¿Qué hay de nuevo en el Rialto?

A propósito de Léxico familiar , el libro de memorias de la italiana Natalia Ginzburg, de cuya muerte se cumplen diez años, la escritora sudafricana, premio Nobel de Literatura 1991, evoca su propia niñez en Johannesburgo y las viejas expresiones, eco de remotas costumbres, que tenían un sentido y una dimensión especiales en el ámbito doméstico. Esas palabras eran el íntimo idioma de la vida en un hogar de inmigrantes y hoy han sido reemplazadas por la invasión de jergas y dialectos de los nuevos desarraigados
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12 de diciembre de 2001  

La relectura del libro de Natalia Ginzburg Léxico familiar no sólo me trajo a la memoria una obra que, cuando la leí por primera vez en los años 60, traducida del italiano, me pareció singularmente hermosa, sino que además abrió un camino en mi propia vida, tan cubierto por matorrales que lo había tomado por un callejón sin salida.

¿Qué es Léxico familiar ? ¿Una historia familiar ficcionalizada? ¿Qué se dijo realmente en su familia italiana y qué inventó Natalia sobre la base de lo que ella oía en el seno de su familia italiana entre los años treinta y cincuenta? ¿Diálogos añadidos, creados por la inventiva que dan la familiaridad y las emociones -amor, resentimiento, comprensión- que ella misma compartía?

Pero escribe: "Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. No he inventado nada. Cada vez que me sorprendía inventando algo, conforme a mis viejos hábitos de novelista, al punto me sentía impelida a destruir todo lo inventado". A ella no se le aplica la advertencia usual de que "cualquier parecido de los personajes con seres de la realidad es meramente casual". "Todos los nombres son reales [...] Quizás, a algunos les disguste encontrarse descritos en un libro bajo sus propios nombres. A ésos, nada tengo que decirles." Y sin embargo, reaparece la otra admonición, la que se hace a sí misma esta traductora de Proust ( En busca del tiempo perdido , nada menos): "No debo dejarme seducir por la autobiografía como tal". Su caminata a ciegas hacia el pasado no está señalada por una baldosa floja en el patio de los Guermantes ni por el mordisco a una madeleine, sino por el hecho de alcanzar a oír, como un eco en su presente, la íntima lengua franca de una vida familiar desaparecida.

Esa lengua franca habla de unas relaciones familiares cada vez más afectadas por opiniones antagónicas acerca de los fascistas y antifascistas y, a la larga, por las acciones de ambos bandos (su familia pertenecía al segundo). Cuando escucho lejanamente, en el recuerdo, mi propio léxico familiar, me encuentro con la atmósfera de un contexto diferente, aunque afín: el racismo colonial primero y, luego, su apogeo, el apartheid . Pero aun cuando Ginzburg se casó con un extranjero -un revolucionario ruso judío-, su propia familia, judía a medias, era italiana y profundamente enraizada en su país natal. No había ningún terruño relativamente cercano.

Ahora que el léxico familiar vuelve a mí, desde la casa en esa ciudad sudafricana rodeada de minas de oro en que nací y me crié, empiezo a comprender que, envuelta en el clamor del racismo y el antirracismo, no oía esa otra voz cuyo significado jamás busqué. Por supuesto, nunca conocemos a nuestros padres, por muy antigua y estable que sea nuestra posición social. Pero, en particular, no conocemos a los padres inmigrantes si, como en mi caso, nos han incorporado en forma absoluta e incondicional en su vida asimilada, no a su país natal, sino al nuestro. Mi madre y mis abuelos maternos (los únicos que conocí) llegaron a Sudáfrica desde Inglaterra; mi padre, desde Letonia. En Europa, había revoluciones y guerras; ninguno regresó allá. Como Natalia, no me propongo dejarme seducir por lo autobiográfico. Sólo puedo confirmarme a mí misma que vivíamos absolutamente en el presente, en la ciudad minera y en la gran ciudad donde vivían mis abuelos. Para mí, las vidas de mis padres y abuelos habían comenzado con la mía. Mi tiempo, mi lugar. Sólo ahora me siento impulsada a descifrar, a partir del léxico familiar, el significado de esos dichos como pistas hacia la vida, hacia la Atlántida sumergida del pasado en que ellos habían vivido sin mí, mucho antes de que yo naciera. Esas expresiones se han convertido en mi pequeño glosario sobre su procedencia, no como aparecería marcada en un mapamundi, sino en actitudes y percepciones formadas para hacer frente a la vida en otra parte o para contrarrestar la alienación del inmigrante en el país que adoptó sin tener la certeza de haber sido adoptado por él.

