Revoluciones

La sombra de la brutal guerra de Argelia atraviesa este fragmento de la novela del escritor francés, una delas más reveladoras de toda su carrera
J. M. G. Le Clézio
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7 de octubre de 2011  

La guerra rueda. Está allí, en todas partes alrededor, oculta, pero por instantes brilla con sus ojos de loba. Cuando se acerca el verano, Jean siente esa angustia indefinible que colma todo de una bruma de inexistencia. Y al mismo tiempo ve aparecer los demonios y las amenazas.

Un poco antes del verano, a comienzos de abril, algo le sucedió a esta ciudad. Había sido repentino y violento. Una hermosa mañana los habitantes se encontraron frente a la realidad. Habían entrado barcos en el puerto y los amarraron juntos porque no había más lugar en el muelle. Tres grandes paquebotes marcados por el óxido, con las altas chimeneas a la antigua, que aún debían de funcionar a vapor. En la popa del amarrado al muelle, en el lugar de los ferris para Córcega, Jean leyó: Commandant-Quéré . ¿Por qué recordó ese nombre? Era un nombre excepcional, pensó, un nombre de la mayor importancia. Era un nombre que permanecería, que aportaría un sentido, pero en ese momento nadie podía decir cuál sería ese sentido. Commandant-Quéré . Un nombre de persona, un nombre con una historia, sin duda, un destino. Un nombre, llegado del otro lado del mundo, de África, de Oceanía. Un nombre que interrogaba, que decía más o menos: ¿quién es? o ¿qué es?

Había mucho sol, el aire todavía era frío, el cielo estaba desgarrado por las nubes. Para Jean ese cielo significaba el dolor, el desamparo. Ese día había algo tenso, algo brutal. Grupos de hombres y mujeres esperaban en los muelles. La estación marítima era demasiado pequeña para recibirlos. Se habían instalado catres de campaña en las salas de espera, con mantas, pero los refugiados no habían podido entrar. Los soldados del contingente que habían venido en un camión distribuían la ayuda, víveres, café, aceite. En el medio del muelle estaba instalado un puesto de la Cruz Roja en una carpa blanca con las estacas de sostén clavadas entre las lajas de piedra. La mayoría de los que llegaban acampaba al fondo del puerto, cerca de la fuente. Jean veía a los chicos que se divertían en la dársena, estaban en short o en traje de baño, y los más pequeños chapoteaban desnudos en los charcos. Había risas, gritos, las madres llamaban a sus hijos con nombres raros, españoles, catalanes. En braseros improvisados en los bidones de metal las mujeres asaban lonchas de tocino, estofados u otras cosas que Jean no reconocía, que despedían un olor acre y atrayente a la vez, un olor de intimidad, de calor humano. Nada que ver con los olores pesados de la cocina hecha lentamente del edificio de Jean. Aquí, en los muelles, soplaba el viento, esto tenía un olor de libertad y de aventura que contrastaba con esa ciudad burguesa y xenófoba.

Cada día, al mediodía, al salir de clase, en lugar de regresar a comer a la casa de sus padres, Jean iba a ver el campamento de los refugiados. Reinaba en el puerto una animación inhabitual. Los fardos de corcho depositados en los muelles servían de pista de juego para los chicos. Otros usaban el largo portalón con ruedas como hamaca. Tenían voces agudas, un acento cantarino, como si hablaran en otra lengua. En un lugar protegido, no lejos de las escaleras, Jean había conocido a la familia Báez. Jean había sabido su apellido hablando con un joven que fumaba al sol, sentado en un fardo de corcho, no lejos de las escaleras. Tenía un rostro sombrío, con cejas espesas, la nariz fina y aguileña y mirada hostil. Había hablado de la guerra en Orán, era a la vez trivial y terrorífico. Cada día, los muertos, la venganza, las expediciones punitivas contra el barrio árabe, los tanques del ejército que lanzaban cañonazos en las calles. Jean permanecía sentado a su lado escuchándolo. No hacía preguntas. Se sentaba a su lado en un fardo de corcho y compartía un cigarrillo americano. El muchacho se llamaba Freddy Fontana, no era de la familia Báez pero viajaba con ellos. Sus padres habían muerto, iba hacia el norte, para encontrarse con su tío y su tía en Cambrai.

Un poco más lejos, protegido por una lona del ejército, en un brasero, la enorme señora Báez preparaba la comida, chauchas, papas en un caldero. Los hombres estaban sentados en el suelo, fumaban sin decir nada. Tenían caras marcadas por el cansancio, manchadas por la barba y ojos febriles. Una nena flacucha, con muchos rulos oscuros, con un poco aspecto de gitana y un vestido rosa por encima de un pantalón, bailaba delante de la tienda al son de una música cascada. Repetía el estribillo con voz de pato: "Argelia seguirá? Ziempre francesa? Ziempre francesa?". Buscaba hacer reír a los adultos, llamar su atención, luego seguía bailando. Fred se encogió de hombros. "Aquí todo el mundo está loco?" Cuando la nena lo irritaba mucho le tiraba piedras, pero ella seguía dando vueltas con su vestido rosa y el pantalón, embelesada, tal vez un poco desesperada.

Jean volvía todos los días y nada había cambiado. Los refugiados estaban siempre en el mismo lugar, Fred Fontana fumaba su cigarrillo al sol y el pequeño demonio continuaba con su vals inútil. Jean escuchaba al muchacho que le hablaba del otro lugar, de los atentados, de hombres con máscara negra que golpeaban a las puertas. Los tanques que patrullaban de noche, el ruido incesante de sus motores, las orugas en el asfalto hundido.

