Los poetas contra la secularización y la idolatría de los objetos

Dos poetas de la misma generación dialogan acerca del género que han consagrado sus obras. Rafael Oteriño interroga a Santiago Kovadloff, que aporta además su visión de filósofo, sobre la experiencia poética, la presencia de la tradición y las nuevas generaciones de escritores
Santiago Kovadloff
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19 de enero de 2008  

-Tratándose de un escritor que ha hecho su obra en filosofía y poesía, se impone una primera pregunta: ¿cuál es la frontera entre ambas?

-La respuesta, a mi entender, no debe remitir primeramente a algo sino a alguien. ¿A quién puede darle la poesía lo que la filosofía no le puede dar? ¿A quién puede darle la filosofía lo que la poesía no le puede dar? Creo que cada uno de nosotros está llamado a hacer una experiencia determinada de la hondura o de la belleza (para mí, se equivalen) según sus personales recursos perceptivos. A veces, en la poesía primordialmente; a veces, en la prosa de ideas. A veces, en ambas. A veces en ninguna de ellas y sí en otro campo.

Siempre concebí los géneros literarios como registros tonales orientados, de distinto modo, hacia un mismo fin. El del ensayo filosófico busca, a su manera, lo mismo que el de la poesía y no constituye, por lo tanto, una propuesta antagónica a ésta. En la medida de mis fuerzas, trabajo en ambos campos según prepondere, en mi deseo de escribir, el dictado de uno u otro registro tonal. Pero siempre con la impresión de estar obrando con el propósito de sostener la experiencia de la imponderabilidad última de lo real por sobre cualquier otra cosa.

-¿Suscribirías la aserción de que la poesía es un modo de conocimiento? Y en tal caso, ¿de qué conocimiento?

-Yo lo veo así: creo que la poesía no ensancha el campo del conocimiento, si por tal campo se entiende el de los objetos que son materia de discernimiento racional, en lo que hace a su estructura y a su comportamiento legal. Si, en cambio, entendemos el campo de conocimiento como campo de afirmación y producción de valores subjetivos e intersubjetivos, creo que la vivencia poética posibilita una aprehensión y una expresión incomparables de los mismos. Lo real como valor encuentra en la poesía un recurso formidable de conocimiento. Pero este conocimiento no se mide ya por su consistencia objetiva sino por su intensidad afectiva.

-¿Cómo nace, en tu caso, un poema? ¿Cuál es el proceso? Parto de que le das un papel trascendente a la inspiración.

-El punto de partida casi siempre es una imagen inscrita en un ritmo. Rara vez una palabra. En mi caso, el comienzo es casi siempre visual. Algo veo que termina desencadenando un pensamiento viviente. Ese "algo veo" remite a lo que posibilita su aparición. La inspiración disuelve o arranca esa pátina de previsibilidad que inmoviliza lo real en un solo significado.

-¿Y cuándo aparece el sentido del poema? ¿Aparejado a la imagen o durante la escritura? ¿O escribís para saber cuál es el sentido? ¿Corregís mucho?

-Una vez anoté esto: "No escribo para decir lo que pienso sino para llegar a saber lo que quiero decir." Voy en busca del sentido entendido como fondo, como instancia última de la enunciación de una vivencia. Pero trato de que ese sentido no se configure como conclusión sino como atmósfera de todo el texto. El poema no enseña porque explique sino que educa porque ilustra. Ejemplifica algo que pide reflexión. Al poema lo desencadena un impacto. La inteligencia no ha mediado aún cuando ese impacto se produce. Interrogo luego las imágenes que se me imponen. Mi poesía, creo, consiste en esa interrogación. Por supuesto: corrijo mucho. Sé que soy un escritor porque corrijo. No sé escribir, sé corregir. La espontaneidad me evidencia mi ineptitud. Escribo mal porque me repito, me imito, me encierro fatalmente en un repertorio de recursos que alguna vez conquisté y que ya están anquilosados. Hay en mí una pobreza constitucional contra la que combato mediante el trabajo. Escribir significa para mí aprender a sentir y a pensar.

-¿Hay alguna tradición literaria de la que te sientas continuador? ¿Reconocés en tu formación la huella de algún maestro?

-El rasgo distintivo de mis maestros es su coetaneidad en mí. Están lado a lado; no se preceden, no se suceden. Son simultáneos en mi veneración y en mi gratitud. No le debo menos a Dante que a Ricardo Molinari. No le debo más a Carlos Drummond de Andrade que a Horacio.

En cuanto a si hay una tradición literaria de la que me sienta continuador, diría que me agradaría que así fuese aunque no puedo asegurar que lo haya logrado. Es la que veo nacer en y con la poesía de Catulo. Es la de los poetas y pensadores (Heráclito, el primero) que descubren la presencia del misterio máximo en las realidades mínimas, lo extraordinario en lo ordinario. Es la de los poetas y pensadores atravesados en su discursividad diaria por el enigma del tiempo, enigma que encarnamos.

