Pasar la prueba del tiempo

Esther Cross
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27 de octubre de 2014  

No veo renovación de figuras como las de Borges, Bioy Casares o Cortázar; tampoco me parece que se lea con expectativas de que surjan, a diferencia de antes, cuando se esperaba la aparición de un grande.

Para empezar, tendríamos que ver qué comparten esos tres escritores, qué cualidad se les atribuye para que ocupen el lugar que ocupan. Pese a las grandes diferencias, los tres cambiaron la forma de escribir -la forma de leer, entonces-, y lo que se señala, al reconocerlos, es ese cambio. Marcan un antes y un después porque rompieron el molde. Pero también son innegables los cambios sísmicos que implicaron Arlt, Puig y Pizarnik, por nombrar sólo algunos, reconocidos aunque en otra escala. La literatura sería distinta sin ellos, para mal. Cada uno supone una gran noticia, un cambio. Cualquier lector que se deje llevar por las sinapsis que hacen los libros entre sí llega enseguida a ellos, por suerte.

Hoy se publican más libros que nunca y en la profusión hay libros excelentes, escritores con una visión propia, como si el mundo literario se extendiera, la literatura fuera menos jerárquica y el lector estuviera en medio de una red en expansión en vez de recorrer una escala con figuras más o menos altas. Esos libros vienen de varias generaciones posteriores a Borges y Cortázar. En esa red de libros no se extraña la aparición de una gran figura en especial, como si la gran figura fuera esa diversidad de escrituras. Si tuviéramos que recomendarle algo de la literatura actual a alguien, ¿daríamos dos o tres nombres o nos encontraríamos nombrando muchos libros? Me inclino por la segunda opción.

La respuesta está quizás en leer hacia los costados, más allá de la historia, en el presente continuado de los libros, hacia los márgenes que encuadran las grandes figuras, que son, por cierto, indiscutibles.

La autora es argentina y escribió La mujer que escribió Frankenstein

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