Polémicos ecos del caso Rushdie

En Hitch 22, que publica la editorial Debate, el periodista y escritor británico Christopher Hitchens recuerda las reacciones encontradas que se registraron entre los intelectuales de izquierda cuando los fundamentalistas islámicos decretaron la fatwa contra el autor de Los versos satánicos
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29 de julio de 2011  

Parecía que no había ningún libro o poema en inglés que no hubiera leído y el urdu era su lengua materna. Era por supuesto la lengua de los simpatizantes del Imperio mogol, que habían llevado el islam a la India y a la amada ciudad natal de Salman, Bombay. En Cambridge había estudiado el Corán en una asignatura opcional, que ahora ya no se enseña. No presté suficiente atención a sus reflexiones sobre ello. En nuestro mundo, nadie era religioso; incluso la India era básicamente laica, sin duda, e incluso cuando los racistas blancos atacaban a los asiáticos británicos los llamaban a todos «pakis», sin, si quieres, discriminar. (El racista nunca puede alcanzar nada parecido a la discriminación: es indiscriminado por definición.) La mezquita estaba en los márgenes de la vida inglesa: había una bastante bonita si cogías un taxi alrededor de Regent's Park para ver un partido de críquet entre Inglaterra y Pakistán.

En el mundo, lo sabía bastante bien, el extremismo islámico presentaba un desafío. Por ejemplo, había destruido la promesa de la gran revolución iraní, que había enfrentado a civiles desarmados contra un megalómano ensoberbecido por el petróleo y provisto de una despiadada red de policía secreta y un ejército enorme y comprado que al final fue demasiado mercenario y corrupto como para luchar por él. En un momento en el que Irán estaba en el umbral de la modernidad, un necrófilo de alas negras llegó volando del exilio en un jet francés e impuso una versión de su uniforme oscuro y pesado en un pueblo acostumbrado desde hacía demasiado tiempo a soportar la intimidación y a acatar las órdenes. Para la población femenina del país, al menos, la nueva esclavitud era más pesada que la anterior. Y para mis amigos de la izquierda iraní y kurda, la discusión sobre qué modelo de represión, prisión y tortura era más duro se convirtió en un tema de debate.

En Nueva York, mi amigo Edward Said había escrito un libro -con un título juguetón: Cubriendo el islam - que en parte buscaba explicar esos inoportunos acontecimientos. Era una presunción occidental, argüía, considerar el islam un problema de atraso. Esto produjo nuestro primer desacuerdo importante, que todavía se desarrolló en clave amistosa. ¿Cómo, le pregunté mientras se sentaba envuelto en un fragante humo de pipa y con un traje de tweed impecable, esperaba que le fuera a un hombre como él en una república islámica? Cuando sonreía, se le formaban unas arrugas muy atractivas en torno a los ojos, lo que hizo mientras me decía que la cuestión más acuciante era la distorsión de los musulmanes por el Occidente «orientalista» y conquistador. Por aquel entonces, la nube que ensombreció nuestra conversación no era más grande que la mano de un hombre.

Pero no era consciente de ninguna nube inminente una tarde posterior, a finales de 1987 o principios de 1988, cuando cenaba en la mesa de Edward, en Riverside Drive y con vistas al Hudson, y llegó un mensajero de la agencia de Andrew Wylie en el centro. Llevaba una gran caja, que contenía el manuscrito de la próxima novela de Salman Rushdie. Con ella venía una nota que recuerdo muy bien. Querido Edward, decía, estaría agradecido si pudiera conocer tu opinión sobre esto, porque creo que puede disgustar a algunos fieles? El propio Edward era un cristiano de Jerusalén: de hecho, un anglicano, por laico que se hubiera vuelto después. (En una conversación pública con Salman en Londres describió la situación de los palestinos diciendo que su pueblo, expulsado y desposeído por los judíos victoriosos, estaba en la inédita situación histórica de ser «la víctima de la víctima»: pensé que había algo casi cristiano en la aparente humildad de esa declaración.)

