Para algunos escritores, la realidad del país tiene el estilo de un folletín

Federico Andahazi, Juan Forn y Dalmiro Sáenz, entre otros, analizaron la crisis
Juana Libedinsky
(0)
21 de diciembre de 2001  

Ni uno. Como era previsible por el estallido de la crisis, ni un lector acudió a la cita organizada anteayer por la Secretaría de Cultura de la Nación y la Cámara Argentina del Libro, como lanzamiento de su hiperpromocionado programa "Vamos a leer". Ni siquiera sabiendo que, con cada libro comprado, se entregaba uno de regalo, como repetía el aviso de la TV.

Pero en la librería Clásica y Moderna, los que sí concurrieron fueron los escritores. Federico Andahazi, Juan Forn, Dalmiro Sáenz, Leopoldo Brizuela, Miguel Vitagliano y Carlos Gamerro llegaron a las cinco de la tarde en punto, dispuestos a acatar el programa que los llevaba a actuar de libreros, firmar ejemplares, recomendar favoritos y tomar un contacto fluido con el público.

"Escribir es un trabajo muy solitario, y es importante recibir el comentario de los lectores. Si es que llegan", sintetizó Brizuela.

Sin embargo, pasaban los minutos y la librería seguía vacía. Y la charla informal a la espera de alguna "presa" derivó en un debate sobre la situación del país desde el punto de vista de las letras, aunque la presencia de cronistas y cámaras de televisión evidentemente los incomodaba.

"El problema es si después se arma un montaje de imágenes del país viniéndose abajo con otras intercaladas de escritores charlando apaciblemente en una librería. Porque es completamente falso. No estamos en una torre de cristal", señaló Gamerro.

"Tuve que abandonar la novela que estoy escribiendo cinco o seis veces para dedicarme a dar más clases, hacer más traducciones... Es una economía de subsistencia. Y en mí, la literatura retrocedió", agregó.

Libros o alpargatas

Todos coincidieron en que son malos momentos para ser escritor en la Argentina. Que cuando la crisis es tan aguda, puede parecer que el arte es superfluo. "La eterna cuestión de alpargatas sí, libros no ", resumieron.

Andahazi recordó cuando fue a presentar un libro a Croacia, a poco de la guerra de los Balcanes. "El bombardeo caló tanto en el espíritu de la gente que fue más voraz que la destrucción material de las balas. Lo que estamos viendo en los argentinos es algo parecido", explicó.

Aunque muchos no pudieron evitar el humor negro. "Si alguien viene a saquear libros, yo le diría no te lleves uno de Isabel Allende , llevate uno mío", señaló Juan Forn, angustiado por el recorte de la Legislatura porteña a los premios municipales.

"Hay escritores, artistas plásticos y dramaturgos muy mayores que viven de ellos. Como siempre pasa, es sólo cuestión de tiempo para que esto se traslade a la esfera nacional", agregó.

Siguió un intenso debate sobre cuál es el mejor libro para pasar un momento de crisis social. Las opiniones estaban divididas, pero a la cabeza fue el filósofo posmoderno Félix Guattari (autor, con Gilles Deleuze, de "Capitalismo y esquizofrenia").

Leopoldo Brizuela sugirió que cada uno debería leer lo que más le gusta "porque sólo el placer de las pequeñas cosas pueden evitar que uno enloquezca", dijo. Y eligió a Moby Dick.

"Sí, pero en tapa dura, para tirárselo por la cabeza a Cavallo", agregó Gamerro. "Yo le tiraría la ballena blanca entera", se enojó Forn.

Con forma de folletín

¿Qué va a pasar? Todos estuvieron de acuerdo en que la actualidad argentina tiene estructura de folletín. "No se puede prever nada, hay que ir viendo capítulo por capítulo. Ojalá algún día se pueda armar la historia completa", fue la explicación.

Aunque Vitagliano fue el más escéptico: "Entiendo a la gente que protesta, a la gente que saquea. Pero no puedo evitar pensar que a río revuelto, ganancia de pescadores . Y todos sabemos que, no importa cómo lo disfracen, en la Argentina siempre los pescadores son los mismos. Y siempre son los mismos los pescados", dijo.

Cuando la tarde caía, las únicas que desafiaron la calle rumbo a los libros fueron las hermanas Yanina e Ingrid Gueimunde. Curiosamente, para conseguir su copia de "Yo te odio, político", el último texto de Dalmiro Sáenz, que les firmó un ejemplar y las dejó con un curioso consuelo.

"Piensen que los pueblos felices no tienen arte. El arte tiene que ser subversivo, rebelarse contra algo. Y en la Argentina eso evidentemente sobra", concluyó.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.