Por qué pensar una novela igual que se cuida un jardín: un diálogo de maestro y discípulo entre John Irving y Nathan Hill

John Irving: "Nathan Hill es el mejor escritor joven de ficción de Estados Unidos"
John Irving: "Nathan Hill es el mejor escritor joven de ficción de Estados Unidos"
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24 de febrero de 2019  • 17:33

El 6 de octubre de 2016, Nathan Hill y John Irving se reunieron en el Harbourfront Centre de Toronto, en el marco del Festival Internacional de Autores, para hablar de El Nix (Salamandra) –disponible en castellano en el país a partir del 1° de marzo–, el debut de corte satírico de Hill, de su gusto por la disfunción y de por qué hay que pensar sobre la escritura de una novela igual que sobre el cuidado de un jardín. Ésta es la conversación que mantuvieron, ligeramente editada en aras de la claridad.

John Irving:– Conocí a Nathan Hill en enero en Oslo. No recomiendo Oslo en enero, pero había ido allí con motivo de la traducción al noruego de Avenida de los misterios y mi editora en Gyldendal Norsk es también la de Nathan y El Nix. Y nos invitó a cenar. En su momento me sorprendió que su primera novela hubiera generado tanto entusiasmo, algo que a mí no me había sucedido con mi primera novela (yo tuve que esperar hasta la cuarta). Tampoco había conseguido ni una sola traducción extranjera hasta esa cuarta novela. A Nathan, en cambio, ya lo estaban traduciendo a varios idiomas y compartíamos unos cuantos editores. Tenemos, por ejemplo, el mismo publisher holandés y canadiense.

"Me encantó conocer a Nathan. Fue algo increíblemente alentador, y le dije: tengo 74 años y percibo una disminución del interés por la ficción literaria en nuestra cultura en general, en América del Norte, de modo que me parece muy alentador que un novelista joven y literario sea capaz hoy en día de generar todo este revuelo, sobre todo porque la novela es larga.

Regresé a Toronto, donde estaba muy ocupado trabajando en un film para TV, y Nathan me escribió para pedirme si me podía echar un vistazo a su novela. Le contesté que por supuesto que sí. Me había caído bien y quería ayudar a un nuevo autor de ficción, pero le dije que en aquel momento estaba muy ocupado y no sabía si iba a poder. La verdad es que en esas situaciones suelo hacer algo que no ha cambiado desde hace muchos años: hablo con mi asistente o asistenta y le digo: «A ver, lee lo suficiente de este libro para saber si, en caso de que yo no te lo hubiera encargado, seguirías leyendo. O, mejor dicho, lo suficiente para saber si no seguirías leyendo. Cuando llegues a ese punto, lo dejas y me dices: "Deberías leerlo; voy a terminar el libro tanto si quieres que siga leyendo como si no" o bien "Si no fuera mi trabajo no seguiría leyendo".» Mis asistentes me conocen muy bien: saben que si me dicen «Creo que deberías leer este libro» y no me gusta nada les voy a amargar la vida. O sea que cuando se equivocan normalmente es porque quieren cubrirse las espaldas y lo formulan así: «No, en realidad el libro me está gustando, pero creo que a lo mejor tú lo detestarías, o sea que seguramente será mejor que no lo siga leyendo», o algo parecido.

Para Nathan Hill, de 40 años, Irving es una de sus mayores influencias
Para Nathan Hill, de 40 años, Irving es una de sus mayores influencias Crédito: Michael Lionstar/Salamandra

"En esta ocasión fue muy distinto: aunque la novela era larga, Bronwen, mi asistenta, me la trajo. Había leído algo más de la mitad. Dijo que quería seguir leyéndola y me pidió que, por favor, se la devolviera cuanto antes. Eso era buena señal. Pero había hecho algo que yo no le había pedido: había marcado dos o tres fragmentos para que los leyera y me dijo que, si esos fragmentos me gustaban, la novela me gustaría. Sólo tuve que leer el primero. A continuación abrí la novela por la primera página y la leí. Y Brownen tuvo que esperar mucho tiempo a que se la devolviera, porque tengo unos horarios de trabajo tan estrictos que sólo puedo leer en la cinta de correr. Y el libro está destrozado por culpa de todas las veces que se me cayó de la cinta. Es un volumen muy grueso y no es nada fácil apoyarlo en la estrecha repisa de la máquina, sobre todo si pones la cinta en una posición muy inclinada, como hago yo. O sea, que el libro no sólo se me cayó sino que también lo pisoteé varias veces. Pero lo leí desde el principio hasta el final, me entusiasmó y supe que tenía que escribir algo al respecto. Por eso quise estar aquí para presentar a Nathan al público de Toronto. En mi opinión Nathan es el mejor escritor joven de ficción de Estados Unidos. ¡El mejor!