-Dice J. Brodsky que los grandes poetas hablan con el lenguaje mismo antes que con la gente. ¿Suscribís la idea?

-El poeta, me parece, no se dirige "a la gente" así, en plural. No se dirige a un público, a un auditorio. Se dirige a alguien, siempre en singular, siempre en la intimidad, siempre a solas. Más radicalmente: el poeta no escribe para alguien, escribe por algo. Por algo que en él ha cambiado de significación. Poeta es aquel que acusa el impacto de ese cambio mediante la urgencia de escribir. Ya se sabe: el poeta embiste contra cierta comprensión cristalizada mediante otra que, inédita hasta allí, lo convoca a hablar. Como se ve, lo primero no parece ser la necesidad de hablar con alguien, sino la de hablar sin más; la de manifestarse.

-Comenzaste escribiendo una poesía de enunciación directa, de algún modo objetivada, que se elevaba desde las ideas, pero en los últimos libros has ido acentuado una expresión, diríamos, más emocional, tributaria de la imagen y de los efectos musicales del verso. ¿Vendrían estos extremos a dar respuesta a la pregunta por los límites y campos de acción de poesía y filosofía?

-La filosofía no conoce: desconoce. Aprende y enseña a desconocer. Conocen las ciencias. El movimiento de la filosofía no es el de acercamiento sino el de distanciamiento. La filosofía se aleja de las cosas entendidas como elementos familiares. Ella quebranta toda familiaridad. Es una pregunta en carne viva.

-Extraigo, entonces, de tus palabras que poesía y filosofía confluyen, efectivamente, en una tarea de deconstrucción, vaciamiento de certezas. Pero siempre se ha hablado de un arte de la poesía; ¿queda éste referido sólo a sus aspectos formales o también estos aspectos desaparecen?

-Ha caído el artificio pero el arte no ha desaparecido en la medida en que ese lenguaje es expresivo, porque aporta una experiencia de lo bello. Lo bello no es espectáculo. Lo bello es lo liberado de intrascendencia por obra del decir. La belleza es liberación significativa o semántica de lo que yacía sepultado por la apatía.

-¿Ello explica el abandono generalizado que se ha hecho de las formas canónicas (también llamadas preceptivas en los cuadernos escolares), hasta el punto de convertir el verso regular poco menos que en un anacronismo?

-No sabría explicar satisfactoriamente por qué las formas canónicas cayeron en desuso. Presiento que hay allí algo que remite al tono que debe ganar una voz para imponerse como creíble. Así como en algún momento de la historia, la diferencia estricta entre el latín literario y el vulgar se disolvió en las lenguas romances, así también en cierto momento lo poético dejó de estar primordialmente asociado a cierta metrificación dogmática y a cierto léxico estricto. Creo, sin embargo, que la indiferencia actual hacia las formas canónicas linda con la ignorancia y priva del acceso a la riqueza de propuestas realizadas a lo largo de casi ochocientos años.

-¿Hay algún poema tuyo del que te sientas verdaderamente feliz?

-Sí. "Hombre en la sinagoga" me brinda esa felicidad. Igualmente me la brinda un texto en prosa: "Mi casa, esta mujer". También, "Hermano Hugo" y, por supuesto, mi último poema, que es otro siempre y cuyo fulgor, hoy excepcional, tiene los días contados.

-Tengo presente un poema particularmente dramático "Hora libre" del poemario Ben David en el que planteás la condición de la persona como contacto con el otro. Te invito a reflexionar sobre ello.

-Para que el lector de estas líneas nos entienda sugiero transcribir el poema del que hablás.

HORA LIBRE

No ha venido mi alumno de las cuatro.

Solo frente al ventanal,

veo cantar y combatir a los gorriones

en las ramas de noviembre;

pasos tenues cruzan la calzada,

un silencio cordial acuna al barrio.

Solo frente al ventanal,

me abrazan de pronto las tristes evidencias

que arroja la falta de mi alumno de las cuatro:

mi nombre es una puerta que no conduce a nada;

había una vez un hombre debajo de este nombre;

detrás del nombre o dentro de él había una fragancia,

digamos cierta claridad; una o dos ideas como torres

que los días fueron horadando

hasta hacer de la piedra un hábito vacío.

Como un náufrago inminente que busca su madero,

ruego que no falte

mi alumno de las cinco.

Soy buberiano. Creo que ingreso a lo real a través del encuentro con quien, mediante su hospitalidad, me significa como prójimo. Al no venir, "mi alumno de las cuatro" ha impedido no sólo mi encuentro con él sino también conmigo mismo. No sólo ha faltado él. Con él, hemos faltado los dos.