Menciono este episodio porque más tarde se insinuó que Salman era el autor de la fanática respuesta a su libro y que -en una frase que se puso de moda en aquella época- «sabía lo que estaba haciendo». Bueno, sin duda sabía lo que estaba haciendo (uno esperaría que eso no sea una deshonra) y seguro que entendía que atraería la atención si tomaba lo que se reivindicaba como escritura sagrada y lo utilizaba con fines literarios. Al hacerlo, encendió uno de los mayores enfrentamientos de la historia entre la mente irónica y la mente literal: un combate de desgaste que se produce constantemente de una manera u otra. Pero lo asumió con cuidado, sentido de la medida y escrúpulos, y nadie podía prever que sería golpeado por sentencias de vida y muerte simultáneas.

Cuando el Washington Post me llamó el Día de San Valentín de 1989 para conocer mi opinión sobre la fatwa del ayatollah Khomeini, sentí de inmediato que había algo que me comprometía por completo. Era, si puedo expresarlo así, un asunto que enfrentaba todo lo que odiaba contra todo lo que amaba. En la columna del odio: dictadura, religión, estupidez, demagogia, censura, amenazas e intimidación. En la columna del amor: literatura, humor, ironía, el individuo y la defensa de la libertad de expresión. Más, por supuesto, la amistad: aunque me gusta pensar que mi reacción habría sido la misma si no hubiera conocido a Salman en absoluto. Para reformular la premisa del argumento: el líder teocrático de un despotismo extranjero ofrecía dinero para recompensar el asesinato de un ciudadano civil de otro país por el delito de escribir una obra de ficción. No podía imaginarse un desafío más profundo a los valores de la Ilustración (en el bicentenario de la caída de la Bastilla) o a la Primera Enmienda de la Constitución. Cuando le pidieron un comentario al presidente George H. W. Bush, sólo pudo decir de mala gana que, por lo que él podía ver, no afectaba a los intereses estadounidenses?

Al contrario, dijo Susan Sontag, los estadounidenses tenían un interés general en la defensa de la libertad de expresión frente a la barbarie, y también en defender a los ciudadanos libres de las amenazas de muerte financiadas por Estados y acompañadas por la oferta sórdida de un botín. Fue providencial que ese año fuera presidenta del PEN, porque rápidamente resultó obvio que no todo el mundo veía la cuestión de esa forma. Había algunos que pensaban que Salman merecía ese castigo de un modo u otro, o en todo caso se lo había buscado, y había otros que sólo estaban mortalmente asustados y creían que los escuadrones de la muerte del ayatollah podían deambular y matar libremente. (El propio Rushdie desapareció en una negra burbuja de seguridad «total», y con el paso del tiempo su traductor al japonés fue asesinado, su traductor al italiano apuñalado, y su editor noruego recibió tres tiros antes de que lo dieran por muerto.)

Entre los que tendían a regodearse del destino de Salman, una sorprendente cantidad pertenecía a la derecha. Digo «sorprendente» porque los conservadores habían lamentado la caída del sha y el ascenso de Khomeini los había horrorizado, y generalmente tendían a utilizar el término «terrorismo» cuando afrontaban desafíos violentos en el Tercer Mundo. Pero en Estados Unidos toda la falange de conservadores, desde Norman Podhoretz hasta A. M. Rosenthal y Charles Krauthammer, volcaron su ira sobre Salman y no sobre Khomeini, y parecían disfrutar con el hecho de que ese amigo indio y radical de Nicaragua y los palestinos se hubiera convertido en víctima del «terrorismo». Prefirieron olvidar cómo su héroe Ronald Reagan había usado el beneficio del tráfico ilegal de armas con el ayatollah para financiar la homicida Contra de Nicaragua: pero no le perdonaban a Salman que hubiera escrito La sonrisa del jaguar . En Gran Bretaña, escritores de un tipo específicamente conservador como Hugh Trevor-Roper, lord Shawcross, Auberon Waugh y Paul Johnson manifestaron su desagrado ante el engreído wog que estaba entre ellos y también lo acusaron de provocar deliberadamente a una gran religión. (Mientras tanto, en un ejemplo poco atractivo de lo que llamé «ecumenismo inverso», el arzobispo de Canterbury, el Vaticano y el rabino jefe sefardí de Israel emitieron declaraciones que decían que el principal problema no era la oferta de pago por el asesinato de un escritor, sino el delito de blasfemia. El rabino jefe de Gran Bretaña, Immanuel Jakobowitz, en busca de una síntesis más elevada de fatuidad, entonó que «tanto Rushdie como el ayatollah han abusado de la libertad de expresión».) Esa clase de comentarios eran de esperar, al menos en parte. Rushdie era de izquierdas; había contribuido a perturbar el statu quo y debía esperar la desaprobación de los conservadores.

