Participar no es imponer

Por Graciela Frigerio Para LA NACION
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29 de mayo de 2007  

El debate público debería ser siempre ocasión de festejo. El deseo de participación, motivo de alegría. Sin embargo, los términos de ciertos debates, la rudeza de algunos intercambios, los modos en que la participación se confunde con criterio de verdad y estilos prepotentes, ponen en duda los sentidos de las palabras y nos entristecen.

Hace ya tiempo que las instituciones universitarias públicas conocen el desgaste de prácticas que las erosionan: clientelismo, eficientismo, el fetichismo gestionario, el pragmatismo de la razón instrumental producen tanto daño como su contracara. Frente a la cerrazón de degradadas concepciones politiqueras, estilos no dispuestos a la conversación no constituyen una alternativa.

La democracia, sistema de regulación de los intereses de todos, que no debería dejar a nadie sin parte , no consiste en que el universo común responda textualmente a los deseos de unos sujetos, sino en volver posible que los derechos de todos se ejerzan. Esto requiere respeto, para que haya diálogo y no chantaje.

La búsqueda de normas y regulaciones más justas necesita del marco de una escucha que no exige, sin más, la adhesión a lo escuchado. Hay mucho pendiente: una distribución posible en tiempos de supuesta prosperidad económica; una recuperación de lo polifónico, distinta a la afonía propia de discursos únicos.

¿Que ocurrió? Una apelación simplista a lo consensual, teorías y discursos demagógicos, críticas extremas a las instituciones políticas, no pocos mutantes ideológicos, narcisismos aposentados en los espacios otrora comunes, retóricas política y pedagógicamente correctas, tener que votar sin poder elegir, han contribuido a banalizar lo sustantivo y a que lo político se considere un juego de cálculo y no una actividad noble. Así se ha desdibujado que expresarse y participar no es imponer.

Vivir con otros, constituir lo común, es despegarse de mezquindades, preocuparse por lo de todos, admitir el disenso, aceptar que opiniones distintas sostengan proyectos diferentes y, una y otra vez, perseverar en no hacer el juego a los que piensan que hay un solo modo, una supuesta verdad a imponer a la fuerza.

La autora de la nota es doctora en Educación y presidenta del Centro de Estudios Multidisciplinarios (CEM)

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