Mapas en la oscuridad

Las obras de Marcela Astorga, Raúl Flores y Marcelo Grosman guían al espectador para que explore la pasión, el desarraigo, la fragilidad y el sentido incierto de la existencia
Las obras de Marcela Astorga, Raúl Flores y Marcelo Grosman guían al espectador para que explore la pasión, el desarraigo, la fragilidad y el sentido incierto de la existencia
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21 de junio de 2008  

El arte es frágil, pero su poder blando es suficiente para dar sentido a nuestra época. El arte es nuestra cantera mental: de él brotan las ideas que alimentan nuestra vida en sociedad. Las apuestas del arte suelen ser incómodas, ya que no sostienen los valores que surgieron en épocas autoritarias. A diferencia de los dogmas del pasado, esas apuestas también son inestables: el arte es una vela vacilante que ilumina -en medio de la noche tormentosa- un espacio incierto.

El arte es frágil: su paradójica fuerza surge cuando es capaz de expresar su debilidad. La obra de arte es hija de la oscuridad. Es engendrada en el momento en que el misterio pone su huevo.

Las fotos de Raúl Flores registran esos momentos irrepetibles en los que lo oscuro se hace visible. Sus imágenes son de una simplicidad apabullante. Un cartel de neón -en el que se lee "El enfermo", como si anunciara una visita inesperada- brilla tras una serie de mallas y rejas. La ropa abandonada sobre un almohadón gigante semeja un cuerpo invisible que huye. Una bolsa está llena de cosas indescifrables. Sobre una maleta negra descansa un calzoncillo.

En todos los casos es posible individualizar los objetos reproducidos. Sin embargo, la mirada de Flores transforma esas escenas en un mapa conceptual de algo que no es posible resumir en palabras. Cada fotografía se transforma en una obra abstracta. Lo que ahí se ve es la matriz del desarraigo. Lo que brilla en sus fotos es ese resto calcinado que queda en el espíritu cuando se diluye la pasión.

El mundo no tiene sentido y el arte es frágil. Sin embargo, el arte nos protege de la locura porque nos ofrece mapas parciales para no perdernos en la selva de la desolación. Son mapas tan inestables que, a veces, no vemos nada. Mejor dicho: vemos nada. Como en las fotografías de la serie Materia Obscura , de Marcelo Grosman. Lo primero que se ve son enormes rectángulos negros brillantes. Tan brillantes que el espectador se puede observar reproducido en la superficie espejada: inquieta el hecho de que lo único que aparece es su reflejo. Pareciera que de todo el mundo no quedase más que su fantasma narcisista.

Apenas el ojo se acostumbra a esa negrura, la situación se complica: se comienzan a percibir pequeñísimas figuras humanas o árboles que tienen el tamaño de un alfiler. En estas fotografías, la naturaleza con la que estamos acostumbrados a convivir se vuelve insignificante. En las imágenes de Grosman vemos lo oscuro del mundo y nos reconocemos en lo oscuro. Vemos el universo como infinita materia sobre la que no dejamos más que una inestable huella, que desaparece cuando nos apartamos de la foto. Cuando nos vamos del mundo.

El mundo también es frágil, tan frágil como el arte. Pero el arte tiene, sin embargo, la fuerza suficiente para poner en escena las pasiones más oscuras. Con ese material intenso suele trabajar Marcela Astorga. Su obra pone en petrificada ebullición (como si se pudiera solidificar el deseo) la representación estética y la pulsión de lo reprimido. El sadomasoquismo anida donde menos se lo espera: tanto en el misticismo religioso como en las relaciones de poder que sostienen las glamorosas instituciones del arte. Astorga lo escenifica como si fuera una alucinación: con metáforas que aluden al núcleo secreto de lo que no es posible mirar directamente a los ojos. Látigos, cruces y mapas pueblan sus trabajos, y la pasión se congela en los materiales con los que trabaja: cueros, vidrio, cerdas de caballo, metales y tejidos. La tensión entre las superficies pulidas y los restos orgánicos crean un laberinto de sensibilidades enfrentadas del que no es fácil salir.

En una serie trabaja con las plantas de varios museos (el MoMA, el Reina Sofía, la Tate Gallery). A la distancia, esas plantas conservan el minimalismo cool que predomina en las instituciones artísticas, pero la potencia salvaje que aporta el pelo animal desestructura la imagen corporativa. Toda institución -no importa cuán civilizada parezca- se asienta siempre sobre un fondo de barbarie. En toda ley pervive la violencia de la que nació (o la arbitrariedad que la sostiene). Nuestro rostro público oculta el infierno privado que corroe el espíritu.

FICHA. Marcela Astorga en Dabbah Torrejón (El Salvador 5176), hasta el 30 de junio. Raúl Flores y Marcelo Grosman en Ernesto Catena (Honduras 4882, 1º piso), hasta el 21 de julio.

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