Más preocupantes me parecían los que pertenecían a la izquierda y adoptaban casi el mismo tono. Germaine Greer, que siempre ha sido terrible en estos casos, volvió al foro para defender ruidosamente los derechos de los que quemaban libros. «El caso Rushdie -escribió el crítico marxista John Berger unos días después de la fatwa - ha costado varias vidas humanas y amenaza con costar muchas más.» Y «el caso Rushdie -escribió el profesor Michael Dummett de All Souls- ha hecho un daño indecible. Ha intensificado la alienación de los musulmanes que viven aquí? Se ha inflamado la hostilidad racista contra ellos». Ahí vimos la introducción -y por parte de un antiguo promotor de Michael X, no lo olvides- de una confusión obstinada y grosera entre la fe religiosa, que es voluntaria, y la etnicidad, que no lo es. Todos los muertos y los heridos -todos-, desde las turbas en Pakistán hasta las acciones de los escuadrones asesinos de Irán, habían sido causados directamente por los enemigos de Rushdie. Ninguno de los muertos o heridos - ninguno - fue causado por él, ni por sus amigos y defensores. Sin embargo, notarás la táctica de desplazamiento que usaban Berger, Dummett y la izquierda multicultural,que culpaba del caos a una construcción abstracta: «el caso Rushdie». En aquella época entendía vagamente que esa clase de «izquierda» posmoderna, aliada en cierto modo con el islam político, era algo nuevo, aunque no perteneciera exactamente a la Nueva Izquierda. Que esa traición tomara una forma parcialmente «multicultural» también era algo que poco a poco dejaba de sorprenderme. En sus diarios, el líder de la izquierda laborista Tony Benn registraba un encuentro de miembros de opiniones similares el día después de la fetua, y citaba la contribución de uno de los primeros parlamentarios negros de Gran Bretaña:

Bernie Grant no paraba de interrumpir, decía que los blancos querían imponer sus valores en todo el mundo. La Cámara de los Comunes no debería atacar otras culturas. No estaba de acuerdo con los musulmanes de Irán, pero apoyaba su derecho a vivir su propia vida. Quemar libros no era un asunto importante para los negros, sostenía.

Y después estaban aquellos que, en un momento de crisis moral por la libertad de expresión, se limitaron a buscar un escondite neutral. Lo recuerdo como el mes más deprimente e inspirador. El más deprimente, porque los centros de varias ciudades británicas eran asfixiados por masas histéricas, que no sólo pedían menos libertad para el colectivo (querían más censura y restricción y la extensión de una arcaica ley sobre la blasfemia, y más poder policial sobre la publicación), sino que gritaban a favor de un ataque profundamente reaccionario contra los derechos individuales: la destrucción de la obra de un autor e incluso de la vida de un autor. Que ese ultrarreaccionario gobierno de la turba estuviera formado sobre todo por gente de piel marrón no debería haber supuesto la menor diferencia. En Pakistán, que conocía desde hacía mucho tiempo el fanatismo del Jamaat Islami y otras bandas criminales religiosas y dictatoriales, no lo habría hecho. Pero de alguna manera, cuando se escenificó en las calles y plazas de Gran Bretaña, supuso una diferencia. Una profunda incomodidad irrumpió en el ambiente: un trasfondo insinuante de amenazas y chantaje moral y racial que no se ha desvanecido desde entonces.

Traducción de Daniel Rodríguez Gascón

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