Postales desde Río de Janeiro

El dictador, los demonios y otras crónicas, que publica Anagrama, reúne artículos que el periodista estadounidense escribió para The New Yorker en la última década. El que se reproduce en estas páginas muestra con crudeza la realidad de las favelas brasileñas
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19 de diciembre de 2009  

Iara, una mujer de treinta y un años, delgada y de piel oscura, dirige la favela de Parque Royal, en Río de Janeiro, para un gangster llamado Fernandinho. Es su "subdelegada", según dice ella misma. Su jefe directo es Leo, que controla en nombre de Fernandinho tanto la barriada de Parque Royal como la cercana Praia do Rosa. Cuando la conocí, Iara, que tiene tres hijas, estaba preparando el cumpleaños de la menor, que cumplía diez. Llevaba pantalón corto rojo, camiseta, chancletas y gorra de béisbol negra encima de la cola de caballo. La camiseta tenía escrito un mensaje en portugués: "No pido que te los lleves del mundo, sino que los guardes del mal. Juan 17:15". Por el bulto se notaba que llevaba una pistola en la cinturilla del pantalón.

Iara dirigía las "relaciones comunitarias" en nombre de la banda. Ella la llamaba "la empresa". Su trabajo era de nuevo cuño pero, según ella, necesario. "Antes había problemas, sobre todo porque los traficantes no respetaban a los vecinos." Ella solía encargarse de solucionar los conflictos "hablando con la gente", pero si el conflicto era importante, "lo subimos a la loma", refiriéndose a Morro do Dendê, la favela donde vivía Fernandinho. [...]

Recorríamos la favela, una aglomeración de chabolas, paredes cubiertas de grafitos y callejones donde las tiendas y los toscos bares que despachan cerveza y cachaza con la música a todo volumen competían por el espacio junto a pequeñas iglesias evangélicas. Jóvenes rudos y armados, que eran traficantes de drogas de la banda de Iara, vigilaban las callejas. Habló con ellos para que no me hicieran nada.

Iara tenía un tatuaje en el brazo izquierdo, un escorpión rodeado de letras. Las letras eran las iniciales de las personas más próximas a ella. Me las fue señalando: sus tres hijas, su madre, su hermana, una sobrina y un sobrino. El padre de Iara se había ido de casa cuando ella tenía un año.

La madre entonces bebía, dijo, "pero ya no". Hoy es evangélica. Iara jugaba al fútbol de adolescente, y lo hacía tan bien que llegó a practicar con profesionales; en este punto me nombró a dos jugadores muy conocidos. Incluso salió en televisión. Pero su hermano mayor le pegaba con frecuencia. "Decía que yo era lesbiana."

Iara había ingresado en la rama local de la banda, el Terceiro Comando Puro, a los catorce años. "Me metí poco a poco, para protegerme de mi hermano, para que me respetara, porque nos pegaba a mi madre y a mí. En cuanto estuve dentro, ya no tuvimos más problemas con él." El hermano de Iara estaba ahora en Bangu, una cárcel situada al sur de Río a la que mandaban a casi todos los gangsters de la ciudad, que tenían el control del establecimiento. "Es la sexta vez que lo meten en la cárcel. Traficaba y robaba."

La hija mayor de Iara, que tenía catorce años, entró en aquel momento para decirle algo a su madre. Vestía pantalón corto y camiseta rosa. Cuando se fue, Iara comentó con orgullo: "Es una buena chica, muy responsable. Incluso me riñe por esto o aquello".

Como elemento de la banda destacado en Parque Royal, Iara percibía un sueldo semanal de 500 reales -alrededor de 250 dólares- y un porcentaje sobre la venta de drogas. Por lo general sacaba unos mil reales a la semana: "Si la mercancía es buena, las ventas mejoran". Con aquel dinero podía mantener a su familia. "Mi único problema es que soy adicta a la hierba. Si por mí fuera, sólo fumaría cuatro veces al día, pero el problema es que, cada vez que salgo, encuentro a alguien fumándose un canuto."

