México se detuvo en Proa

Alicia de Arteaga
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18 de noviembre de 2011  

Conocido en el mundo prehispánico como Tlaloc, el dios del agua podría ser una escultura contemporánea si no fuera un tesoro datado entre el año 600 y el 900 d. C. Esa asombrosa síntesis en el tratamiento de la figura se enriquece por la pose, el gesto y la actitud de la divinidad, tan espontáneamente sentada de brazos cruzados. Una vez más, los tesoros mexicanos enaltecen el calendario de Proa, que abrió sus puertas en 1996 con una muestra de Rufino Tamayo inaugurada por el entonces presidente de México Ernesto Zedillo.

Poco después llegarían a las salas de La Boca las pinturas de Julio Galán y la Colección Jacques y Natasha Gelman, una selección exquisita reunida por un matrimonio de novela. Emigrados en tiempos de guerra, él era ruso y ella, checoslovaca. La fortuna los acompañó con una sonrisa, porque fue Jacques Gelman quien descubrió y lanzó al estrellato al popular Cantinflas. Una "mina de oro" que, al ritmo de dos películas por año, le permitió entregarse de lleno a su pasión de coleccionista. La bella Natasha posó para Rivera y el portavoz del trotskismo azteca la retrató como una diva entre Hollywood y Tamara de Lempicka. Las relaciones de Proa con México se verían fortalecidas con la llegada de la muestra de Diego Rivera en 2001, pero el punto culminante sería, sin duda, la "epopeya" de la cabeza olmeca. La gigantesca y misteriosa escultura procedente del Museo de Antropología de Xalapa no había salido nunca de México. Viajó, como único pasajero, en las entrañas de un jet para deslumbrar en las salas de Proa. La magia de la risa y el juego (2044) se llamó la muestra que quitó el velo de una civilización milenaria, movilizó los esfuerzos de Techint, Tenaris y Telmex (hoy Claro) y trajo a Buenos Aires al multimillonario Carlos Slim, magnate de las comunicaciones, accionista de The New York Times y el mayor coleccionista de Rodin fuera de Francia. En esa tradición de intercambio virtuoso, Dioses, ritos y oficios del México prehispánico resulta una oportunidad única para contemplar los testimonios de una cultura en estado puro.

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