Nathan Hill:– Nunca me había alegrado tanto de que alguien pisoteara mi libro.

John Irving: –En los primeros compases de la novela el personaje de la madre no nos cae muy bien. Como lectores estamos básicamente del lado del protagonista, el pobre Samuel. Lo rondan fantasmas crueles, más de uno, y su madre está bastante chiflada. Mi primera pregunta es: ¿de dónde procede tu pasión por las disfunciones? Porque ésta no es tan solo una historia sobre la disfunción entre madre e hijo, sino también una novela con un trasfondo de disfunción nacional y política.

Nathan Hill: –Las disfunciones dan muy buen resultado en la ficción. Escribí gran parte de la novela entre los años 2008 y 2012-2013, en un momento en que todo el mundo en Estados Unidos decía que nunca habíamos estado tan polarizados políticamente desde la Guerra de Secesión. Yo ya había incluido todas las historias de fantasmas en la novela: tenía a un personaje salido de Noruega y la historia sobre el espíritu del hogar, la historia del Nix. Y cuando estaba escribiendo la novela, esa historia, la idea de que lo que más quieres será lo que un día te hará más daño, me parecía extraordinariamente potente. Además, se aplicaba a varios personajes de la novela.

"En el caso de Samuel, su madre desaparece y lo deja solo, de modo que se siente traicionado justamente por la persona que se supone que nunca debe abandonarte, tu madre. Hay una hermana que ve cómo su hermano gemelo se aleja de ella. La chica es violinista y tiene una dureza en el cuello, como todos los violinistas. Eso me llevó otra vez a pensar en la historia del Nix: a veces necesitamos tanto las cosas que más amamos que pueden llegar a desfigurarnos. En la novela hay también un adicto al trabajo que se siente estafado por la empresa a la que ha dedicado su vida. Hay una estudiante universitaria cuya vida se ve socavada por todos los engranajes que le dan sentido. Hay un adicto a los videojuegos que se ve traicionado por el videojuego con el que está obsesionado. Y constaté con sorpresa que la historia del Nix se aplicaba bastante bien a todos esos personajes.

Pero también escribí la novela durante la gran recesión, que vino provocada en parte por las cosas que creíamos tan seguras que parecían no estar sujetas a ningún riesgo. De pronto, la jubilación por la que llevas toda tu vida trabajando se desvanece. Por eso, una de las cosas en las que pensaba era la ansiedad económica que estaba experimentando el país mientras yo componía la novela, y me pareció que sí, que la crisis económica era una crisis porque nos habíamos convencido de que había cosas tan seguras que no entrañaban riesgo alguno. Creíamos que eran demasiado buenas para ser ciertas, de modo que el mercado inmobiliario no podía quebrar, y supongo que eso me ayudó a establecer una conexión entre las historias personales y las políticas, a ver que lo que pasaba entre aquella madre y su hijo estaba sucediendo también, a gran escala, en el resto del país.

John Irving –Estoy totalmente de acuerdo en que no es sólo que la confluencia entre lo personal y lo político juegue a favor de la novela, sino que, cuando llevas ya doscientas o trescientas páginas, te resulta muy difícil decidir cuál de las dos disfunciones resulta más absorbente, porque los personajes están tan bien trazados que te sientes atraído hacia ellos, algo que sucede cuando una obra de ficción es realmente buena. Pero las referencias a la realidad política en la que vives y has vivido son tan reales que, y lo digo en el mejor sentido posible, es casi como si no estuvieras leyendo una novela. Pregunté a tres lectoras de El Nix, de 62, 39 y 32 años, respectivamente, qué les gustaría preguntarte, y las tres me respondieron básicamente con la misma pregunta, relacionada con el activismo político. En realidad, he reformulado sus preguntas, pero en el fondo las tres apuntaban en la misma dirección: ¿qué nos dice esta novela acerca de la situación de la izquierda radical en Estados Unidos? ¿Cómo hemos cambiado la izquierda radical? ¿O seguimos donde siempre?

