Orfandad inaudita

Pedro B. Rey
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15 de junio de 2012  

Los países pequeños parecen proclives a la rareza literaria, como si de alguna manera el espacio reducido abonara la originalidad. Joyce -que tuvo que apartarse de una Irlanda que juzgaba irrespirable- creó la prosa del Finnegans Wake para dinamitar desde el interior la impuesta lengua inglesa. Algunos escritores uruguayos, por su parte, parecen haberse dedicado a contaminar, beneficiosamente y para siempre, el imaginario rioplatense, latinoamericano y, ojalá, universal.

Armonía Somers (1914-1994) es un ejemplo decisivo. Se la puede considerar el lado menos frecuentado del hipotético triángulo escaleno que formaría con Felisberto Hernández y Marosa di Giorgio. Como en Felisberto, hay en sus narraciones una deriva imprevisible, una preciosa informidad; como en Marosa, cierta vocación por el tabú y las metáforas inauditas.

Publicó relatos -El Cuenco de Plata editó en 2009 una antología personal de cuentos: La rebelión de la flor -, algunos de los cuales fueron mal recibidos en su momento por su osadía, y un puñado de novelas, entre las que ocupa un lugar clave la última: Sólo los elefantes encuentran mandrágora (1986). Un retrato para Dickens es de 1969 y en ella se produce una curiosa combustión: es una historia de orfandad, como delata ya el apellido del escritor inglés, pero su protagonista femenina, la intromisión episódica de una rara parábola de corte bíblico o de recetas culinarias, y la prosa de Armonía (trabajó como maestra, pero no hay el menor recato colegial en sus temas y fraseo) hacen de esta picaresca negra algo mucho más precioso que el cumplimiento de una deuda o un homenaje.

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