Releer es hoy un arte en extinción

Santiago Kovadloff
Santiago Kovadloff LA NACION
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5 de mayo de 2002  

Se equivocan aquellos que insisten en afirmar que hoy ya no se lee. Esta queja habitual de quienes quieren defender la lectura está mal dirigida. Porque no es así.

La realidad es que no sólo se lee, no sólo se sigue leyendo, sino que se lee mucho y acaso más de lo que nunca se haya leído. Ahí están, para probarlo, las generosas estadísticas de tanto editor satisfecho, de tanto librero exitoso. Ellas demuestran que el del libro sigue siendo un gran negocio, y lo es cada vez más, según se puede apreciar por la renovada, constante y cada vez más larga serie de títulos que las editoriales lanzan alegremente cada temporada y que inundan las mesas de las librerías.

Decididamente no son los números los que preocupan, sino que es otra la cuestión que conviene meditar. Y esta cuestión no atañe al interés por la lectura, sino a su calidad. Aquello que menos se vende es lo que exige un esfuerzo desusado, el de ser releído: la gran ficción, el pensamiento mayor, la poesía.

Reverso del zapping que no se detiene ni siquiera para ver cómo sigue una historia cuyo comienzo tampoco se conoce y del ciego fervor por lo novedoso que orienta como un faro el consumo masivo de libros, el acto de releer es siempre un arte. ¿Podría ser de otro modo? Con toda seguridad, siempre y cuando otras fueran las metas del desarrollo social buscado.

Como todo aquello que exige afición a la soledad y aptitud para concentrarse, el apego a la relectura está severamente impugnado por las costumbres de esta hora. Es inusual que alguien diga (estuve a punto de escribir "confiese") que está leyendo un libro por segunda vez. Nuestro tiempo, que ha hecho de lo efímero un valor, reniega con decisión de lo que no resulta rápidamente digerible, desechable y sustituible. Y releer es insistir, persistir, demorarse; volver a preguntar y querer llegar hasta el fondo. La relectura exige disciplina mental y un decidido gusto por ella, una disciplina con vocación de profundidad y ganas de entender.

Hay entre la curiosidad y el auténtico interés una diferencia esencial. La primera se alimenta de estímulos renovados de manera casi permanente. El segundo requiere grandes dosis de inclaudicable constancia, de tenaces replanteos. La curiosidad pide y exige, incesantemente, nuevos escenarios, paisajes sucesivos, caras que desfilen, ropajes de brillo fugaz. El interés, en cambio, se siente convocado por los múltiples sentidos posibles que puede guardar una misma imagen, un mismo concepto, un mismo personaje, un mismo discurso. La curiosidad trabaja en extensión. El interés, en profundidad. La curiosidad es nómade; el interés, sedentario.

Hay personas que despiertan nuestra curiosidad. Y personas que despiertan nuestro interés. Sólo las segundas invitan a ser frecuentadas. Sucede lo mismo con los libros. La mayoría de los que se editan y profusamente se venden responde a una demanda de contacto fugaz. A una cultura que ha hecho de los vínculos de superficie y de la frivolidad en el trato la única variable de relación entre las personas.

Confieso que me atraen, más que los lectores, los relectores. Hay en ellos un don convivencial más alto y más hondo. Y la atención se presta, es decir se ofrenda, allí donde se ha decidido meditar lo que se recibe, habitarlo y explorarlo con apasionada seriedad.

Acaso una buena definición de los clásicos sea ésta: autores que merecen ser releídos. Vale decir, escritores que se nos imponen de tal modo, con tal fuerza, que no se puede menos que volver y volver sobre ellos. Más que la intensidad de las emociones que suscita, lo que caracteriza al autor clásico es la persistencia y la radicalidad de las emociones que ha despertado. Esa maestría singular para impedir que su propuesta pueda disociarse de los dilemas centrales de la existencia. El clásico lo es porque nos contiene. Porque nuestra vida, para sostenerse, necesita también de lo que él nos da. Releerlo es, pues, tratar de acercarnos un poco más a nosotros mismos. Adentrarnos en un texto es, además de una experiencia renovada, un modo de conocerse más a uno mismo. Dignos de relectura son aquellos autores que nos dan más de lo que parece y exigen de nosotros más de lo que en principio les damos. Pero la hondura, por supuesto, no está de moda. Pensar se ha ido convirtiendo en un verbo intransitado. Inconjugable para quien pretenda no hacerlo en primera persona.

Sí, la relectura es un arte en extinción. El hecho no sería tan grave si sólo se tratara de su sola agonía. Pero acaso con la pérdida de esa pasión provechosa, algo más se está perdiendo y algo fundamental. Por ejemplo, la posibilidad de escuchar con detenimiento lo que se nos dice, lo que no se nos dice, lo que se calla. El país está pidiendo a gritos más profundidad, conciencia crítica, sentido solidario. Más relectores que lectores y meros electores. Más arrojo cívico. Un sentido cabal del don de la indignación.

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