Se había "jubilado" el año anterior, pero habían matado a tiros a su predecesor, y el lugarteniente de Fernandinho, Gilberto Coelho de Oliveira, a quien todo el mundo llamaba Gil, le propuso volver al trabajo y Iara había aceptado. Gil era el mejor amigo de Fernandinho desde la infancia y se decía que era el más violento de los dos.

Iara no pensaba mucho en el futuro. Su idea de la vida perfecta era "sólo vivir, con mis hijas". Tras un rato de silencio y sin que yo le preguntara, me contó que había sido violada cuando tenía la edad de su hija mayor, la única que yo había visto hasta el momento. [...] No se lo había contado a su madre porque tenía miedo de que el violador matase a la madre. Con el tiempo se fugó de casa y se fue a vivir con un hombre, "el que luego fue padre de mis hijas". Pero aquel hombre consumía mucha droga y, al cabo de los años, Iara lo abandonó. En el presente estaba sin pareja.

Le pregunté si era persona religiosa. No lo era, dijo, aunque a veces acompañaba a su tía a la iglesia. Y le gustaba el pastor Sidney, un predicador evangélico local que gozaba del favor de las masas, "porque habla con todos, y si van a matar a alguien, va y habla con el jefe". "Todo el mundo sabe que cuando hay un problema, sólo hay un hombre que puede arreglarlo y ese hombre es Fernandinho."

Parque Royal está situada en Ilha do Governador, la mayor de las islas que pueblan la larga bahía de Guanabara. Se llama así por un gobernador portugués de la época colonial que se construyó allí una plantación de azúcar, pero en la actualidad la isla es un distrito periférico de la creciente área metropolitana de Río y está unida al continente por puentes y carreteras elevadas. Dotada con el Aeropuerto Internacional Antonio Carlos Jobim, una base de la aviación militar, una reserva natural, un astillero y algunas plantas petroquímicas, la isla tiene unos 450.000 habitantes y el veinte por ciento de la población vive en favelas. Parque Royal se alza sobre lo que en otros tiempos había sido un manglar e Iara vive en una de las casitas que se apretujan a lo largo del paseo costero, que está sembrado de basura. La zona apesta a aguas residuales sin procesar, pero nadie parece darse cuenta.

Las primeras favelas de Río -el nombre deriva de una planta de rápido crecimiento- se remontan a los años posteriores a la abolición de la esclavitud, que en Brasil fue en 1888. Los esclavos liberados que no tenían donde vivir construyeron chabolas en laderas peladas y manglares parcialmente desecados. Los ex soldados sin empleo imitaron su ejemplo, y luego los pobres del campo, que llenaban las ciudades huyendo de la sequía crónica y la pobreza. Hace veinte años se dijo que en la ciudad había trescientas favelas. Hace diez años eran seiscientas. Hoy nadie parece saber cuántas hay, aunque se calcula que hay alrededor de mil barriadas de chabolas en las que viven unos tres de los catorce millones de habitantes de Río.

Las favelas empiezan al borde mismo de la autopista del aeropuerto y se extienden hacia el horizonte, parcheando de rojo las verdes laderas. A veces se oyen disparos: son bandas rivales que se disparan desde ambos lados de la autopista. A veces salen a la calzada y detienen el tráfico a punta de pistola para robar a los conductores. Casi todos los visitantes de Río van directamente a los hoteles costeros de la Zona Sul, la parte rica de la ciudad, que se extiende al otro lado del parque de la montaña de Tijuca. Pero también allí hay favelas; en Río no hay forma de escapar totalmente a la pobreza.

