Paradojas del ser nacional

REQUIEM POR UN PAIS PERDIDO Por Tomás Eloy Martínez-(Aguilar)-448 páginas-($ 28)
Hugo Caligaris
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25 de mayo de 2003  

Quienes escriben dejan rastros que se pueden seguir en el tiempo. Si lo hacen sobre la realidad política de cada día, quedan expuestos a la doble prueba de la lucidez y la coherencia. No siempre la interpretación de lo que está sucediendo ahora mismo es, como se llega a ver más adelante, la correcta. No siempre el intérprete es fiel a su propia partitura: a veces deja que se diluya o distorsione según la fuerza del viento o la dirección que van tomando los acontecimientos.

Los ensayos y artículos periodísticos de Tomás Eloy Martínez reunidos en Réquiem por un país perdido fueron escritos de 1984 a 2003 y la mención de fecha al pie de cada uno de ellos documenta no pocas percepciones felices sobre el estado hacia el que se encaminó la Argentina, sobre todo en los primeros años de la década del 90.

"Gracias al presidente Carlos Menem, los teóricos se han dado cuenta de que Perón nunca quiso decir lo que dijo, sino todo lo contrario", escribía en 1991. "Una parte ínfima de la Argentina vive de fiesta. Por extraño que parezca, a los espectadores de esa fiesta no se les nota el menor resentimiento. Toleran cualquier precio, hasta el del abuso, con tal de que el peso se mantenga estable y la democracia siga a flote", en 1993, y "La Argentina entera se ha convertido en un suburbio de Anillaco", en 1994.

La prueba de admirable percepción -ejercida a la distancia, ya que Martínez sufre la historia nacional desde los Estados Unidos y sólo nos visita de tanto en tanto- se completa con un trabajo fechado en 2000, cuando vaticinaba con acierto que una eventual fractura de la alianza entre radicales y frepasistas empujaría al ex presidente De la Rúa a asociarse con personajes notables de la era de Menem, cosa que finalmente ocurrió con la designación de Cavallo en el Ministerio de Economía.

Pero aun los capítulos cuyas tesis resultarían desestimadas por el futuro se mantienen vigentes por su honestidad intelectual. En su prólogo, el autor anuncia que prefirió no retocar una línea: "Nada ha sido cambiado, ni siquiera en el caso en que ciertas profecías se cumplen al revés". De un modo u otro, aun estos yerros develaban temores legítimos, por ejemplo el de un sangriento brote de xenofobia contra peruanos y bolivianos cuando se desencadenara la gran crisis. Como sabemos hoy, la ira popular no transcurrió, afortunadamente, por esos cauces en el fogoso verano de fin de 2001 y comienzos de 2002.

Por cierto, Réquiem... no se reduce a horóscopos políticos, y ofrece un panorama argentino más extendido que el de los años en que se fue haciendo el libro.

Algunos de los textos de esta selección ya habían sido incluidos en lo que Martínez define como "primera versión" de la obra que se presenta ahora, El sueño argentino , de 1998. Los artículos que quedaron y los que se añadieron fueron objetos de una afinada edición, realizada por Gabriela Esquivada, que los agrupa por orden de afinidades y no por orden cronológico, en capítulos en los que son temas dominantes las paradojas del ser nacional, la identidad casi siempre esquiva, la dinastía justicialista que va de Perón a Menem, el mito y la obsesión por Evita y el odio y la violencia de los años 70.

La prosa tersa y clara de Martínez hace que este viaje por los horrores de nuestros pasados muchas veces truncos sea sin embargo muy placentero, no exento de un vuelo del que suelen carecer los libros periodísticos definidos como urgentes tanto por su materia como por su confección apresurada.

Aquí hay, además de apreciación, historia y anécdotas estremecedoras, como las del propio autor conscripto de 1955 cuando desobedeció, con el resto de su pelotón, la orden de disparar sobre manifestantes peronistas impartida por un capitán que prefirió disimular el desacato.

Como en la mayor parte de las obras de Tomás Eloy Martínez, el peronismo está ubicado en el papel central. Pocos autores han alcanzado una visión tan rica y plena de matices que van desde la fascinación hasta el espanto. Tan nítidamente se ve a Perón de cuerpo entero en el artículo "El general en Nuremberg" y a Eva Perón en "Lo que no se perdona" que la discusión nunca terminada sobre el fenómeno político argentino del siglo XX se reavivará con nuevos planos en la imaginación de cada lector.

En el libro, lo más palpitante y cercano son esas figuras ya muertas hace tiempo, a las que Martínez tuvo en muchos casos la oportunidad de tratar. Otros personajes más próximos están inevitablemente vistos desde lejos, con el beneficio que da al observador plantarse a considerable distancia del bullicio y con el perjuicio también inevitable de tener que dejar a un lado los detalles.

También al éxodo y al exilio del autor, sobre los que tanto se indaga en Réquiem por un país perdido, podría adjudicarse la necesidad de buscar definiciones sobre el ser argentino. ¿Cómo somos, cuáles son nuestras particularidades, por qué actuamos así y no de otra manera? Tal vez la lejanía refuerce esa curiosidad que suele torturarnos tanto sin ofrecer en cambio muy fuerte recompensa.

Martínez encuentra en sus exploraciones sociológicas pepitas que tal vez sean de oro y tal vez no lo sean, como la idea de que los argentinos podríamos ser definidos por "nuestra inclinación a la uniformidad, al temor de salirnos de cauce". Tal vez el hecho de no estar de acuerdo con tal hipótesis contribuya en cierta medida a desmentirla, pero aunque fuera exacta no nos descubriría la salida para el réquiem eterno al que se alude en el título.

Ayuda más para cambiar de letanía la frase con que termina el artículo "Una lectura de las ruinas": "La Argentina está vacía de casi todo, reservas, recursos, valores. La única ventaja de la pobreza es que cuando se empieza de cero siempre se puede empezar mejor".

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