Las utopías según Jorge Volpi

En esta entrevista, el escritor mexicano habla de su última novela, El fin de la locura. En ella, cuenta en tono satírico las aventuras de un personaje, inmerso en los vaivenes de Mayo del 68 francés, que termina por psicoanalizar a Fidel Castro
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29 de febrero de 2004  

El mexicano Jorge Volpi, ganador en 1999 del Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, estuvo en el Wordfest, un festival literario que reunió a cincuenta autores y que se desarrolló en las ciudades canadienses de Calgary y Banff. Este joven abogado y futuro doctor en letras hispánicas es el autor de una vasta obra para sus escasos 35 años. Vino a Canadá a presentar la versión inglesa de En busca de Klingsor, su novela premiada, primera parte de una trilogía sobre "el fin de las utopías del siglo XX", cuya segunda parte, El fin de la locura, ya ha sido distribuida en España. Tuvimos la suerte de charlar con él durante los días que pasó en Banff, un lugar paradisíaco parecido a Bariloche o San Martín de los Andes, que es también un parque nacional y un lugar de encuentros para artistas de todas las disciplinas y todas las partes del mundo.

--¿Fue difícil asimilar el éxito internacional de En busca de Klingsor (traducida a casi veinte idiomas) y escribir a partir de este nuevo estado de cosas?

--Yo al principio decía que no, que no había sido difícil. Pero en realidad no fue tan así, porque había cierta presión distinta, no en el momento de escribir, ya que cuando uno se sienta y escribe todo el resto no importa o al menos a mí me parece que no debe importar, pero hay que reconocer que había cierta presión distinta de los editores y de la gente, o mejor dicho, de lo que el público esperaba de mí. Cuando terminé En busca de Klingsor, yo ya sabía que iba a escribir una trilogía sobre el fin de las utopías en el siglo XX (en el caso de En busca... es el fin de la utopía científica, de cómo la voluntad de conocer el mundo lleva a la destrucción atómica), pero también había decidido no utilizar el mismo patrón para las tres novelas. Quería buscar un estilo distinto para cada una, aunque continuara con una serie de preocupaciones similares. Por eso no escribí de nuevo un thriller, no tenía ganas de convertirme en un escritor de ese tipo de novelas, y por eso también decidí escribir una sátira, lo cual ya implicaba desde el principio una limitación: seguramente no iba a tener tantos lectores como en el caso de una novela policíaca, pero insisto en que esto a mí no me afectó durante los cuatro años que tardé en escribirla. Estoy muy contento con El fin de la locura, básicamente porque es una novela muy distinta de En busca de Klingsor.

--Veo que no tomás en consideración El juego del apocalipsis, la novela que escribiste entre una y otra.

--No, no la cuento, ya que en esa época todavía no había empezado a escribir El fin de la locura, apenas estaba empezando a investigar para escribirla, pero también era muy importante para mí escribir algo rápido para no quedar paralizado. El juego del apocalipsis es para mí un divertimento, como siempre digo, un poco citando a Graham Greene, para quien era necesario escribir algo de ese tipo entre las novelas de largo aliento. El juego... transcurre en Patmos, la isla griega. La escribí completa ahí mismo, durante el mes que estuve viviendo en ese lugar. Luego, por supuesto, la corregí mucho.

--Perdón por insistir, pero mientras que en En busca de Klingsor se podía hablar de una estética de la desmesura, ¿en El juego del apocalipsis se trata de controlar esa desmesura?

--No sé, pues como te digo, lo que realmente quería era escribir una historia corta, descriptiva, un poco para salir del paso. Hay una gran diferencia con respecto a El fin de la locura, novela mucho más desmesurada que En busca de Klingsor. Siento que con El fin de la locura la desmesura ha ido creciendo, y si se quiere, es un libro más arriesgado, porque hay en él una voluntad de desacralizar ciertos momentos históricos.

--Se podría decir que En busca de Klingsor es una especie de novela histórica. De hecho, en tu primer libro, A pesar del oscuro silencio, también es importante la historia. ¿Cuál es tu relación con la historia?

--Mi padre, a la hora de la comida, en vez de leernos cuentos de hadas, nos contaba fragmentos o episodios de la Revolución Francesa. No sé por qué hacía eso, supongo que tan sólo porque le gustaba. Así que la historia siempre ha estado presente en mi vida. Mi primera novela es una novela biográfica sobre un poeta mexicano, Jorge Cuesta, que tuvo una vida muy trágica y se suicidó en un manicomio. Luego escribí esta trilogía que estoy terminando ahora, cuya primera parte es En busca de Klingsor, la segunda El fin de la locura, y la última, que todavía no tiene título, trata acerca del fin de las utopías en el siglo XX.

--¿Qué podés contar de El fin de la locura y de cómo ha sido leída en relación con tus obras precedentes?

--En El fin de la locura me ocupo del fin de la utopía revolucionaria. Es una novela que transcurre en Francia (donde comienza la acción en 1968) y en América latina (donde termina, concretamente en México, en 1989). Precisamente en 1989 va a empezar la acción de la tercera y última parte de la trilogía. El fin de la locura está protagonizada por un psicoanalista mexicano, Aníbal Quevedo, que viaja a París y se pierde el 68 mexicano, pero como compensación, se encuentra con el Mayo del ?68 francés y se enamora de una estudiante radical. Entonces se convence de que debe convertirse en un intelectual comprometido e inicia una carrera que lo lleva a conocer a los grandes personajes de la época, entre los que se encuentran Jacques Lacan, Roland Barthes, Michel Foucault, Louis Althusser. Tiene una vida de militante revolucionario de izquierda, que lo conduce a Cuba, donde va a psicoanalizar a Fidel Castro. Después va con él a Chile, conoce a Salvador Allende, regresa a París y finalmente a México. Allí intenta desarrollar el mismo modelo de vida de intelectual francés, funda una revista que llama Tal Cual, alusión o más bien traducción de la francesa Tel Quel. Por medio de esa publicación quiere competir con la revista Vuelta y con su fundador Octavio Paz. Se asocia al PRD, el partido de izquierda, pero al final se convierte en el psicoanalista de Salinas y va a conocer al subcomandante Marcos, mucho antes de la revolución zapatista.

