Retratos del alma

Roland Paiva, muerto en París el 9 del actual, fue un artista notable. De sus fotografías y cuadros emana una cualidad misteriosa y, al mismo tiempo, paradójicamente precisa. La sugestión de las imágenes que creaba era el fruto de una lúcida y aguda sensibilidad
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18 de mayo de 2003  

El artista plástico Roland Paiva (en Buenos Aires, todos lo llamaban Rolando), que falleció en París el pasado viernes 9, tuvo una vida tan rica en peripecias y errancias como la de un personaje de ficción. Su padre, paraguayo, descendía de una familia patricia; su madre era judía y polaca; esta pareja imprevisible se conoció en las Brigadas Internacionales, peleando por la República durante la Guerra Civil Española. Tras la derrota cruzaron los Pirineos y se refugiaron en la llamada "zona libre" del sur de Francia, en la clandestinidad. Allí nació Rolando, en Marsella, en 1942. Sus padres militaban en la Resistencia; el padre fue capturado y asesinado por la Gestapo, la madre sobrevivió y en 1945 volvió a Polonia con su hijo de tres años, ilusionada con el mundo más justo que prometía el comunismo. Tras el vigésimo congreso del Partido en 1956, su vieja guardia fue defenestrada, en Polonia accedió al poder Gomulka y el antiguo antisemitismo resurgió, tácitamente pero con fuerza. Rolando y su madre se vieron obligados a partir, esta vez hacia la Argentina.

En Buenos Aires, Rolando aprendió rápidamente el castellano y aprobó como alumno libre, en sólo dos años, todo el ciclo medio para iniciar inmediatamente estudios de arquitectura. Se acercó muy pronto a un medio cultural vinculado con el teatro y -gracias a la amistad de su madre con Mira Stein y otros discípulos de la escuela de Viena- el psicoanálisis. Paiva descubrió su verdadera vocación en las artes plásticas, que abordó indirectamente a través de la fotografía. Quienes vivieron la segunda mitad de los años 60 en Buenos Aires no han olvidado las imágenes fuertemente contrastadas que compuso de los espectáculos del Instituto Di Tella (a menudo más cautivantes que los espectáculos mismos), regularmente expuestas en las vidrieras del legendario local de la calle Florida al 900. Al mismo tiempo, había empezado a hacer retratos que captaban, misteriosamente, rasgos del carácter de sus modelos y que José Bianco, uno de ellos, llamó "retratos del alma".

En 1971 Paiva conoció a la que iba a ser su mujer y la madre de sus hijos: Teresa Anchorena. Con ella se instalaron en 1972 en París, donde iban a nacer sus hijos Mateo y Luna. Allí Rolando continuó con su trabajo de fotógrafo, en la moda por razones prácticas, y como retratista para seguir sus intuiciones de artista. El régimen militar instaurado en la Argentina en 1976 denunció a la pareja como "peligrosos activistas" ante la policía francesa y ambos se vieron privados de pasaporte durante varios años. En esa misma época Rolando se dedicó a la pintura, a la que sería fiel durante casi veinte años: una iconografía que podría parecer fotográfica si no estuviese sutilmente desrealizada por el trabajo pictórico sobre materias y texturas. La alternancia y el cruce de pintura y fotografía, tan aceptado hoy, fue explorado por él desde mitad de los años 70.

En los años 80, Paiva viajó a Asia central, sobre todo a Kirguistán y Afganistán, donde se afirmó su interés por las artes populares; al volver a París ordenó un rico material fotográfico en dos libros. En los años 90 retomó la fotografía con una elaboración plástica nueva, utilizando procedimientos y materiales del siglo XIX y trabajando con pincel sobre negativos y copias. Esta etapa coincidió con nuevos viajes. Como si el contacto con Asia central lo hubiese sensibilizado a la fuerza de las culturas no europeas, realizó un verdadero "retorno a las fuentes" imaginadas de su identidad, remontando el Paraná en distintas estaciones hasta visitar el Paraguay, la tierra natal de su padre, que no conocía.

De ese trayecto iniciático es huella el espléndido volumen El Paraná que publicó en Buenos Aires el Fondo Nacional de las Artes. Al mismo tiempo, los museos de bellas artes de Asunción, en dos ocasiones, y de La Paz, Bolivia, expusieron la obra de Paiva; él llevó al Centro Cultural Recoleta una muestra de arte popular paraguayo. El volumen Intérieurs/ Extérieurs , publicado en París en 2002, ha quedado como el punto más audaz y desafiante en las búsquedas plásticas de este artista impar, solitario, casi secreto, cuya obra revelará en la perspectiva del futuro una profunda coherencia de visión creadora, más allá de los avatares a que la historia del siglo pasado sometió la existencia del individuo.

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