Placeres desde una celda

En su novela Los cuadernos de Tánger (Simurg), Néstor Tirri cuenta las aventuras de un hedonista, preso en una ciudad exótica
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25 de octubre de 2000  

El conocimiento que Néstor Tirri tenía acerca del mundo de la diplomacia antes de escribir su última novela - Los cuadernos de Tánger ( memorias de un bon vivant ), editorial Simurg- era escaso: las contadas ocasiones en las que su profesión de periodista lo había llevado a alguna embajada argentina del extranjero.

En cuanto a Tánger, Tirri jamás ha estado allí. El detalle es que Los cuadernos de Tánger comienza y termina en una cárcel del norte de Africa, y su protagonista es un diplomático con vocación de meterse en problemas.

Tirri, que pasó veintitrés años en el diario Clarín haciendo crítica cinematográfica y literaria, escribió esta historia cuyo protagonista -el diplomático Lalo Miklertz- ha cometido una falta grave, que sólo se develará hacia el final de la novela. Debido a esa falta, Lalo permanece encerrado en una sórdida cárcel de Tánger y decide escribir sus memorias como una artimaña para darle sentido al tiempo muerto dentro de la celda. Alguien encontrará el manuscrito, lo dará a conocer y así es como conoceremos la historia.

Lalo Miklertz, el protagonista memorioso, es un chico nacido al sur de la provincia de Buenos Aires. Hijo de un padre enigmático, austríaco, y de una madre quejosa, debe encontrar profesión y trabajo con cierto apuro una vez terminado el colegio, debido a que su padre ha muerto. Es así como gracias a algunos contactos familiares salta sin escalas de una vida pueblerina al glamour volátil de la carrera diplomática y descubre una vocación desconocida: el hedonismo. Miklertz se transforma en un ser capaz de todos los excesos en nombre del placer. Se sumerge con todos los sentidos posibles en lo que le provoca mayor deleite: las comidas, las bebidas y las mujeres. Para la diplomacia argentina, comienza a ser un problema, dispuesto como está a meterse en líos con esposas de colegas, encantado de perpetrar acciones incorrectas y escandalosas en las situaciones más formales, y de andar borracho desde lo más temprano del día.

-Cuando empecé a escribir esta novela -dice Tirri, fumando un cigarrillo indonesio de clavo de olor mientras Bob Marley lo mira desde un poster del placard, y Marilyn Monroe desde otro en la heladera- mi hijo menor, Rómulo, trabajaba como barman en un restaurante. Jugábamos a preparar tragos y a mí se me empezó a ocurrir una historia. Un día le dije a la novelista Alicia Steimberg: "Estoy escribiendo sobre un tipo al que le gustan los tragos y las comidas. A ese libro le voy a poner como título Confieso que he bebido ". Y a ella le pareció muy gracioso y me dijo que tenía que escribirla. Mucho tiempo después, mientras corregía las pruebas de la novela, me di cuenta de que me había influido mucho, a la hora de armar el personaje, un escritor francés de la decadencia, J.K. Huysmans, que tiene un libro, A rebours , cuyo protagonista se llama Des Esseintes. Cuando escucha música, ese personaje atribuye a los sonidos sabores de licores.

La comida y los tragos son una constante en la novela. Tirri asegura que algunos de los brebajes descriptos por Miklertz fueron testeados por él y su hijo Rómulo para ver si las mezclas propuestas combinaban bien.

-Algunas eran buenas. La comida no la testeaba, porque Miklertz tiene un paladar afrancesado y mis gustos pasan por lo macrobiótico, o por algunas cosas tailandesas muy exóticas.

Tan importantes son los delirios de los sentidos para Lalo Miklertz, que cada una de las mujeres con las que tropieza -y son muchas- es descripta como un manjar o una mesa bien servida. La única que penetra esa glotona y superficial voluptuosidad de los sentidos para calar más hondo es María, una cocinera italiana con quien Lalo vive una relación tan intensa como casta y tremebunda. María está contagiada de HIV.

