Memorias de vuelo

El gran escritor portugués, candidato al premio Nobel, evoca los fantasmas y los sueños de su infancia. Soñar que uno vuela y se eleva sobre la desdicha es una de las formas de alcanzar la felicidad. Pero, a veces, volar es una realidad horrible como una pesadilla
El gran escritor portugués, candidato al premio Nobel, evoca los fantasmas y los sueños de su infancia. Soñar que uno vuela y se eleva sobre la desdicha es una de las formas de alcanzar la felicidad. Pero, a veces, volar es una realidad horrible como una pesadilla
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22 de marzo de 2000  

De pequeño solía soñar muchas veces que volaba. Era así: estaba a gusto con las personas, en el patio o en la sala, y en eso me desinteresaba de la conversación (las personas hablaban siempre en mis sueños) les daba la espalda, tomaba impulso, abría los brazos y comenzaba a elevarme. El sueño se volvía tan real que aún hoy me acuerdo de la nitidez de las cosas vistas desde arriba: la casa, los árboles, las otras casas, la calle, la familia jugando a la canasta bajo la sombrilla, la pérgola del lago... y yo de aquí para allá como una hoja de abedul en otoño. Lo único que no recuerdo es cómo acababan esos sueños. Después debo de haber crecido muy deprisa porque, durante años, no volví a volar, y mis sueños se empañaron con una desesperación triste y por algún tiempo me dejaron, ya despierto, sumido en una indagación sin pausa. Fue en la época en que comenzaba a afeitarme y me sorprendía tener el pelo rubio y una pelusilla negra en la cara. En una ocasión leí en un libro que D. João de Castro, al ver a un hombre de pelo negro y barba blanca, comentó que éste seguramente pensaría más con el mentón que con la cabeza. Esta frase me acompañó un buen tiempo y hasta hoy creía haberla olvidado. Hay tantas cosas que suponía olvidadas y que, de repente, aparecen de nuevo. El padre de mi madre, por ejemplo, leyendo el periódico en la terraza de Nelas. Ir con João al pinar, en Beira Alta, comer moras silvestres, con la esperanza de encontrar el rayo verde en los crepúsculos de Caramulo. De cómo todo era enorme y lento en esa época, y del señor Casimiro que nos ofrecía caramelos en su tienda. Volé de nuevo en Africa, durante la guerra, pero fue un vuelo amargo: de aquí para allá como una hoja de abedul en otoño y allí abajo cadáveres y los pollos que los milanos cogían de repente y escalaban enseguida el aire con sus víctimas entre las garras. La casa había desaparecido y la familia no jugaba a la canasta bajo una sombrilla. El jardinero los enterraba en cubos de cemento y cada cubo tenía dos agujeros, un agujero vertical y un agujero oblicuo, que se elegía de acuerdo con la dirección de la luz. Otra cosa que creía olvidada eran esos cubos de cemento, con argollas de hierro, que no tenía fuerzas para mover. Yla mesa de piedra. Ylas procesiones de los domingos, con niños disfrazados de ángeles, que lloraban. Mi madre decía que, cuando yo era bebé, me besaba hasta dolerle la boca. Eso no llegué a olvidarlo: simplemente nunca existió para mí. Los abuelos de mi madre no eran más que generales severos en un retrato, y el padre de mi madre leía el periódico callado. El silencio a su alrededor (en mi memoria había un inmenso silencio a su alrededor) lo rodeaba de una segunda soledad. Todo silencio, creo yo, es una segunda soledad que acrecienta la primera, y el padre de mi madre parecía la persona más aislada de este mundo. De vez en cuando sonreía. La madre de mi madre me contó que, al morir, se llevó una sonrisa hermosa al interior del cajón. Eso ocurrió en mil novecientos cincuenta y cinco, yo no había cumplido aún trece años e ignoro qué se habrá hecho de esa sonrisa ahora. ¿En el cementerio de Benfica? ¿En Nela? ¿En el escalón de piedra hacia la viña, con un cigarro que ardía en la boquilla? En los meses posteriores al entierro encontraba vestigios de carmín en el cristal de la fotografía: la cómoda de la habitación de mis padres es una tumba discreta de sonrisas. A la derecha de los cepillos de plata, en la otra punta, hay una especie de árbol de metal con seis frutos redondos, seis marcos pequeños, y un hijo en cada fruto, colgados por parejas. La claridad de la travesía de los Arneiros los ilumina de lado al atravesar la cortina. Seis frutos. El que soy yo también sonríe: una sonrisa un poco vanidosa, un poco pasmada, como la de todos los tímidos convencidos. Me inclino hacia él y no entiendo. Debe de haber sido, más o menos, por el tiempo en el que me nació la pelusilla negra en la cara.

Si yo le digo -António

(un nombre tan común, el nombre de mis abuelos)

no me responde. Permanece, vanidoso y pasmado, a la derecha de los cepilllos de plata, de modo que prefiero despedirme

-Adiós, António

y pasar de la habitación de mis padres a lo que llamábamos, siendo niños, la sala del medio, y de la sala del medio a la otra sala, donde estamos todos, en los sofás, conversando. Mi madre nos llama desde abajo

-Está la sopa en la mesa

y al sentarme en mi lugar no me acuerdo de haber volado de pequeño. Sólo me pregunto dónde estarán ahora los cubos de cemento de las sombrillas.

Esplendor de Portugal es el último libro del autor.

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