No hay que esperar que los artistas sean maestros de la vida

Reflexiones sobre la creación y la moral
(0)
21 de agosto de 2006  

MILAN.– También los pecados, al igual que los capitales tomados en préstamo, se pagan con intereses que crecen con el tiempo. Lo que Günter Grass ha revelado con tantos años de tardanza (su participación forzosa en las SS de Hitler) –de por sí algo venial, si se considera la terrible situación y la edad que él tenía cuando lo cometió– le cae encima como una piedra.

Como se ha dicho, hubiera podido y debido decirlo enseguida: nada queda en secreto. Sofocado, y sin solución, en lo íntimo corre el riesgo de gangrenarse, de crecer, de erosionar destructivamente como un tumor, asumiendo dimensiones anormales y contaminando la existencia. Sin embargo, la conciencia, como una camisa manchada o sólo transpirada, va a la máquina de lavar y de escurrir sin preocuparse por el comentario de los vecinos acerca de las manchas.

Por qué Grass no ha hablado antes, nadie lo puede decir, porque nadie puede entrar en las incertidumbres y contradicciones de la mente del otro, comprender qué, objetiva y subjetivamente, otro hubiera podido o debido decir o hacer en ciertas circunstancias. Todo eso se vuelve todavía más difícil cuando entra en juego un proceso tan tortuoso e inhibitorio como el pasado nazi.

Por otro lado, los recuerdos cambian con el tiempo, como dice un cuento de Svevo: a menudo no se recuerdan los hechos acaecidos, sino la deformación con que la memoria los ha revivido y alterado. Recuerdo todo, pero no comprendo nada se dice en la "Conciencia de Zeno".

La insinuación de que la tardía y muy reciente confesión de Grass esté ligada a la promoción del libro que acaba de salir ["Pelando la cebolla"] es poco creíble, porque un premio Nobel -en particular el gran autor del inmortal "El tambor de hojalata"- no tiene necesidad de acciones sensacionalistas para lanzar un libro, como las jóvenes que ostentan previsibles transgresiones sexuales. Si así fuera, se trataría de todos modos de un cálculo errado, que retorna como un boomerang y se traduce en un daño duradero, no compensado ni siquiera materialmente con un récord de ventas.

Más allá del episodio puntual, estas vicisitudes de Grass han escandalizado, y ha existido un estruendo tan excesivo y desproporcionado posiblemente porque se considera, erróneamente y a priori, que los escritores y los artistas -y tanto más cuanto más grandes- son como representantes de lo espiritual, casi sacerdotes laicos de la verdad, de la humanidad y de la justicia, como maestros de vida. Sin embargo, no es así. Crear una obra de arte, aunque ésta sea grande, no garantiza en absoluto -como, por otra parte, lo sabía bien Thomas Mann- la posesión permanente de cualidades morales (y mucho menos de inteligencia) capaces de evitar las aberraciones éticas y políticas. Muchos entre los grandes escritores del siglo pasado han sido fascistas, como Pirandello; nazis o filonazis, como el gran Hamsun; antisemitas a pesar de sí mismos, como el autodestructivo y también grande Céline; estalinistas, como esos escritores franceses que iban con devoción a Moscú para asistir a la "misa roja" o a los linchamientos de tantos de sus compañeros.

Continuamos amándolos y comprendemos el itinerario de autolesión que los ha llevado a esta automutilación espiritual y a aprender de ella hasta valores esenciales como el amor y la rebelión, negados por las ideologías perversas que tienen indulto, pero no podemos esperar de ellos más claridad o sabiduría que la de la así llamada gente común. Por otra parte, hasta Goethe escribió la inmortal historia de Margarita que nos enseña para siempre la piedad y la comprensión por ella, y algunos años más tarde votó a favor de la condena a muerte de una joven que había cometido la misma falta que Margarita.

Pobres diablos

El espíritu sopla donde y cuando quiere, y no siempre en el corazón y en la mente de un gran escritor. Cuando no sopla, todos son pobres diablos capaces de hacer cualquier tontería. No es extraño que no haya soplado sobre un Grass de diecisiete años, en aquel momento tremendo, y no sabemos por qué más tarde no se quitó enseguida ese peso de su conciencia. Una cosa es cierta. La divulgación de este hecho no disminuye en lo más mínimo no sólo la grandeza poética de quien escribió "El tambor de hojalata" ni tampoco la meritoria acción ético-política de Grass de todos estos años. Grass ha sido un escritor comprometido en el mejor sentido, ha sabido criticar y denunciar los defectos y las torturas de Alemania con dureza pero con moderación ideológica, sin ceder jamás a las sirenas del extremismo que hace años seducían a tantos de sus colegas, si bien luchó por una política progresiva concreta de pasos cortos, celebrando el "paso de caracol" de la política, es decir, los mejoramientos graduales del país, el sentido responsable de las reales posibilidades. El mérito político de haber luchado por esos ideales permanece, más allá de los fantasmas que hasta hace poco le impedían desembarazarse de ese peso y de la relación que todo ello puede tener o no con la clasificación de los best sellers.

Traducción: María Elena Rey

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.