Radiografía de un fracaso

EL SUEÑO ETERNO Por Joaquín Morales Solá-(Planeta)-297 páginas-($ 17)
Santiago Kovadloff
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30 de enero de 2002  

Nada más doloroso, en estos días desolados, que recorrer la trama, compleja y efímera a la vez, del gobierno aliancista, ese tejido de intenciones incumplidas que hilvanaron y destruyeron Fernando de la Rúa y Carlos Alvarez. Pero tampoco nada más necesario, si se aspira a entender -y no sólo a condenar- lo que sucedió en la Argentina entre diciembre de 1999 y diciembre de 2001. Consecuente con esta necesidad es la propuesta que en El sueño eterno nos formula Joaquín Morales Solá. La suya es, de hecho y tal como lo anticipa el subtítulo del libro, una semblanza del "ascenso y caída de la Alianza".

Los sucesivos traspiés de la economía, así como los sobornos del Senado; el descomunal derroche de fondos venidos del exterior, la desocupación creciente y la expansión y ahondamiento de la miseria; las incongruencias y mezquindades partidarias y los personalismos tan irreductibles como implacables; la incurable avidez sectorial de poder y las interminables conspiraciones de todos contra todos; el cinismo y la hipocresía de los políticos enmascarados en la retórica de los principios. Nada falta en este libro contundente, tenso y minucioso que retrata con velada desesperación la tragedia de una nación que no logra recuperarse e imponerse a la percepción de sus clases dirigentes como un todo, pues en ellas nada se honra con más devoción y segura impunidad que el poder corporativo.

Especialmente estremecedor es el relato del episodio que tuvo al autor poco menos que como testigo de los hechos: el del soborno de los senadores a cambio de la aprobación de una ley laboral. Ese relato que no ahorra detalles y que, con cada una de sus frases, cae sobre el lector como un mazazo, constituye en sí mismo una crónica antológica del señorío alcanzado por la corrupción en la vida política argentina. Pero más allá de él, el libro en su conjunto sabe dar acceso a un escenario cruento del que resultan los amargos días del presente: el del pavoroso contraste entre los problemas nacionales desoídos durante el gobierno de la Alianza y la pasión que consumió por igual al oficialismo y a la oposición en una guerra sin cuartel por los espacios de poder. Esta brecha, abierta entre los intereses de la Nación y la desaforada ambición sectorial y personal, alcanzó en dos años, preparada y alentada por el desenfreno de la década menemista, una dimensión brutal y trágica. El recuento de las intrigas palaciegas, realizado con igual minuciosidad y habilidad narrativa, prueba hasta qué punto la coalición gobernante, creada de apuro para acceder al poder, estaba congénitamente inhabilitada para ejercerlo. "Nunca hubo, en rigor una experiencia aliancista", sentencia Morales Solá. Sus resultados, en consecuencia, no podían ser sino catastróficos. De hecho y en estricto sentido, la Alianza no llegó a deshacerse porque jamás se constituyó. Y es esa condición espectral la que inspira las páginas sombrías de este libro.

Cronista antes que historiador, Joaquín Morales Solá logra, sin embargo, una convincente semblanza de los males estructurales del país. En los sucesos de cada día, su olfato periodístico descubre y denuncia la desgastante persistencia de un fracaso seminal.

Como Isaiah Berlin en muchos de sus mejores ensayos, Morales Solá también demuestra predilección por el retrato de las personalidades de los dirigentes políticos. A ellas asocia el curso que, para bien o para mal, siempre toman los hechos decisivos de un país. Merecen trascripción, en tal sentido, varias de las notas con que el autor de El sueño eterno distingue a algunos de los actores de los años aliancistas.

A Fernando de la Rúa lo designa "el presidente informe y meditabundo". "Le huye -añade- a la crítica, aspira siempre a generalizar la responsabilidad que es de él y termina licuando las mejores iniciativas en un híbrido que no resuelve nada. Celoso de sus espacios de poder, desconfía de todo y de casi todos." Este libro, de más está decirlo, no profetiza la caída de Fernando de la Rúa pero sentencia como irremontable su ineptitud para gobernar.