Y siempre estaba ese olor humano que flotaba en el puerto, que daba náuseas y al mismo tiempo era como necesario, era fuerte y verdadero, no tenía nada que ver con el resto de la ciudad, ni con la vejez decadente de La Kataviva.

Ahí, en el puerto, con las bocanadas de humo, el olor a pez, el petróleo ardiendo en los braseros, el polvo que picaba los ojos, Jean tenía la impresión de ver avanzar el mundo, como bajo nubes arrastradas por un viento furioso, sentía los sobresaltos de una historia en la que se sentía envuelto.

Luego, una mañana, unas semanas más tardes, al ir al puerto como de costumbre Jean vio que los refugiados de Orán se habían ido. En la explanada extrañamente vacía, papeles y periódicos rodaban por el viento. Huellas negras en el suelo indicaban los lugares donde los braseros habían ardido, y flotaban restos en el abrevadero, corazones de manzana que habían tirado los chicos. En el brocal una sola sandalia de plástico olvidada. Jean caminó un momento. Buscó con los ojos el lugar donde Fred Fontana y él se habían sentado para fumar todos los días anteriores. Pero habían quitado los fardos de corcho y nada encontró, ni las colillas.

[...]

Era la época en que Jean seguía a desconocidos por la calle, al azar. Era un juego extraño, que le hacía latir el corazón, un juego peligroso, inútil. No se lo decía a nadie. Los otros tenían ocupaciones verdaderas, perseguían a las chicas, iban al café, a la playa, a la biblioteca. Jean seguía a la gente, unos metros detrás, sin hacerse notar. Iba con ellos a través de la ciudad, tomaba ómnibus, bajaba a los subsuelos, entraba en los grandes almacenes.

A veces encontraba a sus compañeros, después de haber caminado durante horas. Hablaban de política. Ésta también era una actividad reconocida. Droste era un héroe, un calavera. Parecía nada, pequeño, flaco, con el pelo muy corto pero con algo decidido en la mirada. Tal vez demasiado serio, hasta el aburrimiento. Era hijo de un gendarme. Algunas tardes, en lugar de ir a clase, iba a citas misteriosas en los suburbios, por el lado del aeropuerto, donde estaban las villas miseria de los trabajadores inmigrantes. Recolectaba fondos para el FLN (Frente de Liberación Nacional). En el liceo todo el mundo lo sabía. En el sopor angustioso de ese fin de ciclo, con la segunda parte del examen de bachillerato que se acercaba, los grandes problemas filosóficos que eran temas de alto puntaje, sobre la Libertad, el Amor, el sentido del Honor según Montesquieu, la Naturaleza según Hobbes, las misiones secretas del alumno Droste tenían un lado simbólico pequeño.

Discusiones sin fin en el Café des Artistes: "Lo mismo es un cerdo, ayuda a los árabes contra su propio país". O bien: "¿Sabes que se arriesga a la pena de muerte? Yo admiro lo que hace, sobre todo con un padre que es gendarme". Jean no sabía. No sabía qué había que pensar. Tal vez no le importaba. Esperaba con impaciencia el final de las clases, elegía su víctima. No completamente al azar, lo reconocía. Era necesario que tuviera algo en la silueta, en la cara, en la mirada. Había pensado: algo que a un dibujante le hubiera gustado dibujar. Una mediocridad flagrante, una medianía, una indiferencia insolente. La trivialidad triunfaba en esa época de guerra, combinaba bien con esta violencia que circulaba por las calles, con las noticias de la guerra en Malasia, que su padre escuchaba por la radio inglesa cada noche, los combates en la jungla contra los terroristas. Las últimas bolsas de resistencia en la jungla. Combinaba también con los boletines de guerra que llegaban de Argelia, las escaramuzas en el Oranesado, los helicópteros que patrullaban la frontera electrificada, los muertos de cada día. Santos Balas, del que Jean no había tenido más noticias y que había dejado ese vacío, en la calle, en el liceo, en la playa. Jeanne Odile con la que Jean se cruzaba alguna vez en la avenida, cerca de la estación, muy pálida con el aspecto extraviado de un fantasma. Y la gente que llegaba al puerto, desembarcados de los paquebotes con los caballos que llevaban al matadero, esa gente errabunda por las calles alrededor del puerto, con las maletas en la mano, en busca de una habitación amueblada, de un cuarto de hotel. Las actualidades en el cine, los números del semanario Le Bled que llevaban a las clases del liceo y que los alumnos se pasaban para curiosear las fotos obscenas, los cuerpos carbonizados de los árabes colgados de la verja electrificada de la frontera con el cartel que decía:

Conductor, ralentiza. Si vas demasiado rápido

corres el riesgo de aterrizar en la

¡BARRERA ELÉCTRICA! 5000 VOLTIOS.

¡¡¡ES LA MUERTE!!!

El alumno Kernès, al que Jean había encontrado un día, merodeando cerca del liceo, llegado de Argelia para pasar algunas semanas de vacaciones por enfermedad. Su grueso rostro color ladrillo aplastado debido al sol de aquel lugar, a los días pasados afuera acechando en las colinas de piedras. Sus manos que se habían vuelto gruesas, manos de hombre, su cuello de toro. Porque había matado hombres. Cuando ya no se es virgen, decía Éléonore que debía saber algo de eso, el cuello se hace más grueso.

Traducción de Juana Bignozzi

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