De acuerdo con un modelo que se repite en toda la ciudad, los habitantes de la Ilha do Governador viven en la práctica sometidos a la autoridad de un gangster y su ejército privado. Fernandinho, cuyo nombre completo es Fernando Gomes de Freitas, es traficante y tiene treinta y un años. Vive en Morro do Dendê, una colina alfombrada de chabolas, la mayor entre las dieciocho favelas que hay en la isla. Fernandinho las controla todas menos una, en nombre del Terceiro Comando Puro. Además de administrar el tráfico de drogas, percibe "comisiones" -dinero de protección- de organismos y empresas legales, como los autobuses públicos, la televisión por cable y el suministro de gas doméstico. Según cálculos de la policía, Fernandinho ganó en 2007 alrededor de 300.000 dólares al mes con la venta de drogas, y sus ingresos por otras operaciones probablemente fueron superiores. Tiene una legión de hombres pertrechados con armas automáticas con la que impone su ley e imparte justicia inmediata. Es un fugitivo, está entre los diez o quince criminales más buscados en Río. En una orden de búsqueda y captura se lo llama "jefe de Morro do Dendê/Ilha do Governador, armado y peligroso, capaz de matar a cualquiera que lo contradiga o desobedezca sus órdenes". Tiene otros alias: Cebolhina [personaje de cómic muy popular en Brasil. N de R.], el León y Fernandinho de Guarabu, por la favela donde nació. Su padre era un albañil alcohólico que los maltrataba a él y a su madre. Murió, y la madre de Fernandinho trabaja de cajera y dicen que ha rechazado su dinero.

A pesar de las órdenes judiciales contra él, Fernandinho vive a cara descubierta en Morro do Dendê y fundamentalmente se esconde estando a luz del día. [...]Ha habido varias redadas policiales para detenerlo o matarlo. En noviembre de 2005 cumplió veintisiete años y la policía peinó la favela la víspera de la fiesta. Fernandinho había planeado celebrar el cumpleaños a lo grande; iba a coincidir con la inauguración de una piscina pública que había financiado él. Fernandinho escapó, pero la policía confiscó diez mil latas de cerveza almacenadas para la fiesta. La policía volvió a intentarlo en 2007, aprovechando una fiesta organizada por Fernandinho para celebrar la detención de su archienemigo, Marcelo Soares de Medeiros, conocido como Marcelo PQD (de paraquedista = paracaidista), que había sido predecesor de Bizulai. La policía no capturó a Fernandinho, pero encontró una torta de metro y medio de altura, especialmente preparada para la ocasión. La torta se había glaseado con el Salmo 23 y decorado con una figura de Marcelo PQD, con bragas rojas, colgada de una farola. [...]

A diferencia de los cárteles exportadores de Colombia o México, los bandidos de Río son importadores mayoristas -de cocaína de Bolivia, Perú y Colombia, y de marihuana de Paraguay- y tienen sus propias redes de distribución al por menor. Además, son importadores de armas ilegales y han creado un lucrativo mercado negro de armas que llegan de contrabando de los países vecinos. En estas bandas trabajan al menos cien mil personas, en una estructura jerárquica que imita el mundo comercial: los jefes de favela son gerentes gerals , gerentes generales; sus lugartenientes son subgerentes , etc. Los grandes jefazos de la banda son os donos, los amos.

Cuando visité otra favela, en una colina del norte de Río, una mujer a la que llamaré Cicliade, administradora de una ONG que tiene un pequeño centro comunitario, me contó que el Terceiro Comando Puro controlaba la cima de la loma, pero la ladera era territorio del Comando Vermelho. (Hubo un tiroteo durante mi visita. Cicliade me contó que se producían casi a diario.) "La cuesta es del Comando Vermelho, pero esto es del Terceiro Comando Puro", dijo. "Aquí ni siquiera se puede elegir el color. Aquí no podemos llevar nada rojo. Los hinchas del Flamengo", se refiere a un célebre equipo de fútbol local, "se ponen la camiseta del equipo, que es roja y negra, y en este caso no pasa nada, pero no podemos llevar nada que sea sólo rojo." Cicliade se señaló la ropa que llevaba, que era negra. Añadió que en cierta ocasión una chica vestida de rojo se puso a subir la cuesta. "No la mataron porque era evangélica, pero le quitaron la ropa rasgándosela." El año pasado hubo otro incidente. Los traficantes le arrancaron las uñas de las manos a una chica que las llevaba pintadas de rojo. "Ahora ya no nos pintamos las uñas." El jefe de la banda de la cima había estudiado el curso de informática del centro comunitario, añadió Cicliade, y sus hombres no solían entrometerse en su labor.

