Los murales del palacio

Luis Grosclaude, con la ayuda de sus amigos artistas, se apropió del espacio del Palais de Glace; parecidos y pareceres a propósito de la obra de Graciela Ieger
Luis Grosclaude, con la ayuda de sus amigos artistas, se apropió del espacio del Palais de Glace; parecidos y pareceres a propósito de la obra de Graciela Ieger
(0)
30 de junio de 2002  

Hace ya bastante tiempo que sigo la trayectoria de Luis Grosclaude; por eso no me tomó de sorpresa esta última exposición a la que considero uno de los acontecimientos más destacables del año, partiendo de la base de que la cultura en nuestro país goza de muy buena salud en contraste con tanto despropósito que nos aqueja. Si bien todas y cada una de las obras de Grosclaude merecen atención aparte, comenzaré por el plato más fuerte que es el de los dos murales, cada uno de 3 por 17 metros, y que pudo concretarse a tiempo gracias a la colaboración de personal especializado.

El creador considera que ambos responden a Paisajes Geométricos , en tren de buscar alguna descripción que los aproxime a la realidad. Lo cierto es que por su fuerza el artista es comparable al gran muralista francés Fernand Léger, y por lo estricto de sus planteos formales y en particular su preferencia por los colores primarios, azul, rojo y amarillo, mantiene la pureza que lo caracterizó a Mondrian. Menos ortodoxo que éste, en Grosclaude de tanto en tanto asoma algún verde y no escatima los negros y los grises, empleados como colores que nos recuerdan aquel Guernica que debemos al genio de Picasso. Frente a logros de esta importancia, no podemos menos que preguntarnos cómo es posible que talentos de esta magnitud no encuentren con mayor frecuencia el apoyo de las grandes obras arquitectónicas.

Si Grosclaude nos deslumbra con estas colosales composiciones, así como es capaz de asumir el rugido del león también es capaz de arrullarnos con el canto más suave de los pájaros. Lo cierto es que la mayor parte de la muestra está dedicada a celebrar la fauna americana, desde el enorme pájaro central hasta toda suerte de animalejos que desfilan ante nuestros ojos como si estuviésemos recorriendo un zoológico fantástico. No se trata de un bestiario mítico; muy por el contrario, son conocidos los parientes más o menos lejanos que por aquí abundan; a veces pintados en dos dimensiones, otras tridimensionales.

Grosclaude no está exento de un fino sentido del humor que a veces se torna abiertamente cómico como en su Robot caricaturesco. Sería injusto no mencionar al responsable de estas salas que inicia así con pie firme una labor que ya estuvo precedida por su dirección del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires: Raúl Santana.

(En el Palais de Glace, Posadas 1725, hasta el 4 de julio.)

Enigmas urbanos

El arte de Graciela Ieger nos trae a la memoria la profunda observación de Goethe de que toda idea nueva para aspirar a lo perdurable debe apoyarse en alguna verdad anterior.

Los óleos de Graciela llevan el sello inconfundible de la originalidad, lo que a mi juicio significa que han sido capaces de remontarse al origen. En el arte no se inventa; se crea, se explora en este caso lo misterioso a partir de lo cotidiano, que no todos son capaces de penetrar. El misterio es lo que está oculto, son las esencias más allá de las apariencias. Y Ieger no les escapa a las apariencias, las asume, las indaga con una imaginación poderosa, una potencia anímica que muchos confunden con fantasía a pesar de la distinción que ya hiciera Coleridge: la fantasía puede ser caprichosa, la imaginación no. Por eso para alcanzar el verdadero nivel de imagen es necesaria la capacidad de imaginar, no basta con fantasear como pretende tanto advenedizo que confunde originalidad con no parecerse a nadie. Quien a nadie se parece asume la fatalidad de ser nadie. Todo arte que merezca el nombre de tal entronca con alguna tradición; en el caso de Graciela, la tradición es hopperiana. Uno de los genios del arte moderno se llamó Edward Hopper. Tuve el privilegio de conocerlo y de escuchar sus sabias palabras. Su arte se emparentaba con la tradición de Eakins y a través de Eakins con el mundo de los clásicos, bien que con el sello norteamericano.

También lo nuestro tiene su propio sello; por eso la luz que reflejan las obras de Ieger es luz argentina, luz porteña, en esos días de sol que golpean los perfiles de los caminantes y en muchos casos están acompañados por la proyección de sus sombras. Las calles de Buenos Aires han sido captadas por un nervio óptico muy preciso. Ieger es una pintora clásica en el más noble sentido de la palabra.

(En Galería de la Recoleta, Agüero 2502, hasta el 28 de julio.)

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.