Le Clézio: la metamorfosis silenciosa

Se publica en español una ficción intensamente autobiográfica que echa nueva luz sobre la obra del autor de El africano
Pedro B. Rey
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7 de octubre de 2011  

Una escritura es una sustancia en continua expansión, un paciente y sigiloso work in progress . El perfil de un autor se va construyendo a su ritmo. Cada nueva obra puede profundizar una predilección que ya se encontraba en las precedentes, pero asimismo habilitar desvíos, una perspectiva inédita, otra manera de abordar el conjunto general. A cualquier libro -no todo es tan idílico- puede pasarle también lo que a la mayoría: que, como señaló alguna vez William Gass, muera antes, mucho antes, que aquel que le dio forma.

A fuerza de una cuarentena de novelas, relatos, ensayos, incluso libros para niños, Jean-Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940) parece haber lidiado con todas esas variables y, por lo tanto, aparenta ser más de un escritor. Fue tempranamente reconocido por la crítica y, luego, tras pasar por una crisis que lo obligaría a replantearse su manera de escribir, reconocido por el público hasta que, en 2008, lo reconoció, si algo faltaba, la Academia Sueca.

Él mismo condenó sus primeros libros de los años sesenta al ostracismo. Aunque en su país siguen reeditándose (lo que vuelve el ostracismo, más que efectivo, simbólico), los considera contaminados de un esteticismo arrogante. El descarte es inmerecido porque entre esas obras están algunas de las mejores que escribió. Años después, despojado de aquella vocación experimental, produjo un giro hacia narraciones que buscan alcanzar lo concreto sin otra mediación que la confianza en la aparente transparencia de la lengua. El aliento poético era la coartada y Gérard de Nerval, en particular Las hijas del fuego , uno de sus guías declarados. La piedra de toque de ese imaginario fueron sus experiencias viajeras, los paisajes distantes y el conocimiento de culturas no europeas, sumados a su interés, desperdigado en gran cantidad de ficciones, por los mitos y las narraciones orales. Esa vertiente se consolidó hasta tal punto que, con los años, se volvió un lugar común. Bastaba abrir un libro firmado por Le Clézio para aventurar qué se iba a encontrar en él. Fue sólo en la última década cuando se produjo otro viraje, casi imperceptible esta vez, en que lo autobiográfico, que siempre merodeaba sus textos, ocupó el lugar central.

Revoluciones -la novela de seiscientas páginas que Adriana Hidalgo Editora publica por primera vez al español- funciona como un epicentro doble: es la narración que abrió la puerta hacia ese territorio personal y la que, al mismo tiempo, permite poner bajo una luz nueva el resto de su obra, la de la madurez pero también la juvenil. Se publicó en 2003, antes de El africano y de La música del hambre . Estos dos volúmenes (publicados por la misma editorial y traducidos por la poeta argentina Juana Bignozzi) hacen foco, de manera directa, en sus progenitores: el primero, en el padre, un desilusionado cirujano que trabajó la mayor parte de su vida en territorios coloniales; el segundo, en la madre, de origen inglés. El hilo conductor de Revoluciones , en cambio, es alguien más cercano: él mismo. O alguien que tiene con él notables puntos en común, dado que no se trata de una verdadera autobiografía. El protagonista comparte su patronímico (Jean) y los ancestros bretones (el apellido, en vez de Le Clézio, es Marro). Como él, está marcado a fuego por la centuria y pocas décadas que los antepasados de su familia residieron en Mauricio y, sobre todo, por el abrupto desarraigo de aquellas islas del océano Índico. Aunque casi casualmente Jean Marro vino al mundo en Malasia y no en Niza, como su creador, es en esta última ciudad, innominada, más odiada que querida, en la que transcurre su adolescencia, durante los agitados años sesenta. También desde allí huye con destinos similares a aquellos a los que partió el joven Le Clézio: Inglaterra, donde los dos estudian; y México, donde Marro permanece una breve temporada, azorado ante los signos y crueldades de un mundo que descubre radicalmente distinto, y donde, a su turno, Le Clézio vivió quince años para convertirse en un erudito en antiguas culturas mexicanas. Un dato curioso: el individuo de la ficción que atraviesa aquella década no escribe, mientras que el personaje de la realidad para entonces no sólo publicaba, sino que su nombre era ya una contraseña del mundo literario.