Nathan Hill: –Empecé a escribir el libro entre los 25 y los 30 años (hacia 2004). Por entonces, mi posición política era muy agresiva; de hecho, la rabia me corroyó por dentro cuando Bush y Cheney fueron reelegidos. No podía creérmelo. En aquella época yo vivía en Nueva York y no conocía a nadie que fuera capaz de votar a ese tipo, y aun así ganó. Aquella victoria... no sé, hizo que volviera a evaluarme a mí mismo. Todavía no teníamos un término para referirnos a ello, pero me di cuenta de que vivía en una especie de burbuja mediática: todos mis conocidos pensaban como yo, todos pensábamos igual. No éramos más que nuestras respectivas cajas de resonancia. Y quiero pensar que lo que traté de hacer tanto en mi vida como en esta novela fue salir de esa caja de resonancia y considerar una mayor diversidad de opiniones, sobre todo con las que tiendo a discrepar.

En cuanto a la izquierda, no sé, creo que es muy difícil decir si actualmente está más a la izquierda, o si tiene más o menos éxito. Desde luego ha habido algunos logros. Hace poco la petrolera Shell decidió no hacer perforaciones en el Ártico, un logro que se debió en gran parte a las presiones de los grupos de defensa medioambiental de la izquierda radical. O sea, que algunos logros sí hay. Sin embargo, también sé que muchas personas que se implicaron en Ocupemos Wall Street tienen ahora la sensación de que el movimiento fue un fracaso, de que podría haberse hecho mejor. Por no hablar de las protestas contra la guerra. En el libro aparecen dos generaciones de manifestantes antibelicistas: la de 1968 en Chicago contra la Guerra de Vietnam y la de 2004 en Nueva York contra la intervención en Irak. Esta última encontró una sólida respuesta en forma de protestas, pero aun así la guerra se prolongó todavía seis, ocho años más. Y visto de este modo no deja de ser un fracaso. Me da la sensación de que existe una brecha entre la percepción de los manifestantes y lo que podríamos denominar la marea humana; creo que las personas que protestan contra la guerra, o contra las prospecciones petrolíferas, actúan por convicciones sinceras y bienintencionadas, y que realmente quieren cambiar el mundo a mejor. Pero eso no es por fuerza lo que le llega al resto del mundo. A veces resulta muy fácil caricaturizar a la gente. Recuerdo que en 2004 participé en algunas manifestaciones delante del Madison Square Garden y que había personas que desfilaban con muñecos de papel maché de George Bush disfrazados de Hitler, y que al ver todo aquello pensabas: ¿y esto de qué sirve?

Supongo que con la novela me pasó que, más que seguir mi primer impulso, que era señalar con toda la indignación moral quién tenía razón y quién no, me di cuenta de que no era la persona apropiada para juzgar eso. ¿Qué probabilidades hay de que, desde mi acotado punto de vista, haya dado con la verdad sobre la política estadounidense? Seguramente muy pocas. O ninguna. Así pues, lo que traté de hacer en la novela fue examinar qué se siente al chocar contra la política, chocar en un sentido emocional y humano, chocar contra momentos históricos. Por eso, cuando escribo sobre 1968, no incluyo a ninguna de las figuras insignes del movimiento, sino que me centro en las personas que luchaban en un segundo plano, no sé si me explico.

John Irving: –Con la excepción de Allen Ginsberg.

Nathan Hill: –Allen Ginsberg, sí, que estuvo allí como figura pacificadora.

John Irving: Intentaba mantener la paz, mientras que Tom Hayden y los miembros de Students for a Democratic Society aún siguen pensando que no tuvieron nada que ver con que Nixon ganara las elecciones.

Nathan Hill: Sé que una de las cosas que pensaba en 2004 era que las protestas no dejaban de ser postureo. Era como si en todo momento nos preguntáramos: «¿Qué estarán pensando de nosotros los votantes indecisos de Ohio ahora mismo?» Así pues, mi impulso era pensar que la gente de los sesenta era más auténtica, y estuve convencido de ello hasta que me puse a investigar y descubrí, por ejemplo, que en la manifestación de Chicago en 1968 nominaron a un cerdo como presidente porque sabían que eso generaría titulares, y así ocurrió. Total, que hubo tanto postureo entonces como lo hay ahora. Y entonces empecé a pensar: ¿tiene sentido valorar un movimiento de masas en función de la autenticidad? Pronto me di cuenta de que estaba equivocado en tantos frentes que empecé a replegarme, replegarme y replegarme, hasta que la novela terminó girando mucho más alrededor de los personajes que de la política, algo que me parece una decisión muy acertada.

