Melancólicos navegantes

Entre naufragios y barcos encallados, Carlos María Domínguez explora en sus relatos los sueños y las debilidades humanas
José María Brindisi
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27 de febrero de 2015  

Carlos María Domínguez es víctima de un par de equívocos nada menores. El primero es salvable, o inocente: todo el mundo lo cree uruguayo, aunque se haya mudado a la otra orilla del río recién después de los treinta. El segundo es bastante más nocivo: la semejanza de su nombre con el del gurú de la buena onda -en algún momento devenido guionista escandaloso-, probablemente sumado al envidiable éxito de algunos de sus libros, provoca que se lo mire con recelo, cuando no que directamente se lo ignore.

No se trata de convertir a Domínguez en lo que no es, pero lo cierto es que sus libros poseen unas cuantas virtudes. Antes que nada, y aunque parezca irrelevante, sabe contar. Es decir: sabe exprimir el máximo rédito -con alguna excepción- de sus historias, graduando sus efectos, desviándose cuando es necesario, retornando a su núcleo con renovada expectativa a partir de la conjunción de elementos que muchas veces parecen, al comienzo, dispersos. No les teme a las imágenes poderosas, pero las dosifica, evitando que la narración pierda fluidez y naturalidad (a veces evitándolo demasiado, cerca de una suerte de neo-costumbrismo). Y si bien es cierto que trabaja con determinados tópicos, también lo es que no abusa de ellos, y que el humor con frecuencia los ennoblece.

Los siete cuentos de Mares baldíos giran en torno al imaginario marítimo, en la tradición de una literatura que -como se apunta en la contratapa- en la Argentina encuentra escasos precedentes. Domínguez posee la capacidad de crear con rapidez, en unos pocos trazos, un ambiente que se torna en adelante ni más ni menos que eso: un marco de referencia absoluto para los personajes, para sus estados de ánimo y lo que las anécdotas ponen en juego. El mar es la posibilidad de la aventura infinita, pero se sabe que con frecuencia también es una cárcel, o al menos una condena. No es casual que casi todos los relatos de este libro hablen de barcos encallados, de marineros que enloquecen, de diversos modos del naufragio.

Dos de los cuentos del libro escapan, en términos generales, a esa norma. El primero es sin duda uno de los más logrados, "El árbol de las garzas", la breve historia de un colono en la isla Juncal, cercana a la ciudad de Carmelo. En él Domínguez despliega algunos de sus mejores recursos, en particular la ductilidad para hacer de la descripción un elemento activo, y no un mero complemento de la narración. El cuento es una epifanía de principio a fin: una tormenta descomunal que es la muerte segura, y al mismo tiempo una inesperada posibilidad de -íntima- redención. El otro cuento que se diferencia es por el contrario quizás el más endeble ("La confesión de Johnny"); no porque carezca de interés, sino porque al hallazgo de ese Tarzán viejo y decadente, mucho menos que la sombra del que fue, le faltan algunas alternativas, la reconstrucción de su esencia de mito antes de la revelación de su ocaso.

El texto que cierra el libro, "Una conversación honesta", es brillante entre otras cosas por el truco -dos marineros que se emborrachan y confiesan, salvo que en diferentes idiomas, es decir, sin entenderse casi una palabra-, pero acaso éste se agote en la extensión. No por casualidad Domínguez saca al final un conejo de la galera, más efectista que inverosímil.

El resto se recuesta en una vertiente más oscura y conspirativa, y allí el autor revela tanto su manejo del suspenso como su conocimiento de las debilidades humanas. Esos barcos que apenas resisten o se hunden cristalizan la clave melancólica de todo el libro, que no es otra que la insalvable distancia entre lo que se sueña y lo que se es.

Mares baldíos

Por Carlos María Domínguez

Random House

187 Páginas

$ 169

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