Con todo, Revoluciones no se limita a la minuciosa educación sentimental de su protagonista. Las diversas obsesiones de Le Clézio parecen coincidir en el mismo espacio y alcanzar, quizá como nunca, la estatura de lo " romanesque " (lo novelesco), esa noción indefinible que, en su versión francesa, excede los estrechos límites de lo literario. Es por eso que puede convertirse en novela familiar, en razón de las melancólicas rememoraciones de Catherine, la vieja tía abuela de Jean, sobre la vida en Mauricio; transformarse en novela histórica (aunque una historia en primera persona, de un realismo sin adjetivos) gracias a los diarios de un antiquísimo familiar que participó en la Revolución Francesa; y también, como si a último momento se quisieran recuperar las historias míticas que le dieron notoriedad al autor, en una novela sobre la cultura africana, cuando en el tramo final surge, inesperada, la voz en primera persona de una esclava negra. La prosa se permite el lirismo descriptivo que identifica al autor, pero en las mejores partes se vale de una prosa seca, casi documental, como si los nombres y enumeraciones fueran la manera más eficaz de conservar ese presente que se escurre a cada paso.

Jean Marro siente que no pertenece a ninguna parte. Lo mismo le sucedió a Le Clézio. Desde un comienzo, la escritura fue su lugar en el mundo. Alguna vez contó cómo comenzó a escribir a los siete años, para llenar el tiempo durante las travesías en barco, de África a Francia, y viceversa. Quizá por esa razón esta novela -que podría considerarse algo así como la creación de una patria personal- muestra con claridad, quizá sin saberlo, la conexión que vincula en silencio toda su obra.

Revoluciones permite, por ejemplo, releer sus primeras novelas ( Le procès-verbal ; Le déluge ; La guerre ) a la luz de los años sesenta. No para buscar las razones de las supuestas adscripciones estéticas de Le Clézio en aquel momento (que con prudencia pueden vincularse al Nouveau Roman y al grupo de la revista Tel Quel ), sino para calibrar hasta qué punto ya se apartaba de ellas.

Le procès-verbal (que en español se tradujo como El atestado ), publicada en 1963, cuando el escritor tenía 23 años, es un buen caso testigo. Aquel libro compartía mucho de la angustia de El extranjero , aunque su prosa era mucho más lujuriosa que la "escritura blanca" del texto de Camus. Adam Pollo, el protagonista, vivía en una casa vacía, cerca de una playa, y no alcanzaba a recordar si había salido de un psiquiátrico o era un simple desertor. Michèle, una chica a la que frecuenta, cuando él cree recordar una guerra, le dice que es imposible: no tiene edad para haber participado de la Segunda Guerra Mundial, la última que hubo. Cualquier lector de aquel momento debe de haber reconocido que, si Adam estaba escapando de una guerra, era una que estaba ocurriendo en aquel mismo instante. El impacto emocional que tuvo la guerra de Argelia en Le Clézio, velado en aquel libro inaugural, puede encontrarse ahora sin eufemismos en la discreta brutalidad de los relatos ajenos, en la muerte de un amigo y en la reproducción casi telegráfica de las masacres del conflicto que el todavía adolescente Marro anota puntualmente en su cuaderno.