John Irving: –Para que sepas que no eres el único escritor que se equivoca, recuerdo que durante los años de la Guerra de Vietnam, y en especial después de 1968, estaba convencido de que nunca más volvería a ver a mi país tan dividido. Y ya ves tú. Creo que todo el mundo estará de acuerdo en que, a día de hoy, en Estados Unidos existe una división más profunda y que afecta a más ámbitos que durante los últimos años de la Guerra de Vietnam, en los que estábamos en desacuerdo respecto a la guerra. Tú mismo acabas de usar la expresión «indignación moral». Y eso es precisamente lo que tu personaje Periwinkle dice sobre el asunto en Estados Unidos: «Es un secreto a voces que el pasatiempo preferido de los estadounidenses ya no es el béisbol, sino la indignación moral.»

[...]

Nathan Hill: –Si me lo permites, quiero responderte a eso de una forma un tanto extraña, hablando de nanotecnología. La Yale Law School publicó un estudio increíble en el que se preguntaba a la gente sobre cuestiones de nanotecnología. Ni el estudio ni los investigadores tenían el menor interés por la nanotecnología; sólo querían ver cómo respondía la gente. Eligieron la nanotecnología porque parece ser uno de esos temas sobre los que nadie tiene ni idea. «Está usted a favor o en contra de la nanotecnología», preguntaban a los encuestados, así, sin darles más información, y las respuestas eran totalmente dispares e impredecibles. A continuación les ofrecían dos párrafos de información acerca de nanotecnología y, en cuanto la gente disponía de un mínimo de información, los resultados encajaban exactamente con lo que uno podía esperar en términos de derecha e izquierda, partidarios y detractores del capitalismo, partidarios y detractores de la tecnología, etcétera. Los autores del estudio se percataron de que incluso la nanotecnología podía desencadenar una guerra cultural, ser fuente de divisiones, y que, por extraño que parezca, en cuanto los encuestados disponían de dos párrafos de información sobre el asunto, se sentían plenamente seguros de su opinión. De hecho, se sentían tan seguros respecto a la nanotecnología como respecto al resto de sus opiniones políticas. Lo que más me chocó de ese estudio fue pensar que a día de hoy, con nuestros teléfonos e internet, sólo necesitamos unos segundos para acceder a dos párrafos de información sobre cualquier tema. Y eso nos empuja a que nos sintamos realmente confiados con nuestras opiniones al respecto. Yo también me sentía así, en torno a 2004, cuando creía tener todas las respuestas. Pero luego mi trabajo a lo largo de los últimos diez años me ha demostrado que si en cualquier momento de mi vida vuelvo la vista cinco años atrás, me doy cuenta de que me comporté como un idiota. O sea, que supongo que lo que en la novela parece indignación moral es en realidad un exceso de confianza respecto a la propia opinión. El origen puede ser la tecnología o el patriotismo, aunque en realidad lo más probable es que sea una mezcla de ambos.

John Irving: –Supongo que ya sabrás que cualquier novela tiene muchos más títulos válidos que el que acabas utilizando. Eso es así. Pero es que, en tu caso, el número de títulos que podrías haber utilizado es enorme. Frases extraídas del mismo libro.

Nathan Hill: –Podías haberme dicho eso hace un año, ¿no?

John Irving: No, creo que elegiste el mejor. En mi opinión, El Nix es imbatible. Pero podrías haber tenido otras tentaciones. Espíritus del país de los ancestros. El espíritu del hogar. O a ver qué te parece éste, un título para la tercera parte de la novela: Enemigo, obstáculo, rompecabezas, trampa. Esta novela va sobre todas esas cosas. Éste también me gusta: El precio de la esperanza. O éste: Todo recuerdo es una cicatriz, que también encaja perfectamente. O de lo que hablábamos hace un momento: Indignación moral en Estados Unidos. También funcionaría. Seguro que barajaste algún título más, o dos o tres.

Yo soy una persona de finales, creo que son muy importantes. Y la clave de un buen final es que uno, el lector, sienta que el libro apuntaba hacia allí desde el principio. Aunque no sea así. Un final tiene que parecer inevitable. ¿En qué momento se te ocurrió el final hacia el que llevas la novela? Porque, desde la perspectiva del lector, la sensación es que el libro avanzó siempre en esa dirección. Me cuesta mucho creer que no lo planearas así desde el principio.

Nathan Hill: –No, no lo pensé desde el principio. Tu proceso, en el que siempre sabes hacia dónde vas, me da mucha envidia. Porque tú encuentras el final primero y escribes el resto a partir de ahí, ¿no?

John Irving: – Sí, pero eso es sólo porque soy muy lento.