Mi abuelo, Mark Myers, amaba a su vieja esposa, Phoebe, pero dudaba de su inteligencia para hacer las compras. El era un experto en frutas, tan perfeccionista en ese terreno como cualquier connaisseur de vinos en el suyo. Cuando ella iba a la verdulería, al regresar a su departamento en Johannesburgo, tenía que abrir su bolsa de red a la vista de su marido. El solía tomar el melón y olerlo, luego deslizaba un dedo sobre la piel de un durazno, alerta a cualquier machucón. Quizá la pillaba con la palta, demasiado dura o demasiado madura, él la sacudía suavemente, con el oído atento al ruido del carozo desprendido de la pulpa. Después, el dictamen burlón, suavizado por un apodo cariñoso de los viejos tiempos: " Bob , te vieron la cara".

Ese reproche amistoso no existía en el lenguaje sudafricano. Mark Myers era un cockney , con la sabiduría callejera del mercado de Covent Garden. Ninguno de nosotros sabía en qué había trabajado antes de venir al Africa, a Kimberley, como buscador (fracasado) de diamantes. Pero nos apropiamos de su expresión. Si estafaban a alguien de la familia, teníamos a mano la afectuosa burla londinense: " Bob , te vieron la cara". Si el pasado de mi abuelo aún perduraba para él en la intimidad, en los ejemplares de News of the World , el diario sensacionalista de Londres al que estaba suscripto y que recibía por correo marítimo, el de mi padre estaba hundido a veinte brazas de profundidad. El inevitable shtetl (pueblito) en la región de Riga había desaparecido o había sido rebautizado al trazarse las nuevas fronteras; la población restante había muerto en los pogromos o, más tarde, en la guerra. El tendría unos once años cuando dejó la escuela, fue aprendiz de relojero y, a los trece, emigró a Sudáfrica; allí practicó su oficio por varios años, junto a las minas de oro, llegó a ser dueño de una joyería y prosperó lo suficiente para tener un empleado que reparara los relojes. Eso era lo que sabíamos. Y eso era todo. Evidentemente, su origen era humilde en comparación con la clase media a la que pertenecía mi madre, cuyo padre obtenía sus modestos ingresos especulando en la bolsa, medio de vida elegante de un jugador respetable. Mi madre era el producto de una buena escuela para niñas y tocaba el piano. Lejos de tranquilizar a su esposo respecto a sus orígenes, cuando reñían, tenía la última palabra recurriendo a su léxico familiar: los antepasados de él "dormían en un establo". El nunca hablaba de su terruño y yo, influida, sin duda, por el rechazo materno de su humilde pasado extranjero, jamás le pregunté por él.

El sentimiento de inferioridad de mi padre implicaba, a la inversa, un sentimiento de superioridad. Se había casado "por encima de su condición"; mi madre se encargaba de hacérselo notar. Tal vez él ignorase la expresión, pero era consciente de su significado. El no se había hecho buscar en su terruño -como hicieron otros inmigrantes, antes de que el pueblo desapareciera- una esposa de su condición, entre la gente pobre y aterida que dormía en el establo.

