Más allá del tiempo

El padre del hijo muerto ha dejado la casa y su esposa no ha querido seguirlo. Mientras el hombre camina, aparecen otros personajes
David Grossman
(0)
27 de abril de 2012  

EL HOMBRE QUE CAMINA:

He oído una voz de

mujer proveniente de

la ciudad:

que todo hombre es

una isla,

que es imposible

conocer el interior

de otra persona -

Pero yo a lo mío, no dejo de

intentarlo: de intentar que respires, que despiertes,

fustigando sin tregua

tus células, las que aún

viven en mí, las últimas

huellas de tu existir que no

se han borrado todavía de la punta

de mis sentidos -

El contacto de tu piel-de-niño,

tu voz todavía fina

y sosegada, aunque disparando ya

la punzante esquirla de

la ironía, la forma

del gesto de tu espalda,

pasando deprisa,

como deslizándote (me alegraba tanto

cuando me decían que

andabas como yo).

Una duda

ligera, llena de perspicacia centellea

en ese gesto tuyo de fruncir los labios -

pero yo sigo, vigilo,

atesoro

y resucito al niño

que fuiste, al hombre

que no serás -

Puede que te rías: ¿pero esto qué es,

papá? ¿Haciendo experimentos con un ser

humano?

Me encojo de hombros: no, es

un proyecto

de vida.

Mira, me entusiasmo de pronto,

te voy a crear

o por lo menos quiero

lograr una pequeña señal

de vida tuya. ¿Por qué no,

maldita sea? ¿Por qué voy a tener

que renunciar?

Ya lo hice una vez,

y ahora quiero

tenerte

mucho

más.

MUJER QUE SE HA QUEDADO EN CASA:

He bajado

todas las persianas. He apagado todas

las luces. La piel se me ha llenado

de pústulas y llagas. Silencio

sombrío, silencio

sombrío, días

y noches estoy

contigo, embrión

tardío, fosilizado,

que concibió la desgracia

tras la

menopausia.

Hasta que me levanto de repente de

mi desfallecimiento y como una especie

de ventrílocuo hablo

desde mi vientre: estoy

perdiendo

a mi hijo

por segunda vez.

EL CRONISTA: Bajo una farola que proyecta su luz amarillenta hay un anciano que escribe con tiza en el muro de una casa. La resplandeciente aureola de una nívea cabellera se cierne sobre su cabeza, y el bigote de morsa es plateado. Al momento siento un inmenso júbilo al darme cuenta de que se trata de mi querido profesor de matemáticas de la escuela primaria, un hombre de lo más simpático al que hace muchos años le pasó una desgracia que ahora no recuerdo y, desde entonces, desapareció de la vida pública. Lo creía muerto, pero aquí está en la calle en plena noche, anotando en una sucia pared llena de pintadas y dibujos subidos de tono columnas de números y problemas con su letra menuda y meticulosa. Al verme, no se asusta, al contrario. Me sonríe con la boca desdentada, como si hiciera muchísimo tiempo que solo me espera a mí, y con su dedo ganchudo me hace señas para que me acerque al muro.

ANCIANO PROFESOR DE MATEMÁTICAS:

Dos más dos son

cuatro. Repita

conmigo: tres

más tres son seis. Diez

más diez - veinte. Ha vuelto

a llegar tarde, mi querido muchacho, mañana

tendrá que venir con

sus padres -

EL CRONISTA: Pero profesor, ¿no se acuerda de mí?

ANCIANO PROFESOR DE MATEMÁTICAS:

Disculpe, señor, disculpe,

entre la oscuridad y estos ojos míos?, usted es

el-cronista-de-la-ciudad,

naturalmente.

En verdad: con respecto a la pregunta

que ha sido formulada o que iba a ser

formulada,

tengo tan poco que decir,

además de que

estoy bastante sorprendido porque

hace ya veintiséis años

que pasé por el trance de

mi vida,

pero para mi gran sorpresa

y también para mi gran turbación,

no sé absolutamente

nada de él.

«¿Pero cómo es?»,

me pregunta a veces la gente,

y yo también me lo pregunto en más de una ocasión

a mí mismo:

¿como un bloque de cemento?

¿Como una barra de hierro?

¿Como una presa obstruida?

¿Como una roca de

basalto?

¿O llanamente como una cebolla

con capas y más capas?

No, no, lo

siento, ni como

esto ni como lo otro, y no

crea, señor, que pretendo

eludir la respuesta:

de verdad, es que no sé

nada de eso.

Solo que está aquí.

Que es un hecho. Y que

con todo su peso

yace

sobre mis días. Que me

consume

la vida.

Basta,

perdóneme señor,

pero de

verdad

que

no sé

nada más.

EL CRONISTA: Dicho esto me vuelve la espalda y se pone de nuevo a escribir números en el muro de la casa con su letra, tan menuda. Todavía me quedo observándolo durante unos minutos impregnándome del extraño consuelo que emana de sus gestos, tan livianos y veloces a la vez. Cuando de pronto recuerdo lo que le sucedió y me pregunto atónito cómo habrá podido olvidárseme. Estoy a punto de llegarme hasta él y decirle, señor profesor, esto y lo otro me pasó también a mí, pero usted entonces no me había enseñado qué se hace.

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