Nathan Hill: –Pues yo no sabía hacia dónde iba con esta novela, y la última frase no se me ocurrió hasta... A ver, si tardé diez años en escribir la novela, esa frase me llegó el séptimo año. Durante mucho tiempo tuve un final distinto, y durante mucho tiempo más no tuve ningún final. No sabía lo que estaba haciendo. Cuando empecé la novela en 2004 acababa de terminar el máster y, visto desde hoy, sólo estaba pendiente de hacer carrera. Quería escribir una historia muy concreta que pudiera publicar en un tipo muy determinado de revista literaria; quería que editores y agentes se fijaran en mí, colocarles mi currículum y conseguir el trabajo que buscaba, etcétera, etcétera. Para mí, la historia era una herramienta para conseguir lo que quería. Y claro, como era imaginable, lo que escribía era muy malo.

La situación duró varios años, hasta que, en un momento dado, me marché de Nueva York y empecé a dar clases. Me entregué a la docencia porque quería aprender y porque me gustaba mucho más de lo que le gusta a Samuel en la novela. En realidad dar clases me gusta, pero eso no da para grandes melodramas, de modo que convertí a Samuel en un profesor amargado. Además, una parte de mí creía que ya había perdido el tren. «No voy a hacer nada en la vida, soy un escritor fracasado, no hay vuelta de hoja.» Y aquella sensación fue lo mejor que podía haberme pasado, porque dejé de enviar material y de preocuparme por editores y agentes. La única persona que sabía que la novela existía era mi mujer. Cada pocos días le leía unas cuantas páginas. Si íbamos bien, me decía: «Es fantástico.» Y si no le gustaba, me decía: «No está mal». Siempre me apoya, aunque unas veces más que otras. Pero una de las cosas que comprendí mientras escribía esta novela fue que no podía tratarla como algo que debía terminar para poder avanzar en mi carrera profesional, porque publicar un libro es duro, no hay garantías de que eso vaya a suceder ni tampoco de que alguien vaya a entenderlo en cuanto lo sueltes.

Total, que no podía poner todas mis esperanzas en ese proyecto, pues la decepción podía llegar a ser devastadora, de modo que empecé a abordar la escritura como mucha gente aborda la jardinería. Nadie cuida de su jardín porque quiera hacerse famoso. Nadie piensa que su jardín sea un fracaso porque haya mucha gente que no lo ve. Tu jardín te gusta, y ya está. Eso fue lo que me enseñó este libro. Escribir el libro me enseñó que existe una especie de felicidad, de placer cotidiano, en querer hacer algo y hacerlo. O sea que si el libro contiene humor es porque para mí uno de los requisitos era que escribir tenía que ser algo divertido.

John Irving: –Hay mucho humor. El Nix es un libro divertidísimo, aunque se trate de un humor escabroso.

Nathan Hill: Es mi tipo de humor preferido. En fin, el libro tenía que aportarme algo de felicidad. Y el final surgió de la sensación de haber aprendido qué significa ser artista, o qué significa ser escritor, gracias a escribir este libro. Y lo que éste me enseñó fue a desprenderme de todas las ideas preconcebidas sobre quién se suponía que debía ser yo, a aceptar la realidad de las cosas tal como eran y a ser feliz con ellas, y a encontrar algún tipo de placer cotidiano en lo que hacía. Puede que suene cursi, que parezca una receta de autoayuda o algo así, pero aquello fue una revelación muy profunda para mí. Y fue entonces cuando encontré el final y sentí, de una vez por todas, que no tenía necesidad de competir con mis compañeros de máster, que estaban publicando libros de todo tipo mientras yo no publicaba nada. De pronto ya no me sentía humillado por no haber publicado aún. Dejé de preocuparme por eso. Estaba dando clases y me concentré en eso al tiempo que, cuando podía, me dedicaba a aquel pasatiempo que me encantaba. Por eso tengo la esperanza de que la emoción del final sea un reflejo de mi propia epifanía.

John Irving: –Bueno, también refleja algo que has mencionado antes, la frase sobre aceptar las cosas como son, porque, sinceramente, cuando llevaba ya varios cientos de páginas leídas, si hubiera tenido que adivinar cómo podía resolverse la historia, cómo iba a terminar aquella historia de disfunción entre madre e hijo, habría apostado a que un doble homicidio tenía bastantes números. Me dije, esto va de cabeza a un apocalipsis personal y político. Pero, sin revelar la considerable sorpresa que tan bien has logrado ocultar, hay un momento en que Samuel (que está enfadado y que consigue que tú también te enfades, no con él sino por él) acepta la realidad. Cuando se da cuenta de lo destructiva que es. Y ese momento es realmente increíble, un soplo de aire fresco del todo inesperado.

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