Lección de antropología y tolerancia

Por Odile Baron Supervielle
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22 de agosto de 2001  

Carlos Valiente Noailles es presidente de la Academia Nacional de Ciencias, a la que fue incorporado por sus trabajos antropológicos. Es además doctor en derecho y ejerció la docencia en la Universidad de Buenos Aires y en la Católica. L´Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París le otorgó su doctorado en antropología social y etnología.

Ultimamente, el Museo de etnografía de la ciudad de Ginebra organizó una exposición de vastas proporciones sobre la base de sus investigaciones de terreno entre los pueblos kua (bosquimanos) e himba a lo largo de veintidós años.

-¿Por qué los suizos están interesados en los bosquimanos?

-Antes de mi expedición de 1979 visité al conservador Claude Savary, que reconoció de sudeste a noroeste la reserva central del Kalahari, entonces apenas conocida. Savary quería llenar ese vacío de información. Se selló entonces una colaboración y una amistad que perduran. En 1983, el Museo presentó una exposición con mis materiales. En 1985, el director Louis Necker me nombró colaborador científico ad honorem del Museo. Esta exposición tuvo dos objetivos: una presentación científica comparativa y muy documentada de esos pueblos y un alegato contra la política de expulsión de los kua de la reserva y contra los prejuicios sobre los pueblos tradicionales, llamados "primitivos", una denominación que sugiere un atraso en la evolución y que parece ignorar que el cerebro de quienes pertenecen a esos pueblos no difiere en nada del de los pensadores o científicos más brillantes. El problema de las minorías preocupó siempre al Museo.

-¿Cuál es la situación actual de las investigaciones en antropología?

-La etnografía tradicional ha retrocedido mundialmente por falta de recursos, desaparición de numerosas culturas y disminución de vocaciones para trabajos de campo. En cambio, los instrumentos modernos como el satelital WPS ayudan, y nos han sido valiosos para ubicar exactamente los lugares que deseamos investigar y medir distancias. La antropología comprende también la arqueología que, dotada de nuevas metodologías, ha avanzado mucho, particularmente aquí, en la Argentina, donde hay una importante escuela nacida a principios del siglo XX.

-¿Podría referirse a los comienzos de la antropología?

-El hombre siempre se ha interesado por saber cómo viven otros pueblos. En el encantador relato del primer viaje de Vasco da Gama al Oriente -hace cinco siglos- leemos que la tripulación desembarcó cerca de El Cabo para reaprovisionarse y que encontró un grupo de aborígenes. Fernando Veloso, un simple tripulante, insistió hasta el cansancio ante el gran navegante para irse con ese grupo nativo (deseo que logró satisfacer) y obtener informaciones sobre ellos. Su azarosa aventura provocó mucha risa a bordo y Camoens le dedica una estrofa en Las Lusíadas .

-¿Cuál es la diferencia entre la antropología y la etnografía?

-La etnografía trabaja en el terreno y proporciona datos a la antropología, que es el estudio y comparación de las sociedades y las culturas. Hoy se interesa más por las semejanzas que por las diferencias, busca lo universal en el hombre.

-¿En qué consiste el papel de los mitos?

-Son de mucha importancia para la antropología, pero de difícil interpretación, porque forman parte de una literatura oral y en general presentan diversas versiones, a la vez sujetas a pequeños cambios que se van acumulando. Hay también algunos pueblos que, para transmitir esos mitos intactos, memorizan los relatos.

-¿Hay mitos propios de ciertas regiones?

-En Africa negra, algunos mitos de gran importancia, como el del origen de la muerte, aparecen en distintas regiones y se encuentran en pueblos de distintas lenguas.

-Te has especializado en el estudio de los bosquimanos y luego de los himbas.

-Entre 1977 y 1992 trabajé con los primeros, en un territorio muy hostil, sin caminos, con arena pesada, sin posibilidades de abastecimiento y sin agua. El reverso de esos inconvenientes era la posibilidad de estudiar la subsistencia de los sistemas de vida de esos pueblos que, a pesar de no haber dejado nunca de evolucionar, de manera tenaz, en sus técnicas, aún cazaban con arco y con flechas envenenadas. En 1992 nos encontramos con funcionarios que los presionaban para que salieran de sus territorios. Partimos entonces a Namibia con el mismo equipo para buscar un grupo himba de máximo interés. Lo hallamos en un área que limita con Angola. Advertí que no difería de los himba que conocí, en 1971, del otro lado de la frontera. Desde entonces trabajo con esa gente. Este año no pude regresar pero hice posible, en cambio, que mi discípula Rosario Cárdenas fuera a vivir sola entre los himbas durante un mes en busca de nueva información. No dudaba de que la recibirían con afecto y así ocurrió.

-¿Con cuánta gente contabas en tus campañas de investigación?

-Mis equipos en el Kalahari llegaron a tener doce personas, la mitad de las cuales aseguraba la logística. En Namibia, territorio con menos dificultades, me acompañaban siete u ocho personas.

-¿Hay muchas mujeres dedicadas al estudio de la antropología?

-La cantidad de mujeres es más o menos pareja a la de hombres. Por mi parte, desde mis comienzos he ido al terreno con una colaboradora etnógrafa, porque la visión femenina es complementaria de la masculina y aporta mucho a la comprensión de la realidad. Desde 1992, esa colaboradora es la licenciada Rosario Cárdenas, nacida en el año en que conocí a los himbas de Angola.

-¿Existen diferencias entre los bosquimanos y los himbas?

-Muy grandes, empezando por la monogamia de los primeros y la poligamia de los segundos. La relación hombre-mujer es lo que más define una sociedad. En ese aspecto, hay una gran diferencia entre un pueblo y otro. Sin embargo, en lo que se refiere a los valores, coinciden en muchos que sustentan la cohesión social: apego al grupo y al territorio, cumplimiento de las responsabilidades, cortesía y respeto, pudor, solidaridad, buen juicio, civilidad en general.

-¿Tienen la misma religión?

-Ambos pueblos son monoteístas, pero con una gran diferencia. El dios de los bosquimanos es benevolente, ama a la gente y a su creación en general. El de los himbas es ocioso y no se preocupa por sus criaturas. Ese pueblo tiene un culto conmovedor por los padres y por los antepasados, con quienes buscan comunicarse.

-¿Cómo fue que comenzaste a interesarte por la antropología a los cuarenta años?

-Al acercarme a esa edad sentí la necesidad de un cambio vigoroso. No abandoné mi profesión, es decir la abogacía (Lévi-Strauss me dijo en 1966 "qué útil debe de haber sido para usted su formación jurídica"), pero empecé a realizar trabajos ordenados y científicos de etnografía y les fui consagrando cada vez más esfuerzo.

-¿Tuviste algún maestro que te guiara?

-En Angola, en 1971, cuando acababa de conocer a los himba fui a visitar al padre Estermann, un misionero alsaciano, autor de un libro de etnografía sobre ese pueblo. Ese encuentro con un gran etnógrafo despertó una vocación latente. El ambiente del Museo de Ginebra, así como la cercanía de personalidades como Marc Augé, director de mi tesis, y de Françoise Héritier me aportaron mucho.

-¿El conocimiento de la antropología cambió algo en tu vida?

-Produjo en mí un cambio de ciento ochenta grados, que me resultó muy beneficioso. Llegar a comprender a otros pueblos y otras creencias es algo que abre a la comprensión de lo humano y vuelve más tolerante.

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