-Has hablado del escritor como hombre de fe ("La fe literaria", en Sentido y riesgo , pág.158). Voy más allá y te pregunto si en esa fe está contenido tu contacto con lo divino.

-Tal como yo la entiendo, la poesía lucha contra la secularización radical que es manifestación de un empecinamiento demoníaco en lo literal. En lo literal en desmedro de lo metafórico. Ser literal es estar enajenado en los objetos presuntamente desprendidos del lenguaje: idealizados e "idolizados". La poesía lucha contra esa enajenación, contra esa idolatría. Pero lucha también contra una lectura de lo sagrado que pretende prosperar a expensas de este mundo concebido como fuente eminente de alegrías primordiales, del inconsciente -expresión de la revelación más alta- y de la finitud, a los que se pretende entender, sin embargo, como castigos.

-A principios de los 90 publicaste en Brasil una antología de la poesía argentina de los años 70 (que es la de nuestra generación) con el título La palabra nómade. ¿Creés que la poesía actual es continuadora de aquella palabra acosada por la incertidumbre, la ambigüedad y la pérdida de una imagen uniforme del mundo y de la persona?

-Creo que ha tomado otro rumbo. El poeta de hoy, si es que podemos generalizar, parece haber pactado con el desencanto. El desencanto no es lo mismo que el sufrimiento. No encuentro sufrimiento en buena parte de los poetas jóvenes que leo. Hay algunas excepciones, claro, al menos para mí. Entre ellas, Cecilia Romana y Marina Serrano. En esa mayoría de jóvenes poetas, lo que advierto es cierto don de impacto, cierta intensión de impresionar. Pero el extravío del hombre en el mundo, su imposibilidad de saber qué significa y el efecto que esa imposibilidad tiene sobre su proceder, la vulnerabilidad del hombre al dolor, su fragilidad en suma, parecen encontrar al poeta de hoy mucho más como un síntoma que como un protagonista testigo.

-¿Qué experiencia te ha dejado el taller de escritura? ¿Es posible enseñar a escribir? ¿El escritor nace o se hace?

-La enseñanza ha sido para mí una configuración más de mi vocación literaria. Sócrates y la tradición talmúdica, especialmente la lectura de Rashi, me inculcaron la convicción de que sólo enseñamos cuando dejamos aprender. Y dejar aprender es posibilitar que el alumno descubra los recursos auténticos con que cuenta, liberándose de los inauténticos o artificiosos. En muy buena medida la posibilita el talento de quien viene al taller. Parte de ese talento comienza a evidenciarse en el momento en que el aprendiz descubre a su intruso. El intruso es ése que en uno se empeña en hacernos creer que las palabras inauténticas son auténticas. Es un retórico. Es un ser con miedo pero habilidoso. Pienso que el escritor nace. Pero casi siempre nace envuelto en maleza. El trabajo de jardinería es indispensable.

-Sos un hombre comprometido con tu tiempo; más aún, partícipe de tu tiempo y de lo que concierne al país. Basta leer tus artículos en los periódicos. Pero observo que se te señala como filósofo, no como poeta. ¿Qué intervención le cabe al poeta en la gestión de su época y de su país?

-El error de señalarme solo como filósofo, a mi ver, es que mis reflexiones sobre el país o sobre nuestro tiempo no son filosóficas a expensas de lo poético. Ambos aspectos me resultan inseparables en la trama de lo que escribo. Socialmente, sin embargo, pareciera que poco y nada se espera del poeta. Es un prejuicio que es signo de pobreza perceptiva. Los poetas, muchas veces, contribuyen a alentar ese error al prescindir del debate público en torno al país y al presente. Cuando intervienen, sus opiniones suelen ser iluminadoras. Un ejemplo es Octavio Paz. Otro, Juan Gelman. Otro, Brodsky.

-¿Qué es ser escritor?

-Si somos estrictos, no es otra cosa que ser un artista del lenguaje. Y ser un artista del lenguaje es creer que la mejor representación del claroscuro fundamental en que se consiste la logra uno con las palabras. Digo representación en el sentido de juego. Jugamos a decir la verdad para construir de algún modo la enunciación de una verdad que no puede terminar de decirse. Somos escritores para padecer un poco menos la insuficiencia constitucional en que consistimos. Tenemos una vocación, o, mejor: ella nos tiene. Estamos a salvo del desapasionamiento. Pero no de la intemperie. ¿Habremos logrado, al cabo de tantos años, crear alguna belleza? Presumir que lo hemos conseguido sería jactancioso. Desconocer que ése es nuestro máximo anhelo, un acto de hipocresía.

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