--Parece que la sátira te gusta. Estoy pensando en tu novela Sanar tu piel amarga y "Ars Poetica", el cuento incluido en la antología Líneas Aéreas. ¿Por qué te interesa tanto ese género?

--Sí, es verdad que me interesa, pero no sé por qué. Supongo que debe de ser parte de una estética natural, de ese deseo de querer burlarse que, creo, todos llevamos dentro. La sátira es un género que me gusta mucho y creo que en América latina es injustamente muy poco apreciado, aunque tiene una tradición fuerte. Sanar tu piel amarga es una parodia de la novela rosa al estilo de las de Laura Esquivel, y ahora, con El fin de la locura, decidí que la sátira fuera un género mayor. Yo sabía que esto es riesgoso porque la sátira no genera muchos amigos, pero como también mis otros escritos me generaban enemigos, me dije, "Pues bueno, les vamos a dar el gusto".

--Me comentaste en una entrevista anterior que tu único referente a la hora de escribir En busca de Klingsor había sido Borges. ¿Cuál fue tu referente, si es que hubo alguno, en El fin de la locura?

--El Quijote. Mi personaje, Aníbal Quevedo, es en realidad una especie de Quijote de la revolución, que se lanza a la aventura creyendo que va a poder transformar el mundo. Aquí me parece que no hay mucha influencia cinematográfica, como quizá sí había en Klingsor o en las claras alusiones al nuevo cine alemán en El temperamento melancólico. Esta novela está más influida por los discursos del psicoanálisis y de la filosofía política.

--Según tus propias palabras, considerás que la novela es una forma de explorar el mundo. ¿Qué mundo querías explorar con El fin de la locura?

--Con esta novela, quería tratar de entender un poco más a la generación de mis padres, que vivieron el 68. Es una burla, pero hay también mucho de homenaje a la gente que creyó en la utopía de la izquierda. Yo quería tratar de entender por qué, cómo funcionaba eso. Buscaba comprender las vidas particulares de mucha gente que lo sacrificó todo creyendo que iba a transformar el mundo. Una circunstancia frente a la que, más allá de los errores cometidos, uno siente una profunda lástima, ya que el hecho de que hoy en día no exista ni siquiera la posibilidad de creer que el mundo pueda ser más solidario y más justo es realmente triste. Hay también, pues, una profunda nostalgia oculta.

--El fin de la locura, como título, parece aludir al fin de la locura racional iluminista, francesa, si se quiere, ¿era ésa tu intención?

--Sí pero, como te comentaba, es más que nada el fin de la locura revolucionaria, de la izquierda comprometida. Aunque te puede quedar la impresión de que esos que hoy parecen locos tenían algo de cuerdos, en comparación con la locura neoliberal que se desató después.

--Se ha dicho que El fin de la locura es un ejercicio de política-fusión. ¿Qué te parece que han querido decir con esto?

--Es un juego de palabras. Guillermo Cabrera Infante inventó que En busca de Klingsor era una novela de ciencia-fusión porque en ella la ciencia se fusionaba con la historia y la política para crear algo nuevo. Entonces un crítico dijo que El fin de la locura era un ejercicio de política-fusión, porque en la narración se funde la política con la sátira, la psicología, etcétera. Yo estoy de acuerdo, aunque me parece que al principio era sólo una broma divertida de Cabrera. Por eso me parece que hay que tener cuidado con las bromas que se hacen porque en cualquier momento se convierten en categorías teóricas. Así Cabrera también había dicho que En busca de Klingsor era una novela alemana escrita en español y ahora hay gente que dice que El fin de la locura es una novela francesa escrita en español. Y, quizá, con respecto a mi próximo libro digan que es una novela rusa escrita en español.

El crack y sus abuelos

Jorge Volpi es uno de los seis escritores mexicanos que integran el llamado Grupo del Crack. Los otros miembros de ese cenáculo son Ricardo Chávez, Vicente Herrasti, Ignacio Padilla, Pedro Angel Palou, Eloy Urroz. Todos ellos han nacido en la década del 60 y reivindican para los narradores latinoamericanos la posibilidad de escribir sobre cualquier tema y no sólo sobre argumentos relacionados con la identidad nacional. Utilizaron la palabra crack para nombrarse por su valor onomatopéyico. Buscaban expresar la necesidad de ruptura con la tradición, cada vez más pesada, de ocuparse tan sólo de asuntos ligados con la realidad y el "exotismo" de América latina.

En sus comienzos, el crack fue interpretado como un rechazo del realismo mágico. Volpi, sin embargo, aclaró que no tenía nada en contra de la obra de García Márquez; por el contrario, la considera muy valiosa y la incluye dentro de la tradición que rescata, la de los "clásicos vivos". Llegó a decir que el Grupo del Crack, en verdad, buscaba una alianza con sus abuelos literarios, entre los que mencionó expresamente a García Márquez. La rebeldía del sexteto del Crack estaba dirigida más bien a sus "padres o hermanos mayores" en las letras, es decir, la generación nacida entre los años cuarenta y los cincuenta.

El programa estético del Grupo del Crack proclama la necesidad de crear novelas totalizadoras, de respetar al lector y de asumir aventuras y riesgos literarios como los que asumieron los principales autores de la literatura del boom latinoamericano.

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