Patrick Modiano: el escritor del olvido y la memoria

El autor francés, galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2014, es un original explorador de su pasado familiar y de los oscuros tiempos del colaboracionismo y la ocupación alemana. Sus novelas son dramas de la identidad, nimbados por las brumas de la ausencia y el recuerdo
Pedro B. Rey
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17 de octubre de 2014  

Nunca quedará claro si a la obra de un escritor prolífico conviene mirarla desde abajo o desde arriba. Dicho de otro modo: si es más esclarecedor leerla desde sus inicios para remontar la cuesta hasta sus últimos libros y descubrir cómo se fue perfilando o, por el contrario, leerla desde el final para descender la corriente y llegar a la revelación de los orígenes. El caso de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) no propone una solución a ese dilema. Las obsesiones de sus libros son tan reiteradas que, parecería, podría evitarse cualquier orden y comenzar in medias res. Sin embargo, aunque se lo puede pensar autor de una sola obra sometida al arte del contrapunto, sus libros del principio y los del final están lejos de ser idénticos.

"Miraba el planito de París –se lee en El horizonte, una de sus novelas más recientes– que venía en las dos últimas hojas de las Molesquine. Siempre se había imaginado que podría encontrar, en lo hondo de algunos barrios, a las personas que había conocido en la juventud, con la edad y el aspecto de antes. Llevaban en ellos una vida paralela, resguardados del tiempo…" Modiano, como Bosman, el protagonista de esa narración, es un topógrafo de la memoria, un flâneur que radariza su ciudad buscando en el presente signos del pasado, que se deja llevar por los hechos cotidianos de la vida, sin diferenciarse de sus semejantes y se va confundiendo –para parafrasear al propio autor– con una niebla, una corriente monótona, el curso de los acontecimientos.

Si es cierto –y no otra mixtificación de Modiano– que la Academia Nobel no pudo dar con él para anunciarle el premio porque se encontraba en la calle, ésa fue, entonces, una instancia de justicia poética. Es posible que no lo esperara. Hace pocos años (en 2008) había sido señalado otro francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio, un compañero de generación, y si se daba el raro azar de que se recompensara a un compañero de lengua, una opción más original hubiera sido Yves Bonnefoy, uno de los mayores poetas del último medio siglo.

Al dar sus razones, el comité sueco también parece haber deslizado un malentendido. Modiano no es un retratista tradicional de la época europea más oscura. El pasado de la ocupación y la posguerra es, sobre todo, una suerte de agujero negro que, imposible de traer al presente, se convierte en sus libros en una maqueta fantasmagórica. Tampoco es un heredero evidente de Proust. No le interesan los mecanismos de la memoria, sino la simple ensoñación, y no tanto recobrar el pasado por la literatura como que el presente de la literatura se vea infiltrado por ese pasado hasta volverlo nebuloso, incierto como él.

Un buen puerto de entrada a su copiosa narrativa es el comparativamente tardío Un pedigrí (2005). En él vuelve por última vez a la historia familiar, que había aparecido con frecuencia en otros libros, de manera directa o en filigrana. Sus dotes de fabulador doble están ahí: por un lado, la confianza en el modo despojado de narrar; por otro, en la manera en que lo biográfico y su distorsión se dan la mano: la autoficción. Ahí está el padre, un judío francés de vago apellido italiano dedicado durante la posguerra al mercado negro ("Escribo judío sin saber qué sentido tenía en realidad esa apelación para mi padre", anota Modiano, que supo tarde de ese origen, en su juventud) y la madre, una actriz belga. Ahí aparece nombrado –apenas en un párrafo– el hermano Rudy, fallecido a los diez años, pérdida que es para el autor un punto central de su melancolía. También la seguidilla de internados. Y , hacia el final, el descubrimiento de los misterios de París, el encuentro con Raymond Queneau, el mundo de la escritura.

El gesto tradicional de comenzar por el primero de sus libros, Place de l’Étoile (1968), puede ser, en cambio, desconcertante. Con su doble referencia (la plaza en que se encuentra el Arco del Triunfo en París y el distintivo obligado que los judíos debían llevar durante la ocupación), sigue siendo la más extraña y radical de sus novelas. El colaboracionismo francés era todavía tabú y la novela hace de él un negativo. El protagonista, Raphaël Schlemilovitch, que se declara judío antisemita, deambula entre aristócratas y ex petenistas, en una seguidilla delirante en que se entrecruzan distintos planos narrativos. El juego irónico de invertir los valores alcanza su punto más sarcástico cuando señala a los escritores colaboracionistas (Drieu La Rochelle, Rebatet, Brasillach) como judíos y a Céline como "el más judío de todos los escritores".

Con Calle de las Tiendas Oscuras (1978), que ganó el Goncourt y probablemente sea su mejor novela, Modiano se configura de otra manera. En ella, un hombre que perdió la memoria se dispone a investigar su pasado. Se lanza entonces a una pesquisa con ramificaciones en París, Bora Bora, Nueva York, incluso Chile y alguna conexión argentina, y, claro está, Vichy. Es un drama detectivesco de la identidad, contado con una prosa económica que revela las fuentes de ese estilo que en libros más recientes pasa por anodino. La atmósfera fría, clara y turbia al mismo tiempo, recuerda a Georges Simenon, al comisario Maigret, pero sobre todo a las novelas "negras" de autor, aquellas que, contra lo que indica el adjetivo, no eran policiales. También se coloca en la senda de la célebre "escritura blanca" de El extranjero. El uso que hacía Camus del tiempo verbal pasado en aquel libro, cercano a la lengua hablada, es un rasgo de estilo que Modiano se apropiará para llevarlo, más adelante, a un bisbiseo casi conversacional.

La edición de los libros de Modiano en español ha sido errática. Un libro clave como Dora Bruder (1997), donde rastrea desde el presente el destino de una muchacha judía a comienzos de la guerra, resulta inhallable (ahora la reeditará Seix Barral). La editorial argentina El Cuenco de Plata tradujo en un volumen dos narraciones: Primavera de perros y Flores de ruina y Anagrama, recién a partir de Un pedigrí, empezó a seguir cronológicamente el orden de su última producción.

Son novelas breves en que el ensueño se vuelve repetición. Quizás el más atractivo de esos libros, donde siempre parece haber una misteriosa mujer en el centro, sea En el café de la juventud perdida. No es difícil entrever entre los habitués del bar Condé –gracias en gran medida al epígrafe de Guy Debord– a algunos miembros del situacionismo, aquel grupo de vanguardia que influiría secretamente en Mayo del 68 y que, con sus teorías sobre la psicogeografía de las ciudades, proponía, desde otra óptica, algo similar a la lectura que hace Modiano del paisaje urbano, de esas "zonas neutras" donde abundan los hoteles de segunda, "tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso".

Modiano –que a pesar del periódico goteo de libros en una editorial prestigiosa como Gallimard prefiere moverse como un outsider sin capilla en el sistema literario francés– ha hecho, con el tiempo, de esa narración en sordina la clave de su obra. Pocos escritores merecen ser leídos, como él, de manera acumulativa, de a dos o tres libros. Así, al final, quedará rondando el oído su inconfundible tono menor, la "musiquilla –para decirlo con Enrique Lihn– de las pobres esferas".

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