Por los pliegues de la conciencia

LA TRAVESIA Por Luisa Valenzuela-(Norma)-400 páginas-($ 21)
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12 de diciembre de 2001  

Marcela Osorio, "ella" como se la nombra a lo largo del relato, es una exitosa antropóloga argentina que vive en Nueva York rodeada por un grupo de amigos desinhibidos, anticonvencionales, con quienes suele encontrarse en conferencias, vernissages y otras reuniones en las que la excentricidad y la transgresión son moneda corriente.

El drama se desencadena cuando aparece Bolek Greczynski, artista que estuvo en Buenos Aires a fines de la década del setenta -época de atentados, represión y violencia- para presentar sus "instalaciones" de contenido crítico hacia el gobierno militar. Durante ese período habitó un departamento donde halló cartas firmadas por la protagonista. Dichas cartas, que se convertirán desde ese momento en el eje de la novela, habían sido dirigidas por ella a su marido, a quien relataba sus aventuras eróticas. El marido, treinta años mayor, la incitaba a acostarse con otros hombres para que después le contara sus experiencias. Posteriormente le pagó viajes a países lejanos, de culturas primitivas, donde además de recoger datos para un trabajo antropológico sobre las connotaciones sagradas de la prostitución, ella le narraba epistolarmente voluptuosos encuentros imaginarios para excitar su lascivia.

Bolek, que se dedica a enseñar pintura a los pacientes de un hospicio próximo a Nueva York, se rehúsa, sádica y cínicamente, a entregarle las cartas que ella desea recuperar a toda costa. Tal el núcleo de la trama. Pero por debajo de esta historia hay otra más compleja: el viaje interior de la protagonista por los túneles de la conciencia, por los bajos fondos del alma, que la autora describe con penetrante lucidez e insoslayable eficacia literaria. En el sutil entramado de esa travesía persisten, como estigma ominoso, las marcas de aquella correspondencia apócrifa que se empecina en modificar el presente, así como las vicisitudes de un presente que quisiera borrar un pasado humillante. Lo que contó en las cartas a su esposo no ha sucedido, todo fue inventado -ficción dentro de la ficción-, pero ella teme a las palabras porque sabe que esos signos perduran más allá de los actos, hayan sido éstos reales o ficticios. Las palabras son para ella una red viscosa en la que se siente atrapada.

Dicha exploración por los oscuros meandros interiores se proyecta en el escenario de calles y casas de Nueva York, "ciudad perversa y milagrosa" -así la califica-, ideal para las existencias turbulentas de seres como ella y sus amigos, todos los cuales detestan lo inmóvil y lo previsible y celebran lo efímero, la exacerbación del sexo, los inconsistentes valores de un mundo que se ha dado en denominar "posmoderno".

La acción avanza y retrocede en el tiempo. Junto a los personajes secundarios -Ava, Joe, Vivian, Tim, Gabriel, Raquel- aparecen nombres de seres reales como la poeta Hebe Solves, el cuentista Rodolfo Walsh o la novelista Erica Jong. Hay escenas muy bien descriptas, por ejemplo la de la protagonista encerrada con Bolek en la casa de los locos o las reuniones que, como la "fiesta africana", hacen recordar aquella velada final, sofisticada y orgiástica, de La dolce vita. Al igual que el célebre film de Fellini, esta novela puede ser comparada con un fresco de la sociedad decadente de fines del milenio en donde las relaciones humanas, oscilantes entre la diversión y el hastío, transforman a quienes entran en el juego en criaturas vulnerables. Otro capítulo en verdad impactante es el titulado "La última carta", en el que se transcribe una de aquellas antiguas piezas epistolares donde lo directamente escabroso se viste con el ropaje de una escritura brillante.

Luisa Valenzuela, escritora trashumante, con una obra traducida a varios idiomas, directora de seminarios y talleres literarios en universidades norteamericanas y doctora honoris causa de la Universidad de Knox, Illinois, nos había ofrecido, en novelas y recopilaciones de cuentos, el testimonio de un talento agudo y desenfadado. Este libro constituye una vuelta de tuerca respecto de su creación literaria conocida y la afirma, al mismo tiempo, como una de nuestras importantes narradoras.

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