El Estado no se entromete en las favelas. Las narcobandas imponen su propia justicia, su ley, su orden y su sistema fiscal, todo por la fuerza de las armas. Éstas han contribuido al nivel idiotizante de violencia que han creado las bandas en la ciudad. Como en México, casi todas las armas ilegales de Brasil proceden de Estados Unidos, aunque en los últimos años han empezado a verse armas rusas y cada vez son más potentes. Los hampones cariocas han sido detenidos con ametralladoras y armas antiaéreas militares, y los fusiles de asalto y las granadas de mano son el pan nuestro de cada día. En el cartel policial que notifica la búsqueda de Fernandinho se señala especialmente que posee "una ametralladora Madsen, temible por su tamaño y capacidad". (La Madsen dispara la friolera de quinientos cartuchos por minuto.)

Río de Janeiro es la ciudad del mundo donde se producen más "muertes violentas intencionadas". El año pasado hubo casi cinco mil homicidios y al menos la mitad por asuntos de drogas. [...]

"Río es una de las pocas ciudades del mundo que tiene zonas totalmente controladas por fuerzas armadas que no son del Estado", dijo Alfredo Sirkis, un destacado político de Río que en otra época fue guerrillero marxista. "Cualquier narcobanda de la favela más pequeña de Río tiene hoy más armas de las que tuvimos nosotros en toda nuestra historia. Nosotros teníamos fundamentalmente un fusil, dos ametralladoras y un par de granadas. Y sólo con aquello teníamos en jaque al Estado." Se echó a reír y cabeceó. "Pero nadie quiere ya la revolución; lo que quieren éstos de las pistolas es su ración de cultura del consumo, e inmediatamente. Es infantil, moralmente infantil, y matan como niños, además, como en un juego de guerra para niños. No tienen ni unidad ni ideología política. Si la tuvieran, serían un peligro; pero por el momento no la tienen. Hoy por hoy son un grupo anárquico y totalmente entrópico de jóvenes que han ideado la forma de conseguir lo que ambicionan, que en esencia se reduce a ropa, coches y respeto."

En realidad, lo que sucede en Río puede verse en mayor o menor medida en toda Latinoamérica, en particular en México, América Central y Colombia. Veinte años después del hundimiento del comunismo, las guerrillas marxistas de la región han desaparecido y en su lugar se han impuesto las mafias violentas de la droga.

Sirkis, concejal del ayuntamiento de Río por cuarta vez, es alto, delgado y rubio, y tiene cincuenta y nueve años. Es brasileño de primera generación. Sus padres eran judíos polacos que se salvaron del genocidio y emigraron a Brasil. Sirkis nació en Río y allí se educó. En la universidad, a fines de los años sesenta, se afilió a la Vanguardia Popular Revolucionaria, un grupo de guerrilla urbana que quería derrocar por la violencia la dictadura militar de Brasil. Atracó bancos y participó en el secuestro del embajador suizo, al que vigiló personalmente, arma en mano, durante cuarenta días. (Liberaron ileso al diplomático cuando el régimen militar accedió a excarcelar a 110 presos políticos.) En 1971 cayeron casi todos sus compañeros y Sirkis huyó del país. Fue de un país a otro durante nueve años exiliado, en Santiago, Buenos Aires, París y Lisboa, y volvió a Brasil cuando el gobierno decretó una amnistía política. Sirkis renegó de la lucha armada en un libro publicado en 1980 , Os carbonários . Ahora es un destacado ecologista y dirigente del Partido Verde de Brasil, por el que se presentó a las elecciones presidenciales de 1998. [...]

