Parábolas perplejas

Walter Cassara
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26 de diciembre de 2009  

Unas polillas

Por Pedro Lipcovich

El cuenco de plata

144 Páginas

$ 39

Levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad: de estas cinco propiedades que Italo Calvino reivindicó para la literatura en sus Seis propuestas para el próximo milenio , la exactitud y la multiplicidad se encuentran ampliamente representadas en los cuentos de Unas polillas , de Pedro Lipcovich. Las otras tres, aquellas que de algún modo conforman lo que se podría llamar el campo sensorial-afectivo del lenguaje, son más difíciles de encontrar, ya que el autor escribe en un registro llano e impersonal, con una marcada predilección por las formas alegóricas del relato y con un vocabulario deliberadamente gris y contenido, que evidencia una fuerte impronta kafkiana.

En efecto, tal y como lo hiciera el gran maestro checo, Lipcovich explota al máximo la indefinición de un lenguaje notarial o abstracto, cuya generalidad induce a un clima enrarecido y angustioso, al tiempo que dispara una infinita espiral de significaciones metafóricas. Así, en los cinco cuentos reunidos en el volumen predominan palabras secas y casi exentas de connotaciones subjetivas como "castigo", "esclavo" o "gobernación"; de un modo análogo, abundan las escaleras que son "estrechas", los corredores que son "oscuros" o están "flanqueados de puertas", y también las oraciones monocordes, de una acromaticidad perfecta, como por ejemplo ésta: "Entro en una taberna para pedir aguardiente".

En el fondo, cada cuento de Unas polillas no deja mucho más que un montón de incógnitas, una estela de mensajes vagos o de cáscaras vacías que conducen al lector hacia un abismo; cada uno es, de alguna manera, un encofrado rígido y hueco, acaso sólo habitado por larvas y gusanos, y lo que en verdad aquí se narra no es sino esa compacta e infinita grisura del lenguaje, como ocurre en "redaliz", el primer texto de la colección, donde el oficio de una pareja de gemelos escribas -que en realidad podrían pensarse como un solo narrador desdoblado- consiste en inventar palabras que luego serán acuñadas por un oscuro y tiránico "reino español". O como ocurre en "Relato del lirio", donde un cortesano recibe un nebuloso encargo en el que se le ordena salir en busca de "un lirio azul para la princesa", sólo que éste no es más que el primero de una larga serie de mandatos que luego se transforman en intrincadas situaciones que lindan con el malentendido, el humor negro y la pesadilla.

De este modo, al no estar sujetas a contornos definidos ni a rasgos particulares, al aventurarse en el reino de lo amorfo y de las leyes no escritas, las historias tienden a proliferar como formas parasitarias que se adhieren a una trama en apariencia muy simple, pero cuyo sentido más profundo siempre permanece inaccesible, se va duplicando y bifurcando constantemente hasta esfumarse, como toda parábola, en lo improbable y en la perplejidad.

© LA NACION

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