Peligrosa humanidad

Según Giorgio Agamben, en el mundo occidental, las situaciones de excepción en las que se despoja de sus derechos a los ciudadanos son hoy una regla y favorecen el surgimiento de campos de concentración como las prisiones especiales de Bush
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25 de septiembre de 2005  

Por edad, por similitud de intereses, hasta por actitud intelectual, se puede decir que existe una nueva generación de filósofos en Europa continental, en esa Europa que durante el siglo XX transitó por la fenomenología y el existencialismo primero, y luego por aquello que se dio en llamar, a falta de un nombre mejor, la "posmodernidad". Giorgio Agamben, nacido en 1942 en Roma, pertenece a esta generación, que incluye en Italia a Paolo Virno y Roberto Esposito; en Francia a Jean-Luc Nancy; en Alemania a Peter Sloterdijk; en España a Miguel Morey y José Luis Pardo. Los italianos se destacan por la orientación específicamente política de su filosofía; dentro de ellos, Agamben es quien presenta las tesis más provocativas.

El control de almas y cuerpos

¿Qué es la política para Agamben? Quizás habría que comenzar por referirse al gesto original de Karl Marx en el siglo XIX, que quebró el sentido común de la teoría política (la idea de que hay un contrato social) para decir de manera fuerte y clara que las libertades civiles y la soberanía del pueblo vinieron acompañadas de la libertad para vender la propia fuerza de trabajo y de la potestad del capitalista para comprar esa fuerza. Mientras que se consagran los derechos modernos en los papeles, se inventa un tipo de poder que los niega en la vida cotidiana. En el siglo XX, fue, entre otros, el francés Michel Foucault quien recuperó con un fondo teórico diferente ese gesto de Marx. Foucault sostuvo que la energía social liberada cuando se derrotó a la monarquía como sistema predominante de gobierno fue canalizada en el control de las almas por medio de la vigilancia y el control de los cuerpos ejercida a través de la disciplina. Cuando el Estado moderno alcanzó su forma más acabada, la vigilancia y la disciplina fueron reforzadas por un control político de la vida de los individuos, lo que Foucault llamaría biopolítica. Como no alcanzó a completar su teoría al respecto, quedaron varias aristas pasibles de una continuación. La filosofía política italiana intenta continuar esos caminos. En uno de ellos se ubica Agamben con la serie de Homo sacer, constituida por el primer tomo, El poder soberano y la nuda vida (1995), el tercero, Lo que queda de Auschwitz (1998), y la primera parte del segundo tomo, Estado de excepción (2004).

Para Agamben, siguiendo a Foucault, la política es biopolítica. La discusión política no se corresponde con el par tradicional izquierda-derecha, pues como decía Foucault, en el siglo XIX la eugenesia, el intento de "mejorar la especie humana", era compartida por capitalistas y socialistas, y lo mismo puede decirse de los regímenes supuestamente conservadores y supuestamente revolucionarios en el siglo XX. Lo que se rompe con esa visión ya no es el sentido común de la teoría política, sino el sentido común de la política a secas. Agamben elabora su teoría a partir de la experiencia política más atroz derivada de la eugenesia, que es el nazismo.

El experimento hitleriano

El nazismo y su experimento decisivo, el campo de concentración, aparecen bajo la explicación del propio jurista nazi Carl Schmitt. Al desmontar la terrible teoría schmitteana, Agamben observa que la relación entre un poder soberano, que se excluye del orden jurídico, y sus subordinados, que son despojados de sus derechos para que aquél disponga de sus vidas bajo la lógica de la excepción, es un episodio que no se limita al nazismo, ni siquiera a la modernidad: esa situación está desde siempre, y a pesar de las múltiples teorías de la democracia y los derechos humanos, en el fundamento del poder político. Agamben rompe así, haciendo intervenir en su propio recorrido conceptual el pensamiento de Hannah Arendt, el vínculo exclusivo de la biopolítica con la modernidad.

Para Agamben, sin embargo, hay algo específicamente moderno: el hecho de que el soberano fuera del orden jurídico y el subordinado despojado de sus derechos se hayan transformado en regla, en la explicitación permanente del fundamento de la política. La excepción se ha transformado en un estado: el "estado de excepción". La excepción convertida en regla genera el campo de concentración. De este modo, la política occidental crea un nuevo tipo de vida, y así se inicia un nuevo modo de la biopolítica. Agamben la llama nuda vida, el espacio en el cual se reúnen lo que desde Aristóteles permanecía separado: la vida biológica de los individuos, zoe, y su vida política, bios. El campo de concentración crea nuda vida, algo que no es ni vida ni muerte, una vida que ya no es la vida del resto de los mortales pero que todavía no es muerte, y que de hecho terminar con ella, matar, no es exactamente dar muerte. Para Agamben, esta nuda vida es la verdadera condición terrible de la política moderna.

