y autor de libros como "Preparando estudiantes para el siglo XXI" y "Las 10 tendencias que influirán en la educación en el siglo XXI".

Durante su visita a Buenos Aires, aseguró que estamos viviendo el preciso momento que definirá el nivel de desarrollo que la Argentina podrá alcanzar. Y que todo dependerá de cómo se adapte la escuela a las necesidades del nuevo siglo.

"El país que se prepare para el futuro destapando el genio de su gente va a poder avanzar a un ritmo sin precedente, pero el que no lo haga se va a atrasar como nunca en su historia", aseguró durante un desayuno con el presidente del directorio de S.A. La Nación , Julio César Saguier, y los miembros del directorio de la asociación Conciencia, entidad que lo trajo al país.

La razón es muy simple: un conocimiento que avanza a una velocidad jamás imaginada y nuevas e ilimitadas posibilidades de difusión que marcarán la diferencia entre quienes sepan aprovecharlo y quienes no lo hagan.

"Cuando gente como Copérnico, Tycho Brahe o Johannes Kepler trabajaban, todo lo que descubrían lo anotaban en sus diarios -recordó-. Acusados de herejes, no era raro que fueran años a la cárcel, y quizá casi un siglo más tarde alguien encontraba los diarios, le interesaban las ideas y las seguía trabajando."

En cambio, hoy, "el 80% de todos los científicos -físicos, químicos, médicos, incluso ingenieros- que vivieron a lo largo de la historia de la humanidad están vivos. Y en la Web, de donde sólo es cuestión de saber tomarlos", señaló el especialista.

Por eso aseguró que el statu quo en las escuelas no sólo no sirve, sino que incluso es peligroso: "Somos la primera generación con capacidad de destruir el mundo y la última generación que puede salvarlo, y lo que ocurra dependerá en gran medida de cómo eduquemos a la gente y de cuán dispuestos estemos a impulsar un cambio positivo", dijo, en diálogo con LA NACION.

-¿Qué hay que hacer?

-La educación cívica, muchas veces olvidada, es básica: es la clave para lograr poner el ingenio de los chicos a trabajar para un futuro mejor. De hecho, las encuestas muestran que la mayoría de la gente cree que los tres objetivos más importantes para la escuela son educar para ser miembros activos de la sociedad civil, para ingresar en el mercado laboral y para vivir una vida satisfactoria e interesante.

-¿Es tan importante como la lengua o la matemática?

-Solicité a 55 líderes en educación, gobierno, negocios y otros campos que identificaran qué necesitan los estudiantes para estar preparados para el siglo XXI. Como era de esperarse, señalaron la importancia de la matemática, las ciencias sociales y otras materias. Pero lo más notable fue cómo todos virtualmente gritaron que necesitamos producir estudiantes con un sentido de virtud cívica, que sean responsables de sus acciones y del efecto que éstas tienen sobre los demás, que acepten la diversidad en la gente y se involucren en el gobierno.

-Pero en un momento de crisis política, como el que estamos viviendo, es difícil inyectarle entusiasmo a esa materia...

-Sí, pero el costo de no hacerlo es muy alto. El camino hacia la democracia no es fácil, y en algunos casos las personas no se dan cuenta de que trae consigo no sólo derechos, sino obligaciones. O se sienten frustradas porque oyeron las promesas de los políticos y las mejoras no llegaron. E incluso pueden tener un pasado donde se violaron los derechos humanos más básicos. Cuando esto pasa, no se involucran porque creen que sus líderes los van a defraudar de nuevo. Pero cuando el pueblo no participa, se convierte en su propio opresor. No hay que olvidar que gente desesperada hace cosas desesperadas.

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