Perlas de intimidad

LA SIESTA ASESINADA Por Philippe Delerm-(Tusquets)-Trad.: Javier-Albiñana-104 páginas-($ 19)
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26 de junio de 2002  

A doscientos años del nacimiento del cuento moderno, cuando ya las sorpresas parecían imposibles, Philippe Delerm (Auvers sur Oise, 1950) ofrece en La siesta asesinada un conjunto de narraciones brevísimas cuyo rasgo más evidente es la originalidad. Después de leerlo, parece riesgoso repetir el lugar común sobre Francia y su incapacidad para producir grandes cuentistas, regla confirmada por la ilustre excepción de Maupassant. Delerm nos obliga a sospechar que los escritores de tradición francesa se aprestan a hacer su entrada en la arena del cuento, munidos de las armas renovadoras que su literatura conquistó durante tan larga y prestigiosa estadía en los campos de la novela, la poesía y el ensayo.

¿En qué consiste esa originalidad? Si como decía Angela Carter la literatura es una "guía de la percepción", podríamos decir que los cuentos de Delerm, sobre la huella de Proust, nos obligan a prestar atención a ciertas experiencias verdaderamente mínimas de la vida cotidiana. Una lluvia sorpresiva que obliga a suspender el torneo de tenis y nos sumerge en el vacío del domingo en casa; esa inclinación leve de cabeza que hacemos al hablar por teléfono celular y que repite, sin que lo percibamos, el gesto con que pedíamos perdón en nuestra infancia; la melancólica visión de los restos del día en una bolsa de basura, en el mismo momento de cerrarla: tales son algunas de esas vivencias que, al experimentarlas sus personajes, derivan en finales de conmovedora intensidad. Como aquellos Tropismos de Nathalie Sarraute que Juan José Saer tradujo y difundió entre nosotros, Delerm señala lo que ciertos instantes de nuestra intimidad revelan de toda la especie humana, pero sobre todo, de la razón inescrutable de nuestros propios actos. Incapaz de toda moraleja, Delerm no quiere develar el misterio sino apenas, melancólicamente, señalarlo.

Pero lo verdaderamente impar de La siesta asesinada está en la forma de los textos, concebida gracias a la intuición del autor para detectar en otros géneros, según decíamos al principio, herramientas útiles a la escritura cuentística. La prosa de Delerm es siempre tersa y despojada, ajena a todo tipo de experimentación ostentosa. Pero por su misma temática, los cuentos parecen deber mucho a la lectura del diario de ciertos grandes escritores, acaso a aquellas "prosas apátridas" que el peruano Julio Ramón Ribeyro escribió en París, como si fuera ésa, "la ciudad más literaria del mundo", la que motiva por contraste el repliegue a la intimidad, a la cotidianidad y al silencio. La perfección musical de cada frase, el delicado in crescendo de los párrafos evidencian las mismas deudas con la poesía que uno puede notar en Marguerite Duras o en la propia Colette. El uso constante de la primera persona del plural, de modo que cada cuento parece protagonizado por un personaje colectivo, evoca ese "nosotros" que uno puede encontrar en ciertos textos sociológicos o en ciertas crónicas periodísticas.

Pero, más allá de toda innovación, Delerm sigue siendo, ante todo, un cuentista, por la capacidad de imaginar secuencias de acción significativas, por su fe en la necesidad de contarlas, y porque cada cuento implica, desde su misma factura, no sólo una visión del mundo, sino una discusión con los narradores que lo precedieron. Consideremos apenas el uso de los tiempos verbales. Si, como lo señalan los manuales, una "narración pura" es aquella que se cuenta en tercera persona y en pasado, Delerm combina en cambio el "nosotros" con el tiempo presente, pero no el presente de lo que está sucediendo ahora y por única vez, sino ese otro presente ahistórico, eterno, de los textos científicos, como en la frase: "El agua hierve a 100 C".

En los grandes relatos, escritos en pasado, cada acción de los personajes adquiría un sentido por su posición en una trama, trama que por otra parte pretendía reflejar el orden del mundo. En los cuentos de Delerm, "nuestros" mínimos actos, escritos en presente, aparecen desligados de nuestro pasado y nuestro futuro, y revelan todo lo que tienen de eterno y misterioso, y un sorbo de agua fresca, liberado de comparaciones, recupera un imprescindible "sabor de eternidad". La traducción de Javier Albiñana logra trasladar al español la precisión, la soltura y la contenida ternura del un estilo impecable.

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