Perdidos en el espacio

Héctor Soto
(0)
17 de febrero de 2012  

La crítica de cine lleva largas décadas poniéndose a sí misma en entredicho y preguntándose por su naturaleza y sus funciones. Tal vez estos emplazamientos son los que hasta ahora la han salvado de la estupidez y la irrelevancia. Pero la suerte no está comprada. Ahora menos que nunca. Corren tiempos difíciles para la crítica en los medios masivos. La prensa le quitó espacio. La televisión –salvo excepciones– la fagocitó en las lógicas del espectáculo. La radio, al parecer, todavía la tolera en determinados contextos. Y quedan, claro, los medios digitales y blogs, donde el margen de acción es tan grande que raras veces logra articularse una conversación. A lo mejor no todo está perdido, pero ¿qué sentido tiene negar que los críticos nos sentimos perdidos y extraviados?

Si en los años 50 y 60, partiendo de André Bazin, la crítica francesa les habló sobre todo a los cineastas, y si en los años siguientes la crítica estadounidense le habló básicamente a su público (al del The New Yorker, en el caso de Pauline Kael, al del ?Village Voice, en el de Andrew Sarris), nadie sabe a quiénes les estamos hablando los críticos hoy. Le hablamos posiblemente a la nube gaseosa de la modernidad, ese espacio inconmensurable e incierto en el que el debate contemporáneo se cruza con la chatarra mediática, con lo que queda del análisis fílmico luego de haber sido olvidadas las películas, con los ecos remotos de la publicidad, con las emociones un tanto matonescas de las redes sociales y con los obstinados afectos de los críticos que siguen anclados a la teoría del cine de autor.

Puesto que es muy difícil hablar con las nubes y que es cosa de locos eso de andar hablando solo, el primer deber de un crítico es elegir a sus interlocutores. Como antes, pero más que antes, la crítica es ahora un pacto de lealtad y confianza, hecho de rigor y convicciones, de complicidades y buena fe. Lo importante es vencer la primera de las trampas de la modernidad: yo simulo estar convencido de lo que te digo y tú me escuchas como si me creyeras. Así, se supone, nos entretenemos. La cantidad de imposturas que circulan en este oficio –algunas generadas por la moda o el marketing, otras por el autoritarismo festivalero o el pensamiento políticamente correcto– induce a hacer creer que en este oficio todo vale. Pero no es cierto. Entiendan: no es lo mismo el talento que la astucia, por más que Michel Hazanavicius, el director de El artista, se esté beneficiando de la confusión; no es lo mismo el éxito que la calidad, por más que Peter Jackson jure lo contrario; no es intercambiable el carácter con la inspiración (¿en qué momento autores como Wenders, Ozon o Moretti se aferraron al primero y renunciaron a esta última?); y no es equiparable apuntarle por casualidad una vez, como lo ha hecho quizá Stephen Daldry, que tener tras sí, como Eastwood, por ejemplo, el respaldo de una trayectoria coherente, articulada y sostenida en el tiempo.

No es tarea de los críticos –es cierto– llevar público a las salas de cine, pero sí lo es salvar las películas que están en riesgo de ser pulverizadas por la industria del espectáculo, sí lo es jerarquizar, apoyar títulos que partieron en desventaja, analizar las obras y relacionarlas con la vida o el mundo, echar luz sobre el proceso de construcción artística, abrir puertas al cine que nadie debería perderse y, no en último lugar, apartar los diamantes verdaderos de la pedrería falsa. En más de un sentido, hacer crítica de cine hoy significa apostar por los perdedores, por los excluidos y los que murieron con dignidad en el intento. Es un oficio que se parece a lo que creía hacer el personaje de Richard Burton?en esa película incomprendida de Nicholas Ray que fue Amarga victoria (1957). El propio personaje lo reconocía: "Mato a los vivos y salvo a los muertos". Hablaba como militar. También, claro, lo podría haber dicho un crítico de cine.

El autor es un crítico chileno, editor asociado de Cultura en La Tercera

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.