La fuente principal y duradera de su inferioridad superior radicaba en que mi madre era anglófona nativa, hija de anglófonos genuinos. Gracias a la ventaja de convivir con ella, escucharla y tener, al menos, la fortuna de poseer un oído de loro, él hablaba en inglés casi sin el menor acento de los judíos de Europa Oriental, ése que da pábulo a los humoristas espontáneos. Su lengua materna debe de haber sido el yiddish; en nuestra familia no había nadie, de ninguna generación, con quien hablarlo; para él, era una lengua muerta. Cuando entraba en su joyería algún cliente de habla alemana, producto de una nueva inmigración, esta vez provocada por los pogromos nazis, salían a relucir sus escasos conocimientos de alemán, adquiridos en su breve paso por la escuela. Al parecer, también sabía un poco de ruso: durante la Segunda Guerra Mundial, si llegaban noticias del frente ruso, podía pronunciar todos los nombres impronunciables de ciudades y generales. Había aprendido de oídas lo suficiente del afrikaans para tratar con sus clientes, los afrikáners blancos de la ciudad. Y, en una muestra aún más evidente de las exigencias a que debía someterse un inmigrante para sobrevivir, había aprendido por sí solo la jerga inventada por las compañías mineras coloniales para que los patrones blancos pudieran comunicarse con los trabajadores negros contratados en toda el Africa meridional, central y oriental: una mezcla concisa, supuestamente más o menos comprensible para todos, de verbos y sustantivos tomados del zulú, el afrikaans y el inglés, denominada "fanagalo". Consistía principalmente en órdenes básicas. Debe de haberlo adquirido -tuvo que haberlo adquirido- en sus primeros tiempos de inmigrante, cuando recorría las minas arreglando los relojes de los obreros.

Todo esto era puro mimetismo. ¿Acaso no es ése, por cierto, el primer requisito indispensable para sobrevivir como inmigrante en cualquier tiempo y lugar?

Sabía inglés. Lo hablaba con la fluidez suficiente para todos los fines de nuestra comunicación diaria. Había refinado su fonética eligiendo una esposa "inglesa". Tenía hijas "inglesas" que, por las noches, leían a su lado El doctor Dolittle y Mujercitas , libros que él nunca había oído mencionar, de una cultura que, según le aseguraba su esposa, no le pertenecía.

Sin embargo, vuelvo a oírlo. Cuando regresaba de su negocio, al final de la jornada, y encontraba a las amigas de mi madre reunidas en torno a su martini, su saludo habitual era: "¿Qué hay de nuevo en el Rialto?" ¿De dónde provenía, para él, esa cita? Leía tan sólo el diario; ciertamente, jamás había leído El mercader de Venecia . ¿Qué lucha temprana y ardua con un libro de frases, qué escasas lecciones de inglés, guardadas con avaricia, representaba ese dicho familiar? La información que en realidad él estaba transmitiendo a través de esa cita era que él compartía los supuestos culturales del grupo.

Las expresiones cockney de mi abuelo afirmaban su pasado; las de mi padre, su necesidad de seguir ocupando un lugar en su presente. Cuando la gente se quejaba de una desgracia, de los defectos del ayuntamiento o de sus problemas de subsistencia, él tenía otra frase en su afrikaans adoptivo, quizá más expresiva que su equivalente inglés: So gaan dit in die wereld ("Así anda el mundo"). Y si alguien estaba en un aprieto y se desesperaba, o perdía la primera vuelta en un torneo de golf, saltaba con More is nog Ôn dag ("Mañana será otro día"). Oí estos dichos una y otra vez, sin reconocer en ellos las tácticas del inmigrante en busca de aceptación. Eran llamamientos de ese forastero que era mi padre. El estaba reinventando algo: a sí mismo.

¿En qué medida la autoestima proviene de definir a alguien como nuestro inferior en la escala de valores humanos?

¿Dónde, y a quién, puede despreciar un inmigrante desde su precaria posición? Identificar a esa persona aunque, a su vez, él sea identificado por otros como inferior a ellos, es un componente del racismo. La casualidad y la historia hicieron que mi padre llegara a un país donde quienes ejercían el poder político y el control social, en forma segura y absoluta, miraban con indulgencia la autoestima racista. (La historia se volvería contra ellos mucho después, al terminar la dominación blanca...). Aquella comunidad blanca de Sudáfrica -a la que él "pertenecía" al menos por la palidez de su piel- despreciaba a la población negra, cuyo país había colonizado y gobernaba por la fuerza. Así, hasta un inmigrante cuyos compatriotas "dormían en el establo" era provisto de algún individuo, algún congénere, a quien considerar su inferior. Mi padre acataba los criterios sociales racistas de la población urbana blanca, nuestras amistades de familia, sus colegas comerciantes y, como ellos, usaba un dicho de esta familia extensa de blancos. La censura más fuerte contra la grosería de un hombre blanco, ebrio o sobrio, era tildarlo de "cafre blanco".

