Nostalgias y dolores

Evocaciones en los grabados de Graciela Zar; dramatismo en las fotografías, los objetos y las instalaciones de Marcelo Brodsky; constructivismo lírico en las pinturas de Laura Murlender
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9 de diciembre de 2001  

La trayectoria de Graciela Zar (1946) la ubica entre las grabadoras locales más destacadas. Su dominio de los medios y la sensibilidad que la caracterizan le valieron el lugar que revalida en estos días con una antología notable. La sala del Centro Cultural Recoleta, que ocupa el Fondo Nacional de las Artes, exhibe esa muestra de su acción en los últimos quince años. Reúne allí los ejes de su acción, por momentos rapsódica, como se ve en las piezas donde intervienen imágenes fotográficas que integra escenográficamente a un contexto imaginativo. Los temas varían. Dedicó diferentes trabajos a series que fueron plasmando los cambios mediante una sucesión de ideas relacionadas. Los "homenajes" (1987), por ejemplo, revelan sus preferencias artísticas, tan heterogéneas como los nombres en juego. Claude Debussy, KŠthe Kollwitz, Vincent van Gogh o Duke Ellington personalizan la elección, que junta el pensamiento con la imagen resultante, a menudo, no figurativa. Trabajó también, más recientemente, en evocaciones de Buenos Aires, de la luna o de la cultura clásica: por lo demás, los objetos van desde los instrumentos de trabajo hasta los elementos que los contienen en una relación simbiótica entre el continente y el contenido. Transformó los elementos de trabajo en el taller en pequeñas instalaciones. Tal el caso, por ejemplo, de El otro mar , donde juntó un rodillo, una batea, una postal y arena, o de El sueño , reflejado en una vetusta valija que contiene postales, sus propios grabados y un instrumento antiguo de madera cuya finalidad es incierta. El poder de la nostalgia, el título de la exposición y del texto que publica Guillermo Whitelow en el catálogo, orienta claramente sobre su sentido y su esencia. Abunda tanto la memoria de hechos o circunstancias pasadas como el deseo de actualizarlos. La delicadeza femenina preside esas manifestaciones algo melancólicas sobre el paso del tiempo. La disponibilidad técnica hace el resto. Una verdadera galería de recursos indica sin alardes, pero con una seguridad que despeja cualquier duda, la práctica del grabado sobre chapa en una extensa variedad de sus formas. Desde la incisión de la plancha que los ácidos muerden hasta la aplicación del colage, el ensamblado de objetos, todo acusa el virtuosismo de su realización. También hay experiencia en el manejo de la monocopia o monotipia, procedimiento al que suelen asomarse los pintores.

Conocedora de los medios gráficos como pocos, Zar controla su contenido, su técnica y su presentación. Se asienta sobre una base que aúna lo documental con el inventivo, de modo discrecional, pero sin perder de vista la fuerza evocadora del pensamiento que la inspira. En sus trabajos más recientes, la representación gira en torno de viejas fotografías o tarjetas postales a las que envuelve y aclimata en un entorno cuyo eje tiende a revivir, con arena y todo, los tiempos del pretérito vinculados con el mar. Una cobertura transparente protege y complementa esas evocaciones de un paisaje humanizado por la presencia de quienes lo poblaron.

Zar fue reconocida en el país y en el extranjero con distinciones mayores. Entre sus premios locales se destacan los que obtuvo en el Salón Anual de la Sociedad Hebraica Argentina (1973); la Bienal Guillermo Facio Hebequer (1975), los salones nacionales de Buenos Aires (1986) y de Rosario (1987), el Municipal Manuel Belgrano (1994) y el "único" de monocopia del Salón Nacional (1995).

(En la sala 6 del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930. Hasta el 30 de este mes).

Muertes y desapariciones

En otra sala del mismo lugar expone Marcelo Brodsky, fotógrafo notable que dedica su acción al movimiento de los derechos humanos. Fotografías y objetos (entre los que hay restos de la Amia) transmiten con claridad sus ideas, dirigidas persistentemente a una finalidad de connotaciones políticas.

La profesionalidad gráfica se junta con testimonios de su bronca y su dolor ante la desaparición y la muerte de un hermano y de otros allegados, en distinto grado, que sufrieron los apremios y las consecuencias más duras de la dictadura militar. Hay también escenas imaginarias que dramatizan los hechos extremos de modo contundente.

Bien montada, la exposición destaca hechos que conmueven al espectador con circunstancias conocidas en lo general, pero que se vinculan frecuentemente con casos particulares cuyo conocimiento puntualiza los hechos. La argumentación está a la vista, aunque su carácter documental es influido por la presentación, que destaca los aspectos emocionales. No son, sin embargo, circunstancias puramente subjetivas las que revela. La selección de los sucesos, las personas y los objetos, tanto como las intervenciones fotográficas, ponen de relieve la sensibilidad y la inteligencia de quien con distintos elementos organiza una especie de instalación inductora. Recuperar y mantener viva la memoria es el fin de esa mirada tristemente retrospectiva, que refuerza el poder de la imagen con otros elementos. El propósito ideológico está explícitamente manifestado en numerosas declaraciones del autor. Este agrega a los hechos un superávit que enriquece artísticamente su poder de impresionar con una realidad devastadora. Son fuertes las imágenes. Los son también la imaginación y la inteligencia puestas en Nexo, un ensayo fotográfico con textos de diferentes autores que sirve de catálogo. Allí se recopilan referencias que juntan la memoria, el arte y la ideología. (Hasta hoy, inclusive.)

Pintura abstracta

Una trama de formas ortogonales preside las composiciones de la pintora y fotógrafa Laura Murlender (1957), que desde 1982 alterna sus presentaciones en Buenos Aires con las de diferentes lugares del mundo. Jerusalén, Tel Aviv, París, México, Chicago y Montevideo vieron reiteradamente sus obras.

Su obra hereda del constructivismo una normativa formal que se sistematiza a medio camino entre lo sensible y lo racional. Se acerca a esa corriente mediante composiciones de franca disposición ortogonal. Pero plantea esa aproximación con una materia empastada y enriquecida por repintes que la distribuyen variadamente. La gruesa aplicación del color determina la aparición de texturas que el collage contribuye a exaltar mediante el pegado de plantillas que les dan cuerpo. La áspera apariencia de las formas se contrapone a la regularidad de sus límites geométricos. En el fondo, es un sistema mixto; la contención y la informalidad comparten la distribución de la materia.

(En Principium, Esmeralda 1357. Hasta el 15 del actual.)

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