-Es curioso, pero cuando yo terminé la primera versión de la novela, en 1995, la persona que me inspiró el personaje de María vivía. No se llamaba María. Murió en el 96, a los treinta y cinco años. La cuidé durante tres años, estaba enferma de HIV. Tenía ganas de vivir, desesperadamente. Hay cosas textuales de ella en la novela. Hay un almuerzo en el que ella discute con supuestos conocedores sobre gastronomía. Ese almuerzo sucedió en la realidad, y la que estaba en la cabecera de la mesa era Laura Esquivel.

Si Tirri diseñó a María sobre una persona real, a Tánger tuvo que imaginársela por cuentos que le contaron los amigos. Qué menos que la imaginación puede tener como patrimonio alguien que se crió en Tandil, provincia de Buenos Aires, cuando Tandil era como Macondo. -Había en Tandil un microclima muy especial. Por ahí pasaron Miguel Angel Asturias, Nicolás Guillén, Perón y Evita en tren repartiendo pan dulce. Luis César Amadori fue a Tandil a filmar La pasión desnuda , con María Félix y Carlos Thompson. Yo me escapé del colegio para ver la filmación. Me fui al cerro del Calvario en bicicleta, me senté entre las piedras y, a unos cincuenta metros, vi una secuencia de la película... que me aburrió muchísimo porque repetían siempre la misma toma. Entonces me fui a comer una manzana. Estaba ahí cuando la veo bajar de un trailer a María Félix. Me quedé duro. Era como la Sharon Stone de la época. Esa escapada me costó un disgusto, porque tenía puesto el piloto de mi viejo y cuando pasé debajo de un alambre de púa le hice un siete en la espalda.

Su padre, el dueño del piloto, se llamaba Antonio y era italiano. Murió joven, a los 57 años, cuando Tirri terminaba el colegio secundario. Antonio había sido una especie de nómade.

-Se fue a los 13 años de la casa de sus padres, junto con su hermano, mi tío Cirilo. Se fueron por Latinoamérica y llegaron a Los Angeles, donde se hicieron extras en westerns mudos. Después, trabajaron en el circo Sarrasani. Mi viejo tuvo un accidente en Montevideo, a los 30 años, y entonces empezó a trabajar en el Ferrocarril, conoció a mi mamá, que se llama Enriqueta Mara, y se casaron. Eso es todo lo que sé. Yo no preguntaba mucho.

El chico que no preguntaba se mudó a Bahía Blanca para estudiar Letras. Un buen día sus amigos de Tandil le avisaron que había llegado a la ciudad un viejo loco. Polaco. Era Witold Gombrowicz.

-El era muy ladino, muy zorro, y al mismo tiempo brillante. Como yo paraba en casa de un amigo que era del Partido Comunista, él creía que yo también era del PC. Tengo cartas escritas por él en las que les explica a mis amigos cómo tienen que hacer para convertirme a la fe ferdidurkeana. Yo era reacio a dejarme ganar por presuntos genios y él era sumamente pedante. Decía: "Esta es la histoguia de mi gloguia". Y yo le decía "¿Y quién es Gloria, su mujer?". Se enojaba: "Este chico no sabe nada, no conoce lo que es mi obga". Hablaba de sí mismo en forma casi escandalosa. Yo creo que lo hacía para provocar, y yo mordía el anzuelo.

En 1985 Witold devino uno de los personajes de la primera novela de Tirri, La piedra madre , ambientada en Tandil y finalista del premio Plaza & Janés de 1982. En 1988 Tirri escribió su novela triste, La claridad de la noche . Tiene dos novelas más, inéditas. -Es muy difícil publicar, sobre todo porque yo estuve once años sin hacerlo y ahora hay una predisposición a fomentar escritores jóvenes. Pero uno ya está lanzado. Escribir es casi, casi...una desgracia

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