También figuran en las páginas de aquel libro presentimientos que se repiten en Revoluciones . Al igual que Jean, Pollo leía a los presocráticos (Parménides, en particular) y se interesaba, como la futura literatura de Le Clézio, por cuestiones más vinculadas a la ingenuidad de la experiencia poética que a las estrategias de la inteligencia. En un momento, Adam terminaba echado sobre una piedra y se quedaba mirando el cielo mientras buscaba volverse vegetal, mineral, microbiano, tratando de entrever "su propia armonía en el universo, de la que estaba seguro ocupaba eternamente el centro, sin descanso".

En un ensayo temprano e inclasificable, El éxtasis material (1967), figura más de una declaración de rebeldía contra las modas del momento y presagia el cansancio por todo lo occidental que iba a cobrar cuerpo en la década siguiente:

Cada vez más el análisis se me presenta ilusorio. No permite acercarse. No permite conocer. Es sólo un sistema, una faceta de la verdad entrevista por el hombre. Para conocer no se podría prescindir de él y, sin embargo, para conocer hay que superarlo. Para el hombre todo desemboca en la contradicción, en el misterio, porque todo es cohesión. El mundo es indisociable. Forma un bloque. Si hay razones, si hay finalidad, si hay un origen están mezclados en el tiempo presente [?]

Esa convicción, combinada con el descubrimiento de otras geografías y culturas, sirve de guía a sus libros más conocidos. Desierto (1980), su primer texto importante en esa dirección, es la piedra basal de la nueva modulación. Le Clézio narra la historia de una niña inmigrante que vive en Francia, pero desciende en realidad de una lejana tribu del Sahara, y que, alentada por las leyendas que escucha en su entorno, desea retornar a la tierra de sus ancestros. Estas historias que intentan conjurar el exotismo continuarán con, entre otras ficciones, El buscador de oro , el obsesivo rastreo de un tesoro corsario, la débil El pez dorado , La cuarentena , que relata el aislamiento a que se ve condenado un grupo de viajeros en Mauricio por un caso de cólera, y Onitsha , quizá la más conradiana de sus novelas. Le Clézio se acerca a los otros, en estos libros, confiando en lo que entiende como el poder natural de la escritura. Se diría que aspira a que otras cosmovisiones, relegadas por la cultura occidental, se apropien de la materia narrativa y hablen por sí solas. El resultado no siempre es el mejor (a fin de cuentas, Le Clézio no deja de ser europeo y la buena voluntad puede deslizarse con facilidad hacia la corrección política), pero en Revoluciones esta ambición onírico-antropológica alcanza, singularmente, su mejor encarnación. La esclava negra Kiambé cuenta su historia y ese fragmento radicalmente ajeno, incrustado en una novela de múltiples entradas cuando ya no se lo espera, tiene el poder inexplicado de un mantra.

La palabra revolución tiene varios sentidos, y Le Clézio se vale de ellos para su novela. Las peripecias del antepasado del siglo XVIII, Jean Eudes Marro, el combatiente de la Revolución Francesa que se instaló en Mauricio (se desarrolla en la primera mitad), y la de Kiambé (hacia el final) son las ruedas temporales que enmarcan la narración principal. La historia del joven Jean Marro ocupa el lugar preponderante, pero es apenas una rueda más de las que rotan en el mundo.

El principio constructivo es perfecto, aunque Le Clézio se permita un acopio quizás innecesario de información. Tal vez busque ahuyentar cualquier sospecha formalista y hacer hincapié en lo que de verdad le interesa. Porque lo que hay en el resto de Revoluciones son justamente revoluciones (políticas, familiares, personales). La educación sentimental de Jean Marro está puntuada por ellas, sobre todo por las de su propia época, que Le Clézio retrata sin piedad: las páginas sobre Argelia, las incursiones por el Swinging London o la matanza de la Plaza de Tlatelolco son las páginas más crudas y directas que Le Clézio escribió alguna vez.

La memoria no es etérea, sino material, presiente Jean Marro al escuchar la cantilena de Catherine. Como parece sospechar el otro Jean, Le Clézio, su álter ego de la vida real, no hay manera más precisa de corroborar esa cualidad que por medio de lo escrito.

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