Las bostonianas y el desnudo

Una muestra y el libro A Studio of Her Own (El estudio propio), de Erica Hirshler revelan los problemas de las estudiantes de arte a fines del siglo XIX
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30 de enero de 2002  

¿Las heroínas de las novelas de Henry James alguna vez se habrán visto obligadas a usar una especie de velo oriental para poder enfrentarse a los misterios por fin revelados del sexo masculino? Eso es lo que sugiere una exposición del Museum of Fine Arts de Boston a propósito de la cual se publicó un libro apasionante, A Studio of Her Own , de Erica E. Hirshler. De esa investigación surgen datos que despiertan asombro y sonrisas. Desde mediados del siglo XIX, Boston contó con una gran cantidad de mujeres que aspiraban a convertirse en artistas no sólo para satisfacer una vocación sino también para ocupar el tiempo. En los estudios de bellas artes, donde aprendían la técnica del dibujo, convivían así las aficionadas y las que anhelaban un destino profesional. Muchas de esas mujeres veían en el arte una manera de escapar de la opresión que les había impuesto la dominación masculina y, detrás de sus álbumes y de sus caballetes, luchaban contra algunas restricciones excesivas.

En los Estados Unidos, la escultura y la pintura eran actividades toleradas y hasta bien vistas para el sexo femenino, siempre que se desarrollaran en un ámbito privado y que las escultoras y pintoras no quisieran convertirse en artistas profesionales. Sin embargo, desde fines del siglo XIX, centenares de bostonianas intentaron esa aventura prohibida.

La primera escultora oriunda de Boston de fama internacional fue Harriet Hosmer, hija de un médico que le enseñó anatomía. Uno de sus trabajos más celebrados fue Fauno dormido que mostraba más bien a un efebo casi desnudo que a un fauno.

Para aprender a dibujar y a esculpir, las bostonianas necesitaban asistir a clases en las que, además de modelos de yeso, hubiera modelos vivos. Más aún, les resultaba imprescindible que esos modelos posaran desnudos con el fin de que los lápices y pinceles pudieran enfrentarse a los problemas y misterios de la anatomía. La pudibunda sociedad norteamericana rechazaba la mera idea de que una joven no casada observara los detalles más íntimos de un cuerpo humano, ya se tratara del de una mujer o del de un hombre. Por cierto, en el caso de que el modelo fuera un hombre, la ofensa al pudor era aún más grave. Por ejemplo, el padre de una alumna le dirigió una carta en 1882 al presidente de la Pennsylvania Academy of the Fine Arts de Filadelfia en la que se preguntaba: "¿Vale la pena que una joven de un hogar refinado, urgida tan sólo por el deseo de obtener un conocimiento del arte verdadero, entre en una clase donde cada sentimiento de su alma de delicada doncella sea mancillado, donde la muchacha, expuesta a visiones y palabras crudas, se familiarice con mujeres degradadas y hombres desnudos, hasta el punto de que ninguna clase de arte pueda restaurar el tesoro perdido de sus castos y sutiles pensamientos?" El angustiado padre agregaba argumentos térmicos: "El calor del estudio se suma a la excitación, y lo que puede ser una calma actividad de investigación en un cuarto con 35º (Fahrenheit), se convierte en algo temible si la temperatura se eleva a 85º".

Los mismos argumentos paternales, o muy parecidos, se esgrimían en Boston y suscitaban la ira de las estudiantes. Las feministas enroladas en la actividad artística luchaban por la igualdad racial, por el voto femenino y también por las clases de dibujo con modelos vivos masculinos.

Uno de los más importantes maestros de dibujo de Boston, el doctor William Rimmer, se mostraba reticente a que antes del matrimonio las chicas conocieran en un ser vivo los recovecos más secretos de la anatomía masculina.

Los padres de las alumnas le propusieron entonces a Rimmer que las jóvenes asistieran a las clases con un velo sobre el rostro. "Una solución islámica", como señaló Ednah Cheney, una escritora de la época (1884). El velo impediría que el modelo masculino reconociera fuera de la academia a una alumna que lo había visto posar desnudo. De ese modo, se evitarían situaciones que podían llegar a ser literalmente embarazosas. Otros padres y maestros pensaron que, en vez de velar la cara de las doncellas, era mejor velar el sexo de los modelos. Claro que ese método no hacía sino subrayar los atributos que el breve paño debía ocultar. Los prejuicios fueron finalmente superados y la cultura bostoniana se vio enriquecida por centenares de notables artistas locales.

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