Nacimiento y ocaso de las naciones

En una obra reciente, el historiador Wolfgang Reinhard rastrea el nacimiento de la palabra "Estado" y estudia los cambios que sufrió el término desde que Lorenzo de Médicis lo usó por primera vez
En una obra reciente, el historiador Wolfgang Reinhard rastrea el nacimiento de la palabra "Estado" y estudia los cambios que sufrió el término desde que Lorenzo de Médicis lo usó por primera vez
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23 de enero de 2002  

Estado es una palabra cuya ausencia notamos desde hace tiempo. No poder usarla es un verdadero problema para la comunicación. Es mortificante para los más ancianos, para quienes ésta es sólo una de tantas señales de que el mundo se está convirtiendo para ellos en una tierra extranjera. Pero el tema concierne a todos, porque la palabra en vías de desaparición todavía no ha sido sustituida de manera adecuada. Pensemos en el asunto que ocupa nuestro presente: la guerra. Antes era simple: un Estado declaraba la guerra a otro, siempre había vencedores y vencidos, y en todo caso, uno o más Estados involucrados. Al mencionar un Estado se resumían muchas cosas en una: territorio y población, confines, bandera, idioma, cultura, religión, instituciones.

Hoy, desaparecida la palabra clave, debemos movernos en la niebla de las perífrasis inciertas: se hace la guerra contra el terrorismo, ejércitos plurinacionales enfrentan grupos étnicos y religiosos, ya no se actúa por la patria sino por ideas que ignoran los límites nacionales y las fronteras estatales.

Todavía hay hombres de Estado, pero -así como los barrenderos se han convertido en operadores ecológicos- se llaman operadores de la paz y reciben por turno el Premio Nobel, no por haber combatido a otros estados o pueblos sino por enfrentar a los monstruos sin rostro y sin fronteras que pueblan la terrible mitología del presente: terrorismo, racismo, limpieza étnica, apartheid , genocidio. De todo esto, nosotros, los europeos, estamos un poco al margen, como una Suiza del mundo. Y atravesamos una fase transitoria. Todavía tenemos Estados pero, por encima y por debajo de ellos, avanzan otros poderes: para las leyes y la administración tenemos las Regiones y los organismos de la Unión Europea, para el ejército y la guerra tenemos a la OTAN. Por último, está desapareciendo aquello que ha sido el primer símbolo del poder estatal: el derecho de acuñar moneda. Con el euro, en breve la gente se rodeará de una cantidad indeterminada de valores y símbolos indescifrables de un poder que ya no es el del Estado del cual siguen siendo ciudadanos, pero tampoco es aún del todo aquello en que esperamos que se convierta: algo mejor, más adecuado a nuestras necesidades, más cerca de nuestras exigencias.

Sin embargo, en Europa el horizonte todavía está dominado por los Estados. Porque el Estado es una invención europea. De esta premisa parte Wolfgang Reinhard en una obra capital, Historia del poder político en Europa : una verdadera summa , un esfuerzo gigantesco de reelaboración de los conocimientos históricos, a la cual deberán remitirse en lo sucesivo todos aquellos que deseen hablar o escribir sobre el Estado con conocimiento de causa. Por lo tanto, se podría parafrasear el título del famoso escrito de Novalis, "Cristiandad o sea Europa", diciendo "Estado o sea Europa". El Estado ha nacido en Europa. Y aquí ha muerto, o al menos agoniza (la fecha de la presunta muerte se sitúa, según Reinhard, en el retazo final del siglo XX, entre los años setenta y ochenta). Nació de diferentes raíces: las tradiciones de la monarquía militar germánica, los fundamentos clásicos (el pensamiento griego y el derecho romano) transmitidos por la Iglesia cristiana, y -en tercer lugar, pero no último- la idea de soberanía mesiánica de la Biblia hebraica y cristiana. Muere por efecto del surgimiento de nuevas agregaciones, en ciertos aspectos más vastas, superestatales, y en otros en cambio más reducidas, de índole étnica, microrregional. Y hoy la construcción europea se tambalea y encalla debido al choque entre modelos inconciliables, el del centralismo francés y el de la descentralización informal de la tradición inglesa (como ha señalado recientemente el historiador del pensamiento político Larry Siedentop, en La democracia en Europa ).

En los umbrales de esta obra imponente de Reinhard hay un documento que un lector italiano evoca: es una carta fechada el 26 de abril de 1478. La escribe Lorenzo el Magnífico, señor de Florencia, después de haber escapado al atentado que durante la misa solemne en el Duomo le costó la vida a su hermano Giuliano: "En este momento -escribe Lorenzo, invocando el auxilio de los duques de Milán, sus aliados- acaban de matar a mi hermano y mi Estado se encuentra en un gran peligro". Así nace, en un momento dramático, el término "Estado", que encierra la contribución original de Europa a la historia del poder político.

Así pues, la invención precoz del término, como reconoce Reinhard, pertenece a Italia. Pero, tanto en Italia como en Alemania, el estado soberano sólo llegaría a ser una realidad en el siglo XIX. Una contradicción singular: en estos dos países, donde el Estado moderno tuvo la gestación más larga y difícil, su victoria cultural fue estrepitosa. Al reflexionar sobre la ausencia de un príncipe capaz de unificar Italia, Maquiavelo inventó la ciencia moderna de la política. En la Alemania del siglo XIX, Hegel definió el Estado como "la totalidad ética", el fin mismo de la historia del mundo.

El hecho de que un historiador de experiencia internacional pero de firmes raíces alemanas afronte una deconstrucción histórica de la forma Estado tiene un significado indudablemente simbólico. Reinhard lo reconoce. Se trata de deconstruir el Estado, de recorrer el camino inverso al transitado por los historiadores y profesores de historia, destinados a actuar en otra época como educadores en el sentido del Estado y por lo tanto, tradicionalmente dispuestos a reconstruir sus destinos magníficos y progresivos, y a convertirse en sus servidores y propagandistas entre los jóvenes. Ojalá que el libro de Reinhard ofrezca un material de reflexión para aquellos historiadores que todavía parecen deleitarse con la cuestión de cómo se podría inculcar la idea de Patria en el corazón de los jóvenes, y que persuada con este argumento a una clase política desprovista de cualquier otro appeal .

Para el pasado, la deconstrucción del Estado es como la representación caricaturesca de Luis XIV. El Rey Sol, de un metro sesenta de altura, calvo desde su juventud, se construyó una imagen pública majestuosa con sus tacones y pelucas. Como escribió William Thackeray, "los peluqueros y zapateros crean los dioses que nosotros adoramos". Nuestra época ha agregado sólo un pequeño detalle: la televisión.

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