Misterios que se intensifican

Martín Lojo
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12 de diciembre de 2009  

El caso Voynich

Por Daniel Guebel


Eterna cadencia

120 páginas

$ 48

Mis escritores muertos

Por Daniel Guebel

Mansalva

64 páginas

$ 30

A contrapelo de la moda novelística que busca enigmas ocultos en códices y descendencias divinas para develarlos con artilugios más o menos pueriles, Daniel Guebel recurre al misterio para intensificarlo en una máquina de imaginación literaria.

A primera vista, El caso Voynich es un ensayo sobre el manuscrito que el librero Wilfryd Voynich descubrió en 1912, en la biblioteca del colegio jesuita de Mondragone, cerca de Roma. Confeccionado entre los años 1450 y 1520, el documento muestra imágenes de extrañas plantas, constelaciones y mujeres desnudas en estanques de tinta conectados por tuberías, y un texto escrito en una lengua desconocida, de estructura similar a la de las lenguas naturales, pero imposible de descifrar a pesar de los esfuerzos de lingüistas y criptólogos. Guebel indaga el caso en todos sus detalles: la atribución de la autoría del manuscrito a Roger Bacon y a John Dee, el recorrido del texto desde las manos del rey Rodolfo II de Bohemia hasta Mondragone, los afanes de los interpretadores desde su aparición hasta el presente y las hipótesis sobre su significado. El manuscrito puede ser un texto alquímico, un catálogo de semillas africanas, un libro pornográfico codificado para huir de la censura, la clave de una operación de espionaje o una estafa del propio Voynich. Mientras que el relato avanza en una búsqueda paranoica de sentido, los hechos "reales", tomados en su mayoría de Internet, son capturados por la literatura: encontramos el manuscrito arrumbado en una biblioteca sobre los escritos de Hafen Slawkenbergius, un personaje ficcional del Tristram Shandy, de Stern; o notamos que el último poseedor del texto, el agente de Bolsa Hans Kraut, muerto en 1987, discute la veracidad de un texto firmado en 2005.

El sentido del manuscrito Voynich permanece oculto, pero no sus efectos. Kraut deja sus ocupaciones bursátiles y se transforma en un especialista en la cábala mística, lector de Abraham Abulafia y Raimundo Lulio. En un anaquel de la biblioteca de Munich, el manuscrito se separa de los otros libros con una distancia de más de diez centímetros. Una hipótesis mayor irrumpe: quizá el secreto del Voynich no sea su sentido oculto sino su "sentido plano". Un texto que intenta decir lo incomunicable en el lenguaje en que eso se expresa, "como el sueño o el dibujo de los bosques o las líneas de la mano". El Voynich sería entonces poesía de la pura forma, un texto cuyo poder se trama en la tersura de su superficie.

Sobre esta literatura que se aleja de lo ya escrito a partir de su forma trata Mis escritores muertos, libro en el que Guebel recuerda a Jorge Di Paola y Héctor Libertella. Lo que comienza como una crónica de la última visita a Di Paola en un viaje a Tandil resulta una delirante deriva narrativa guiada por la asociación formal. Del relato en primera persona del movimiento infinitesimal que produjo una estrepitosa caída frente a una morocha misteriosa, Guebel pasa a la historia de la caída de la Piedra Movediza de Tandil a un lago artificial, donde se transforma en el huevo del que surgirá el Tandilito, monstruo turístico de la zona; relato en el que resuena la asociación monstruosa entre las prótesis de acrílico que separan los dedos de los pies de la morocha y una escalofriante glosa de "La sirenita", de Andersen. Vanguardistas de la prosa, Di Paola y Libertella utilizaron los géneros literarios, los juegos verbales y las ideas para crear textos en los que la escritura es iluminadora y el sentido permanece inasible o vacío. Guebel continúa ese linaje con una narrativa que avanza de peripecia en peripecia a través del puro enlace formal, indiferente al "sentido profundo", buscando, hasta agotar sus materiales, un movimiento que lo acerque a lo nunca escrito.

Los amantes de los relatos lineales encontrarán resistencia en estos libros, destinados a quienes encuentran placer en la proliferación del sentido y en la felicidad de la literatura de un autor ocupado por los rodeos de un viaje intenso más que por el reposo del destino final: un artista del procedimiento.

© LA NACION

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