En este sentido, es fundamental reparar en la operación teórica que permite transformar el hecho histórico del campo de concentración en un concepto, porque a partir de allí se verán en la política actual ejemplos numerosos de campos de concentración: las prisiones de Bush, los aeropuertos, los campos de refugiados palestinos, los centros de detención para los inmigrantes ilegales, o todo lo que hemos conocido en nuestro país en los años de la última dictadura. Todos estos casos, aparentemente disímiles, presentan un espacio donde los sujetos están despojados de sus derechos por parte de un poder soberano, que tiene decisión absoluta sobre las vidas, ya sea por razones consideradas atendibles -la seguridad, por ejemplo- o injustas. En nombre del bien común, en contra de males universales -como el terrorismo-, se repite la situación que describían Marx y Foucault, pero con un matiz escandaloso: ya no se trata de que los derechos establecidos no se cumplan en los hechos, sino de que el poder despoja explícitamente a los sujetos de esos derechos. No queda nada por denunciar, ninguna verdad que develar, porque la biopolítica se ha hecho completamente explícita.

Y sin embargo Agamben denuncia. Lo que denuncia es este carácter explícito. Hace dos años, el filósofo italiano rechazó la invitación a dar clases en la Universidad de Nueva York para manifestar su oposición a las disposiciones del gobierno de George Bush en materia inmigratoria. En una carta publicada en el diario francés Le Monde y reproducida en la revista Otra Parte, Agamben explicó su decisión: "Desde hace unos años se intenta convencernos de que aceptemos como dimensiones humanas y normales de nuestra existencia prácticas de control que siempre se habían considerado excepcionales y auténticamente inhumanas [...] Los Estados, que deberían constituir el lugar mismo de la vida política, han hecho del ciudadano, o más bien del ser humano como tal, el sospechoso por excelencia, al punto de haber transformado en clase peligrosa a la humanidad misma".

¿La superación de la ética?

En Lo que queda de Auschwitz, Agamben analiza precisamente el reverso ético de la lógica biopolítica moderna a través de los testimonios de aquellos que sobrevivieron al modelo ideal de esta lógica, el campo de concentración. Aquellos que pueden ser testigos de los límites franqueados entre la vida y la muerte y entre lo humano y lo inhumano, son quienes están en condiciones de aportar qué puede ser el hombre y cuál puede ser la ética que corresponde a un tiempo en el que estas preguntas aparentemente abstractas, supuestamente confinadas a la filosofía, son respondidas de modo bien concreto en la política contemporánea, una política que es la continuación, y no la salida, del experimento biopolítico nazi. Entonces, como dice Esposito, toda filosofía debe transformarse en filosofía política.

Las respuestas provisorias que presentan tanto Agamben como el resto de esta nueva generación de filósofos son extremadamente controvertidas para el modo de pensar de la filosofía occidental; por ello se los suele acusar, ya no de "posmodernos", sino de "poshumanistas". Lo que entienden por ética no es una norma para la acción porque la acción política del siglo XX superó toda norma, y no es en su terreno donde se podrá redefinir lo humano, si es que necesita redefinición. En palabras del mismo Agamben en La comunidad que viene (1990): "El hecho del que debe partir todo discurso sobre la ética es que el hombre no es, ni ha de ser o realizar ninguna esencia, ninguna vocación histórica o espiritual, ningún destino biológico. Sólo por esto puede existir algo así como una ética: pues está claro que si el hombre fuese o tuviese que ser esta o aquella sustancia, este o aquel destino, no existiría experiencia ética posible, y sólo habría tareas que realizar".

Libros

El hombre sin contenido, 1970

Infancia e historia, 1978

Estancias, 1979

El lenguaje y la muerte, 1982

La comunidad que viene, 1990

Homo sacer I. El poder soberano y la nuda vida, 1995

Medios sin fin, 1996

Homo sacer III. Lo que queda de Auschwitz, 1998

Estado de excepción, 2004

Lo abierto, 2004

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