Reflejos porteños de Proust

El Palacio Errázuriz, hoy Museo Nacional de Arte Decorativo, fue el sueño de grandeza de un embajador nacido en Chile, casado con una argentina y enamorado de París
El Palacio Errázuriz, hoy Museo Nacional de Arte Decorativo, fue el sueño de grandeza de un embajador nacido en Chile, casado con una argentina y enamorado de París
(0)
27 de enero de 2002  

Hacia mediados de 1910, en el momento en que Georges Clemenceau descubría una Buenos Aires a la que llamaría "una gran ciudad de Europa", sobre un tablero de dibujo en un estudio parisiense cerca del Trocadero, el arquitecto René Sergent incitaba a un hesitante Matías Errázuriz a perseverar diciéndole: "...No se arrepienta de su folie . La que en aquel entonces dieron en llamar locura de reyes y de magnates nos dejó esos tesoros inagotables de arte, que son refugio de belleza en la mediocridad del momento. Andando el tiempo verá usted su ideal realizado; Buenos Aires poseerá algo así como la Wallace Collection de Londres, un Museo de Artes Decorativas, un solaz en las horas de descanso..." (1) La desmesurada empresa de Matías Errázuriz, que insumió una gran fortuna, más de una década de intenso trabajo y debió sortear todos los obstáculos que impuso el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, encontró su destino definitivo al transformarse en Museo Nacional de Arte Decorativo en 1937.

Clasicismo y modernidad

El denominado Palacio Errázuriz fue originalmente la residencia del matrimonio integrado por el chileno Matías Errázuriz y la argentina Josefina de Alvear, integrantes ambos de familias que tuvieron un gran protagonismo social y político. Hacia 1907 la familia se radicó en París y completó una estada de diez años antes de regresar y establecerse en Buenos Aires. Durante esa época, los Errázuriz participaron del más espléndido momento de la mundana y sofisticada bélle époque parisiense, disfrutando de los rituales de temporada, de la vida de salón, del trato con los artistas consagrados y de la búsqueda de piezas en remates inéditos.

Ellos fueron parte del círculo de sudamericanos que, encabezados por parientes de Matías, como Eugenia Errázuriz o Ramón Subercasseaux, lideraron una renovación del gusto que buscaba la autenticidad y la depuración e integraba sin prejuicios tradición y modernidad. Esta actitud, basada en calibrados desprejuicios y equilibrada audacia, le permitiría a Eugenia Errázuriz jugadas inéditas como colocar un Picasso sobre un mueble firmado del siglo XVIII. Y a Matías Errázuriz, encargar a Sergent su residencia de Buenos Aires y a Le Corbusier su casa de verano en Zapallar, sobre el Pacífico.

La arquitectura del conjunto edificado sobre la entonces Avenida Alvear es una muestra de la estética predominante en la búsqueda de un clasicismo perdido. En este proyecto, como en toda su obra, Sergent sigue fielmente el postulado de Charles Péguy "alejarse de las fecundidades del desorden y de las esterilidades del orden". Su maestría en la técnica del pastiche le permite insuflar nuevos aires a sus obras. En este caso, se valió de la inspiración en consagrados motivos de la arquitectura de Jacques-Ange Gabriel, que adaptó con talento a las distintas fachadas del edificio. Estas se ofrecen a la visión del observador como cuadros independientes, que requieren de un recorrido secuencial -a la manera de las propuestas de vanguardia de la década siguiente-, para completar la percepción integral del edificio.

Los frentes son inseparables en su composición del tratamiento de los espacios exteriores diseñados por Achille Duchne, que los concebía no sólo como marco de la arquitectura sino como verdaderos "salones al aire libre", una suerte de expansión natural de los ambientes de recepción de la casa.

El interior del edificio también exhibe una composición heterodoxa: los salones se articulan sin preeminencias ni jerarquías secuenciales, sin estructurarse a través de ejes en perspectivas ordenadas.

Un trabajo de equipo

El Palacio Errázuriz tuvo a su propietario como activo participante de la concepción del edificio, casi se diría que compartió la mesa de dibujo con el arquitecto. Varias de las piezas de la colección Errázuriz-Alvear condicionaron las dimensiones y el estilo de los ambientes interiores.

La decoración de los salones fue confiada a los mejores especialistas franceses: André Carlhian tuvo a su cargo el escritorio y el salón Luis XVI, para los que adaptó y completó boiseries del siglo XVIII extraídas del H™tel Letellier, de París. Georges Hoenschel concibió la decoración del comedor, una recreación del estilo Luis XIV.

A Georges Nelson le fue encargada la ambientación del gran Hall Renacimiento, condicionada por la ubicación de tres tapices de la manufactura de Bruselas, siglo XVI.

Dentro del conjunto de interiores, sobresale por su avanzada concepción el cuarto privado que Matías hijo encargó a su amigo José María Sert, en la cúspide de su fama. Concebido en 1919, en sintonía con las innovadoras propuestas de los Ballets Rusos, de Dhiaghilev, para quien el mismo Sert había realizado escenografías y vestuarios, el valor de las superficies planas, las texturas y el color prefiguran la estética art déco.

El refinado eclecticismo de la arquitectura interior coincidía con el de la colección que los Errázuriz reunieron durante sus estadas en Europa. Entre las esculturas eligieron las góticas quimeras de la catedral de Laon; el busto de Luis XIV, de Coysevaux; el de María Antonieta, de Houdon; los grupos de Bacante y fauno , de Carpeaux; La eterna primavera , de Rodin, o la maqueta del monumento al general Alvear de Bourdelle. La pintura incluía obras de Giotto, El Greco, Bellotto, Fantin La Tour, Fragonard, Delacroix, Manet, Corot, entre otras firmas consagradas. Completan la colección muebles firmados por grandes ebanistas como Jacob, Riesener o Saunier. Un capítulo aparte merecería la colección de libros de Matías Errázuriz, un bibliófilo de ley.

Como presagiaban las conversaciones entre los Errázuriz y Sergent, el conjunto del palacio y sus colecciones se transformó en excelente muestra de la arquitectura europea en el último rincón de América del Sur. Buena parte de la colección Errázuriz-Alvear fue la base del acervo artístico de la institución, acrecentado con distintas donaciones, entre las que se destaca el conjunto de miniaturas pertenecientes a la condesa Zouboff.

El conjunto integrado por el Palacio Errázuriz, su jardín y colecciones es un monumento singular de la bélle époque, único en su tipo en América latina. Por su jerarquía, sólo puede compararse con otras dos casas-museo construidos en el mismo período: el Museo Camondó, en París, y la Colección Frick, en Nueva York.

(1) Matías Errázuriz, "Recordando", Ed. Viau, Buenos Aires 1937

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.