Maestros de lo actual

José Marchi es sensible a las enseñanzas de los clásicos
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27 de enero de 2002  

Para hablar de maestros del arte actual no es necesario cumplir con edades avanzadas como las de los octogenarios. Pensemos que algunos de los más grandes pintores de la humanidad desde Rafael Sanzio hasta Van Gogh o Toulouse Lautrec, para nombrar unos pocos, murieron antes de los 40 años.

Por ello los 45 años de José Marchi son más que suficientes para avalar una trayectoria que ya me fue conocida en 1976 cuando este artista tenía apenas 20 años y me sentí obligado a dejarle unas líneas para expresarle mi admiración. Recién terminaba de concluir sus estudios en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano donde tuvo la buena fortuna de dar con la excelente profesora de dibujo Beatriz Varela Freire, a quien recuerda con gratitud, así como a los maestros que le tocaron en la Pueyrredón tales como Attila, Fara o el cálido March.

Sin desmerecer a quienes lo supieron conducir, Marchi manifiesta una devoción particular por tres grandes nombres de la historia del arte universal: Holbein, Rafael e Ingres.

Debo confesar que mi propia maduración fue más lenta para poder sentirme deslumbrado con el gran Rafael, no sólo el de sus retratos como el de Baldassare Castiglione que cuelga en el Louvre, sino el de las estancias Della Segnatura en el Vaticano donde está su célebre Escuela de Atenas.

También despertaron la rara vocación de Marchi los hallazgos de los Pre-Rafaelistas, a quienes supo defender en su momento el valioso crítico John Ruskin, ya que al trabajar sobre superficies preparadas con blanco sus colores resultaban demasiado brillantes para el gusto victoriano.

Enterado de la minirretrospectiva que preparaba para Pinamar, me acerqué al estudio de Marchi donde pude apreciar la magnitud de sus logros que cubren un amplio espectro de su producción de los últimos años. Quienes conocen el arte de Marchi saben que se trata de un realista bien detallista, cercano pariente de sus admirados, y que ha logrado tan difícil cometido merced a una voluntad férrea puesta al servico de este talento que no le robó a nadie. Errado sería creer que mi sensibilidad se agota con lo que los más entienden por arte clásico. Estoy de acuerdo con Matisse que la exactitud no es necesariamente la verdad.

Tan sólo que a veces para percibir las variantes de un estilo hace falta que el ojo esté muy adiestrado. ¿Por qué Marchi es Marchi y no uno de sus admirados maestros? Es claro que ello es así porque su interpretación de la naturaleza tiene sus propias variantes, más allá de algunos símbolos que le encanta repetir como el de los hilos que enhebran sus composiciones.

No creo en determinismo en el campo de las artes y así como hay artes tradicionales como las pictóricas a las que pertenece Marchi, hay otras alternativas, desde el amplio margen del arte conceptual a todas las variantes del arte digital. Y así como quienes trabajan eligen el camino que les resulta más afín, así también la crítica a través de sus diversos intérpretes se concentra en las distintas modalidades según la afinidad de cada crítico con qualquier forma de expresividad. Aun así y desde mi propio punto de vista, aceptar las licencias poéticas de los genios no implica que lo son por haberse tomado esas licencias, sino que se las han permitido por la misma variedad y riqueza de sus propias fantasías.

Me parece justo que los espacios otorgados a la crítica permitan de tal modo el más amplio espectro posible para que nadie se sienta excluido. Hoy corren más ese peligro las formas tradicionales del arte que las formas alternativas que cuentan con elocuentes abogados en curadores de muestras y de bienales.

Por estar pues dentro de esos límites que Marchi se ha fijado a sí mismo es que siento redoblado mi entusiasmo para festejar cada una de sus concentradas pinturas y también de sus dibujos que como ya lo apuntó Ingres constituyen la probidad del arte.

Destaco en la obra de Marchi la presencia frecuente de la niñez y de la adolescencia, reflejo quizá de su condición de padre de dos hijas jóvenes. También destaco su preferencia por ubicar los atuendos de muchos de sus personajes como pertenecientes a un siglo pretérito. ¿Es quizás un modo sutil de rendir tributo a nuestros inmigrantes de comienzos del siglo pasado? También destaco dentro de su verismo la alusión religiosa como en "El bautismo", que encuentra en nuestra memoria resonancias bíblicas, aunque el bautizador maneje un balde.

Mi admiración por Marchi ya cumplió sus bodas de plata. Tengo plena confianza que una vocación como la suya no conocerá desmayos.

(En Altera, Pinamar, Martín Pescador esq. Av. Shaw, hasta el 14 de febrero.)

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