Mi madre jamás usaba esa expresión; de hecho, su semblante confirmaba hasta qué punto consideraba una muestra de la grosería de mi padre el hecho de que precisamente él considerara insultante, para un blanco, el calificativo de "negro".

El racismo de las expresiones locales que me eran familiares tenía sus sutilezas. Hasta mi madre, que no era racista cuando de negros y blancos se trataba, las usaba. Entre los judíos, había otra expresión de desagrado: "Ese es un verdadero peruano". "Ese" solía ser un judío cuyo comportamiento ruidoso, extravagante y vulgar los ofendía. Ese "verdadero peruano" no era oriundo de Perú y, sin duda, la connotación insultante recaía por igual en él y en los peruanos. Nadie de la comunidad había visitado Perú jamás. Entre nuestra población blanca de origen inglés, escocés, irlandés, galés, holandés, judío, alemán y griego, no había un solo peruano. ¿Por qué habrían de asociar con Perú ese modo de comportarse? Le veo una sola explicación: para quien eso decía, Perú era el fin del mundo, algo situado más allá de la civilización, el último lugar creado por Dios, tan remoto como Africa podría parecer a los peruanos. Tal vez, ese epíteto ridículo también servía para distanciar a los judíos locales de conductas que pudiesen infundir una pizca de credibilidad al sordo antisemitismo de los afrikáners, a su vez discriminados por los blancos de habla inglesa.

Cincuenta o más años después, descifré ese léxico familiar: eran los ecos de un hogar perdido -el del abuelo Myers- en una cultura inmigrante, o el intento ingenuamente taimado -el de mi padre- de sobrevivir escapando de esa cultura. Hoy, al caminar por los suburbios de Johannesburgo, paso junto a elegantes galerías comerciales y atravieso mercados callejeros, donde vendedores extranjeros agitan y bambolean ante mis ojos máscaras y joyas, tallas y esculturas, sonajas de cauris y semillas, importunándome con su imitación de la jerga comercial anglo-sudafricana. Han venido desde todas partes de Africa; entre ellos, hablan las lenguas de sus terruños: Malí, Congo, Zimbabwe, Zambia, Kenya, Senegal, Etiopía... dondequiera haya guerra, inundaciones, sequías y miseria. Comparados con ellos, somos un país rico aunque tengamos nuestra cuota de pobres y desocupados.

Procuran engatusarnos con frases de las que sólo entienden su intención: son su léxico familiar.

Son los recién venidos, en la cadena interminable de inmigrantes sin patria que forma y reforma el mundo, en una globalización muy, pero muy anterior a cualquier concepto actual. Eso es lo que hay de nuevo en el Rialto; no es ninguna novedad. Simplemente, sobrevivir.

Nadine Gordimer obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1991; su novela más reciente es The Pickup (Farrar, Straus & Giroux, en prensa).

Cara Natalia

Natalia Levi, conocida en el mundo literario como Natalia Ginzburg, nació en Palermo en 1916, en un hogar judío. La tragedia y la profunda pasión humanista marcaron su existencia y la de los seres que amó. Su padre, Giuseppe Levi, distinguido profesor universitario, estuvo en la cárcel por sus actividades antifascistas. La infancia y la adolescencia de Natalia se desarrollaron en Turín. A los dieciocho años publicó su primer cuento, Ibambini . Fue amiga de Cesare Pavese, sobre el que escribió páginas conmovedoras.

Cuando Natalia se casó con Leone Ginzburg resolvió firmar sus obras con el apellido del marido. Leone enseñaba literatura rusa y trabajaba para la editorial Einaudi. Comprometido en la resistencia antifascista, Leone fue confinado a un pueblito del Abruzzo. Allí Natalia escribió su primera novela, La strada che va in città . En 1944 su esposo, encerrado en la cárcel de Regina Coeli en Roma, fue matado por los fascistas. Tres años después, Natalia publicó su segunda novela, E stato così . En 1950 se unió al crítico Gabriele Baldini. Con su libro de cuentos Valentino , Ginzburg ganó el premio Viareggio y con Léxico familiar obtuvo el premio Strega. Quizá su novela más popular sea Caro Michele . En 1983, ingresó en el Parlamento. Su última obra de ficción fue La città e la casa . Murió en Roma el 7 de octubre de 1991.

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