Sirkis compara la difusión de la cultura de las bandas en Río con el atractivo que supone Al Qaeda para los jóvenes sin voto de las sociedades islámicas. "Es una especie de autoafirmación, un mecanismo sin apenas control y que prolifera libremente. Hay una situación social que genera cierta clase de personas y crea un modelo que los jóvenes imitan, y ese modelo es un traficante que empuña un AR-15 y calza Nike. Es una forma de hacerse hombre. Las chicas lo ven y él lucha contra sus enemigos, que son jóvenes como él. Engendra una especie de lealtad a algo. Cada año se enrola gente más joven; en los últimos tiempos hay incluso niños de diez años. Es un fenómeno parecido a la Edad Media, un feudalismo y un caciquismo sin otra finalidad que vivir al día; es una sublevación no ideológica de baja intensidad."

Es una sublevación de la que prácticamente no se informa. Casi todos los periodistas brasileños dejaron de ir a las favelas a raíz de una atrocidad cometida en 2002. Tim Lopes, un conocido informador de la cadena de televisión O Globo, grabó con cámara oculta un baile funk en una favela y desapareció. Días después, la policía encontró su cadáver mutilado y calcinado. Lo habían matado entre torturas -apaleado, cortado en pedazos con una espada de samurái y luego incinerado- un jefe del Comando Vermeilho y sus hombres. Con el tiempo, detuvieron a los responsables, que confesaron su participación en el crimen. Por increíble que parezca, todos (excepto uno que escapó y otro que fue abatido por la policía) están otra vez en libertad gracias a las sentencias habituales en Brasil, que son estrafalariamente generosas.

"Nuestro problema es que domina la cultura de lo políticamente correcto -dijo Sirkis-. Cháchara escandinava en una realidad iraquí. Río es totalmente esquizofrénico. Todo el mundo es políticamente correctísimo; ¿la violencia?, la violencia procede de algunas injusticias. Al mismo tiempo, les gustaría liquidar las favelas, al estilo de Buck Rogers, con un Desintegrador. Deus et Magna , pero sin mancharse las manos. Ése es nuestro dilema." La espeluznante muerte de Tim Lopes, más el clima de impunidad criminal, ha dado lugar a que la información sobre las favelas de Río se limite a lo que figura en las fichas de la policía y a los testimonios ante los tribunales. En mayo de 2008 se produjo otro episodio que puso de manifiesto los peligros que corría la profesión periodística. Dos reporteros del diario O Dia y su chofer fueron secuestrados en una favela y luego torturados durante varias horas, hasta que los soltaron. Los torturadores, que fueron detenidos posteriormente, resultaron ser policías, miembros de una "milicia" justiciera. Hace cosa de diez años, algunos policías y bomberos organizaron extraoficialmente estas milicias para atacar a las bandas de la droga. Con la complicidad de unidades de policía en servicio activo, seleccionaron determinadas favelas controladas por las bandas y mataron a todos sus miembros. En Río hay actualmente un centenar de favelas en manos de estas milicias, que han pasado a ser bandas criminales por derecho propio. (Conocí a un miliciano llamado Silva en una favela que él ayudaba a controlar cerca de Cidade de Deus y le pregunté si existía el peligro de que las milicias se convirtieran en mafias. "Ya son mafias", contestó. Sostenía, sin embargo, que no trabajaban con droga. La especialidad de Silva, me dijeron, era "hacer desaparecer cuerpos".) La única favela de la isla que no está controlada por Fernandinho, lo está por una milicia de este jaez.

[Traducción: Antonio-Prometeo Moya]

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