Milingo volvió a oficiar misa en Italia en un clima de euforia

Tuvo un estricto control del Vaticano
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22 de noviembre de 2002  

CASAMARI.- "Por los males en el páncreas, el hígado, las piernas, el corazón, los pulmones, la columna y la cabeza; nosotros rezamos." "¡Curáme Señor!" "Por los males en el cerebro, en los ojos, en el olfato, en el tacto, en la cervical; rezamos." "¡Curáme Señor!"

En la abadía de Casamari, unos cien kilómetros al sudeste de Roma, en un ambiente surrealista, marcado por impresionantes gritos de fieles en trance, Emmanuel Milingo volvió ayer a dirigir una plegaria de sanación y a celebrar una misa en público, en medio de la emoción de unos mil asistentes.

Pese al escándalo que provocó hace un año y medio, tras casarse en Nueva York con María Sung - una acupunturista coreana de la organización que dirige el reverendo Moon- y pese a que ahora, después de un año de penitencia, es custodiado día y noche, el arzobispo emérito de Zambia demostró tener su carisma más que intacto.

Más allá de estar muy controlado por sus "ángeles de la guarda" del Vaticano -ni siquiera pudo dar la comunión- sorprendió su histrionismo, su pasión, su magia, y su capacidad de atrapar a la audiencia, pese a que sus discursos eran casi incomprensibles.

Apenas entró en la bellísima abadía medieval de Casamari, repleta de periodistas, fieles y curiosos, y vallada para que los seguidores no pudieran acercarse al "exorcista", Milingo fue recibido con un aplauso muy intenso. "Sólo tengo dos manos, pero yo también quiero aplaudir", dijo el sacerdote africano en un italiano tarzanesco, parado frente al micrófono como un perfecto "showman". Cuando comenzaron a oírse gritos de gente en trance, Enzo, un miembro de la denominada "familia de Milingo", explicó a LA NACION que era algo "normal" en sus misas, y que se trataba "del demonio, el enemigo de Jesús, que quiere molestar".

Nada de exorcismos públicos

Organizado por el Vaticano, el controlado rito comenzó con un discurso de Milingo, siguió con una oración de curación, y culminó con una misa solemne. El arzobispo de Zambia, que volvió en septiembre de la Argentina, donde de incógnita pasó un año en una casa de los focolarinos, ahora vive en Zagarolo, en las afueras de Roma. Sólo allí podrá celebrar misa, y no podrá volver a hacer exorcismos en público, dijo ayer el Vaticano. Don Enrico Pepe, el sacerdote focolarino que se ha convertido en su virtual guardaespaldas, anunció sin embargo que el Papa, "muy contento por el retorno", bendijo su "ministerio de curación".

El arzobispo "curandero", que el mes próximo viajará a su Zambia natal, evitó referirse al escándalo que protagonizó el año último. En el caótico discurso que pronunció, no obstante, habló de la urgencia del perdón -"hay que perdonar a todos los enemigos, yo no tengo enemigos, no odio a nadie-", de la fe -"hay que creer como niños; es decir, sin dudar, porque entonces las cosas pasan"-, y del amor. Al final, en un clima de película, dio una bendición especial a los fieles presentes que, concentrados, levantaban hacia él crucifijos, fotos de seres queridos, medallas, botellas de aceite, y hasta frascos de sal. Con la ilusión de que con el regreso de Milingo en sus vidas, algo cambiará.

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