A Domingo Cavallo se lo diagnostica como hombre de "fronteras morales móviles". Tras describirlo como el único dirigente político que, en su momento, "proponía sin cesar, la renuncia masiva de todos los senadores", Morales Solá subraya que, al volver a hacerse cargo de la cartera en la fugaz era aliancista, "lo primero que resolvió fue desplegar un manto de impunidad" sobre todos ellos. "Necesitaba los votos de éstos para aprobar sus primeras leyes."

A Carlos Alvarez, reconocido por su solitario coraje en la denuncia del Senado, se le recuerda con pesar que "la sociedad parece necesitar que sus líderes, sobre todo cuando enarbolan causas justas, retengan los lugares que alcanzaron y planteen la lucha desde allí. [...] El error no fue su renuncia sino haber llegado a donde llegó con tan pocos elementos objetivos de unión con sus socios radicales, que ni siquiera compartieron sus denuncias sobre las coimas a los senadores".

La idiosincrasia peronista, por supuesto, tampoco escapa a la crítica: "En un país fracturado, en medio del colapso económico y del incalculable daño social, el peronismo no aportó durante dos años más que figuras mediáticas que trataban de enterrar el recuerdo de la administración de Menem. [...] Los gobernadores de ese partido, convertidos en señores feudales sin una visión nacional del conflicto argentino, se limitaron a reclamar los despojos de un gobierno nacional exhausto y estéril".

Tres son, en cambio, las figuras a las que el autor tributa algún reconocimiento. De un par de ellas se dice lo siguiente: "Así como todo pudo ser mejor, también es cierto que pudo ser peor. Dos personas contribuyeron a que la crisis nacional no ardiera en fuegos más intensos: Colombo, jefe de Gabinete, y Rodríguez Giavarini, ministro de Relaciones Exteriores". Por último, a Elisa Carrió se la pinta así: "Frontal, punzante y a veces injusta, la diputada Elisa Carrió cumplió, a pesar de ello, el rol de conciencia de la República".

En política y no sólo en ella, hasta el más diáfano de los hombres guarda algún secreto. Morales Solá lo sabe y, sobre todo, sabe descubrir ese secreto, iluminar lo velado, lo que celosamente se aspira a resguardar de toda difusión y a veces, de toda memoria. No en vano se dice de él que es uno de los periodistas mejor informados del país. Con todo, este atributo no conforma, para mí, su mérito decisivo. El hombre mejor informado no siempre es el que sabe lidiar ejemplarmente con los datos de que dispone. Este, en cambio, siempre es un intérprete. Y el intérprete cabal es aquél que logra relacionar los hechos de tal manera que arrojen luz inédita sobre lo que en conjunto implican e importa saber. Pero interpretar no sólo significa saber leer sino infundir, además, un acento personal a lo que se propone. Morales Solá lo hace. Y el suyo, que es un acento a veces mordaz, cáustico y a veces irónico, está siempre atravesado por un aliento fuertemente reflexivo. Es esa elocuencia personal, por lo demás, la que tanto ha contribuido a convertir sus columnas de LA NACION en lectura dominical obligada, como bien lo reconoce José Claudio Escribano, subdirector del matutino, en el prólogo del libro.

Convengamos, por último, que la expresión "sueño eterno" que da título a la obra es lo suficientemente ambigua como para resultar sugestiva. Por una parte, remite a una aspiración siempre incumplida, a un anhelo tan indeclinable como aplazado: el de dar vida a una nación sólida, seria, justiciera. Por otra, como también se sabe, la expresión "sueño eterno" nos habla de la muerte. Eterno es el sueño que emprenden los muertos o aquél en el que perduran, a juicio de los vivos. Está en nosotros, los argentinos, parece concluir Morales Solá, decidir si esta expresión, en cualquiera de sus dos sentidos, puede dejar de ser, de una buena vez, una definición de lo que somos.

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