Respetar las voces interiores

Isabel de Laborde concilia oficio y poética visual; la tradición geométrica en Agatiello
(0)
16 de diciembre de 2001  

Isabel de Laborde es de madre mexicana y de padre francés. Luego de su infancia en México vivió en París donde cursó estudios en la Escuela de Artes Decorativas y de Bellas Artes. A partir de la década de los 80 vive y trabaja en la Argentina, casada y con dos hijos Lo primero por destacar en el caso de Isabel es su probidad artesanal, su dominio del dibujo así como de las demás técnicas que domina y que suelen pasar por el acrílico.

Pero de poco y nada servirían estos brillantes antecedentes si además Isabel no estuviese dotada de un gran talento y de una férrea voluntad, ese carácter que le hace cumplir a pie juntillas con el dictado de Braque: Chaque artiste a sa cage (Cada artista en su jaula) .

Esta muestra está compuesta por más de una serie: la de los ríos, la de los tiempos y la de la sangre. Esta última cubre una pared con trabajos de formato no grande y en la que vemos algunos círculos, en distintas composiciones surcadas por ramificaciones doradas, algo que nos atrapa por su refinamiento y buen gusto. Lo mismo podríamos decir de otras composiciones donde lo poético se conjuga con lo plástico, dejando el protagonismo a los estrictamente visual.

En Laborde su vuelo poético no nos incomoda, ya que apenas actúa como disparador de una sensibilidad óptica, que sabe dar a su inspiración toda la equivalencia plástica que exigimos de la buena pintura. En todo caso, pasearse por esta muestra deviene un recorrido espacial tan bien equilibrado que nos hace pensar que son las paredes las que se hubiesen adecuado a los cuadros y no a la inversa. Ello habla muy bien de la curaduría de la muestra. Hay una pared ocupada por una sola pintura; los colores tenues, las líneas que no vacilan, nos dicen de una voluntad creadora que logró su cometido.

(En Galería Maman, avenida del Libertador 2475, hasta el 31 del actual.)

Energía y dinamismo

Mario Agatiello nació en Buenos Aires en 1943, pero su niñez transcurrió en Mendoza. Este dato es importante ya que mi experiencia me dice que la zona cordillerana transmite rara energía a sus habitantes, puesto que la misma procede del telos, y no me parece casual que nuestras primeras culturas nacieran al pié de las montañas cuando no en sus alturas como Machu Picchu.

En esta muestra Mario revalida títulos legítimamente adquiridos a partir de numerosas muestras individuales en la Argentina, Chile, Alemania, Japón y los Estados Unidos.

En esta oportunidad sus formatos se han limitado, incluyendo el marco, a una medida aproximada de 80 por 80 centímetros. Las más de las formas cuadrangulares no esquivan algunas octagonales y otras circulares.

En todos los casos Agatiello mantiene esa energía que le es característica y que dota a cada una de sus composiciones un fuerte dinamismo. Sus gamas colorísticas son impecables, explorando ya una gradación de azules y violetas, de rojos y turquesas o haciendo detonar algun verde, contradiciendo con éxito la ascética mondrianesca.

En algunas composiciones, dado el rigor de las mismas, nos recuerda la sobriedad de ese genial maestro de plena vigencia como lo es el ya desaparecido Emilio Pettoruti.

Un factor que merece reflexión aparte es el lumínico que, concentrándose en alguna línea blanquísima, expande su resplandor al resto de la tela.

Como ocurría ya en alguna de sus últimas etapas, los planos inmaculados de color están tratatados con una suerte de polvillo blanco que aumenta la sensación de los espacios siderales que la obra de este creador permanentemente evoca.

Incorporado ya a la dimensión de esa tradición geométrica que ha dado glorias a nuestra pintura, Agatiello reclama su lugar entre nuestros más valiosos y distinguidos maestros.

(En Galería Ursomarzo, Arenales 921, hasta el 22 del actual.)

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.