Reino animal

Daniel Gigena
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31 de agosto de 2012  

Tres muestras consagradas a los animales -distintas versiones de lo sagrado que hay en los animales como denominador común- y a su representación conviven en Foster Catena. De la industria del entretenimiento al derecho, de la ciencia a la ética, pasando por la filosofía y las religiones, la "cuestión animal" ha abierto también debates y campos de experimentación en el arte, que, por suerte, se distancian del recurso al antropomorfismo.

En Reino Pelícano , Verónica Gómez (Buenos Aires, 1976) recorta escenas en las que reverbera la prosapia bíblica y alegórica del pájaro marino que, si es necesario, alimenta con su propia sangre a las crías. Por esa leyenda, el pelícano ha sido adoptado como símbolo de la eucaristía cristiana en la iconografía de rosacruces y masones. La herida, sin embargo, aparece en la exhibición como una lujuriosa fuente figurativa de flores, frondas, musgo y hongos. Este reino es exiguo y a la vez lujoso, dorado y sangriento, terrenal (las aves de Gómez sólo levantan vuelo durante la noche), de papel, casi desprovisto de agua. A partir de encuadres saturados de detalles exóticos, formas y especies labradas a tinta y óleo, la mano lúcida de la artista funda un territorio que por aproximación se transforma en íntimo.

Hay un espacio mínimo entre las cosas que es imposible , de Malena Pizani (Caracas, 1975), artista de la casa, organiza una serie con recursos mínimos: gatos que posan de frente ante un mismo fondo de madera veteada, bajo la misma luz turbia y polvorienta, con la mirada puesta en el ojo de la cámara. Algo de la tradición del culto a esos animales, que la literatura se ocupó de continuar a través de Carroll, Baudelaire y Cortázar, se filtra en este conjunto de imágenes enigmáticas que resisten la prosa de lo doméstico, la repetición y la semejanza. Los retratos de gatos negros, siameses o barcinos de Pizani trascienden la función complementaria, subalterna, para reapropiarse de un espíritu totémico.

La sala donde se exhibe El día que nunca aclara , de Cecilia Lenardón (Rosario, 1979), está empapelada con diseños florales tropicales, fondo similar al de las tomas directas a la luz de la luna de escenas con estatuillas de madera o de yeso de diferentes especies. Ciervos que evocan el mito de Acteón (metamorfosis una y otra vez abordada por las artes visuales), papagayos cuya elocuencia está enfatizada por el brillo de la superficie esmaltada, gallos y palomas que irrumpen como elementos irónicos, discordantes en una selva falsificada, siluetas que acechan. En primer plano, para aumentar el follaje (y la complejidad) visual de sus composiciones, Lenardón utiliza ramas de espinos florecidos y helechos como cornisas vegetales de sus fábulas bonsái.

Ficha. Verónica Gómez, Malena Pizani y Cecilia Lenardón en Foster Catena (Honduras 4882, 1er piso), hasta el 21 de septiembre

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