Microficciones atípicas

Lydia Davis, ganadora del Man Booker Prize, elude los lugares comunes del relato muy breve y se arriesga a la mezcla de distintas entonaciones y géneros en un libro que, a pesar de resultar desparejo, esconde luminosos textos de fina ironía
Débora Vázquez
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27 de febrero de 2015  

La microficción es un género astutamente contrahecho en el que, contra todo manual, el nudo de la historia queda estrangulado entre el principio y el fin. Para compensar este desequilibrio en la estructura del relato, es necesario que la apertura y el desenlace sean superlativos.

La compilación de textos breves de Ni puedo ni quiero, de Lydia Davis (Massachusetts, 1947) no logra alcanzar la perfección pero, al menos, fracasa de un modo bastante interesante. Lejos del remate de impacto publicitario, el surrealismo que equivoca la tecla y la metafísica de sobrecito de azúcar –por citar sólo algunos de los vicios más ubicuos del género–, la ganadora de un Man Booker Prize prefiere hacer foco en la miscelánea doméstica, allí donde la banalidad es ley. El problema es que, como todo lo banal, a veces se vuelve tan irremediablemente banal que el lector puede desertar a mitad de camino.

El de Davis es un libro ecléctico que incluye reflexiones de entrecasa, cartas de queja, juegos literarios, reescrituras de anécdotas de Flaubert, y sueños –propios y ajenos– que apenas se diferencian de la vigilia. Los relatos pocas veces cierran con la justeza de aquel en el que una familia pretende resucitar a su perro reuniendo los pelos que quedaron desperdigados por la casa. Las mascotas en Davis son tan recurrentes como las manías de sus dueños. Acostumbrados a hablar consigo mismos, los personajes sin nombre de la autora alcanzan un entendimiento clínico de las propias obsesiones. Se trata de seres urbanos acostumbrados al confort de sus rutinas, que reparan al instante en el mínimo indicio de desajuste: la cantidad de pastillas de menta de una lata, una palabra mal escrita en el menú de un restaurante, una aspiradora fuera de lugar.

Estos desarreglos pueden convertirse en cartas –con rigor matemático, Davis dispuso una en cada sección del libro–, risibles por el contraste entre la nimiedad del reclamo efectuado y el derroche de oratoria desplegado para rendir cuenta de aquello. La ironía absurda en estas cartas recuerda de algún modo la practicada por Ionesco en La cantante calva, precisamente cuando se burlaba del lenguaje inverosímil y afectado de los libros de texto para aprender el idioma inglés.

Al emular el formulismo epistolar, Davis aprovecha para demostrar lo diestra que es para parodiar un registro y moverse dentro de los límites mezquinos del protocolo. La distancia formal que se impone en estas cinco cartas es ideal para ejercitar el objetivismo, una materia en la que la autora sobresale. En las antípodas de la distante impersonalidad de estas misivas podrían colocarse aquellas que Flaubert le escribía sistemáticamente a su querida amiga Louise Colet. Y esto viene al caso porque Davis, traductora de Madame Bovary, conoce ese epistolario a la perfección. Tanto es así que varias de las anécdotas contenidas en las cartas del autor de Bouvard y Pécuchet fueron reelaboradas e incluidas en este libro. Si bien dentro del corpus general de Ni puedo ni quiero resultan algo dislocadas, como una suerte de zapping a una película de época, pueden por eso mismo despertar en el lector la inquietud de acercarse a la preciosa correspondencia del autor normando.

Con una sintaxis, a conciencia, opuesta a la de Proust –otro de los autores traducidos por ella al inglés– y un lenguaje modesto, la prosa de Davis se vuelve llana, y a la vez musical. El laconismo de su fraseo, que la traducción no desestima, va de la mano de la repetición; esa repetición que, al mejor estilo de su admirado Beckett, posee un ritmo que perdura en la cabeza del lector aún después de cerrado el libro.

Algunos títulos de Davis son tan prometedores ("De cómo leo lo más rápido posible las ediciones anteriores del TLS") que los textos que vienen a continuación decepcionan un poco. Ocurre como con el arte conceptual: las buenas ideas –ideales para teorizar en el interior de un catálogo– no siempre conforman o provocan lo suficiente al espectador cuando éste se cruza con ellas en un museo. Posiblemente Ni puedo ni quiero no sea la compilación que más le haga justicia a la autora, pero sin duda es una buena muestra de lo que Lydia Davis –injustamente conocida hasta hace unos años por el mero hecho de haber sido la primera mujer de Paul Auster– es capaz.

Los mejores textos de esta colección no son, paradójicamente, la vasta mayoría de relatos breves e hiperbreves –algunos no superan la oración– sino los contados textos de una extensión mayor. Un buen ejemplo es "La carta a la Fundación", donde la narradora se explaya sin reparos acerca de los grises de la experiencia de ser profesora. Otro ejemplo insoslayable es "Las focas". Allí Davis confiesa aspectos íntimos de la relación con su hermana muerta y demuestra su capacidad para hacer eso tan difícil que es ir hasta el fondo del dolor, sin caer en la sensiblería, y salir indemne. En cambio, cuando navega en la superficie de las cosas, no siempre queda bien parada. Para concretar algo que valga la pena, sus historias necesitan un horizonte antes que una bandera de llegada.

Silvina Ocampo dijo alguna vez que un cuento malo se puede esconder fácilmente en un libro. Con los que son realmente buenos, no ocurre lo mismo. Los relatos en los que Davis descuella no abundan en esta recopilación, pero los que lo hacen emanan un resplandor tan particular que dan ganas de perdonarle el excedente y seguir avanzando ingenuamente en busca del próximo tesoro.

Ni puedo ni quiero

Por Lydia Davis

Trad.: Inés Garland

Eterna Cadencia

316 páginas

$ 190

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