Richard Ford: "En Estados Unidos no hay vida intelectual"

Un escritor detallista y emotivo, que llega por primera vez a Buenos Aires con una agenda agitada
Un escritor detallista y emotivo, que llega por primera vez a Buenos Aires con una agenda agitada Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi
Daniel Gigena
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28 de abril de 2018  

Invitado por la embajada de su país, la Feria Internacional del Libro porteña y Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires, el escritor estadounidense Richard Ford (Jackson, 1944), premio Pulitzer y PEN/Faulkner por la novela El Día de la Independencia y premio Princesa de Asturias de las Letras 2016, está de visita en Buenos Aires. Desde que llegó el jueves a la mañana, tuvo una actividad intensa. Firmó ejemplares y conversó con más de treinta lectores que se acercaron a la librería Eterna Cadencia, cenó con amigos y concedió entrevistas. Hoy a las 18 brindará una conferencia en la Sala Julio Cortázar; a las 19.30 firmará ejemplares en el stand de Anagrama (el sello que publica su obra en español) y el domingo conversará con la escritora Mariana Enriquez en el auditorio del Malba a la hora del té.

El lunes a la mañana, en el Museo del Libro y de la Lengua, mantendrá una charla abierta al público con el director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel. Pese a que Ford admite que su vida no es interesante ("No soy actor, ni espía, ni atleta", dice), el tema elegido para esa ocasión es "autobiografía y literatura", quizás porque en su libro más reciente, Entre ellos, cuenta por separado la vida de sus padres en una suerte de réquiem y de retrato de juventud de una época ida: la Gran Depresión. "Lo escribí para estar más cerca de ellos", confiesa.

-¿Es su primera visita a Buenos Aires?

-Sí. Aeropuerto, hotel, taxi; es como si estuviera en Illinois. Espero poder ver más de lo que vi hasta ahora. Aunque no son vacaciones, disfruto de estos viajes; son parte de mi trabajo. Lo bueno es que es un trabajo que a mí me gusta. Es un privilegio encontrarse con lectores que leen mis libros, con entrevistadores, dar conferencias, así que no me apena tanto no poder visitar los monumentos nacionales.

-¿Tenía una imagen previa de la ciudad?

-Sí y no. Mi mujer es urbanista y miro las cosas a través de los ojos de ella. Cuando estábamos por aterrizar, miré la ciudad hacia el oeste, la extensión, las áreas con agua que impiden el crecimiento y que la vuelven más densa y poblada. Eso es lo que veo. Trato de ver la geografía.

-En sus novelas, la geografía cumple un papel importante. Los personajes viajan mucho y el territorio condiciona sus vidas.

-Por dos razones. La geografía se expresa en el lenguaje y me interesan las palabras que expresan la geografía. Para mí, tiene que ver con escribir oraciones, no con mirar imágenes. Por otro lado, la geografía es útil porque racionaliza lo que hacen los personajes. ¿De qué modo? Les da el escenario para que actúen. Mi misión es volver plausibles esas acciones.

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi

-Para escribir Entre ellos, ¿leyó a muchos otros escritores que habían escrito sobre los padres?

-No tantos. Mi amigo Martin Amis había escrito algo en Experiencia; algunas memorias sobre padres de Eudora Welty, Joyce Carol Oates, Michael Ondaajte y Tobias Wolf. No creo que escriba más libros autobiográficos. No soy muy interesante ni he tenido una vida muy interesante. Me pasé toda la vida escribiendo. No luché en ninguna guerra, no soy un atleta ni un actor ni un espía. Viví una vida que me permite hacer estas cosas que hago con mucho gusto. No es un sacrificio, y eso es lo maravilloso.

-Su padre murió cuando usted era un adolescente. ¿Su madre leyó sus novelas?

-Lo dudo. Yo quería poner un libro mío en sus manos, pero no sabía si era el tipo de libro que a ella le gustaría. Era lectora. Creo que ella estaba sorprendida de que su hijo escribiera libros y tenía miedo de que no le gustara lo que había escrito y que yo lo advirtiera. No quería involucrarla en esos sentimientos. Tuvimos una relación muy volátil y no hacía falta sumarle más volatilidad con su opinión respecto de mis libros. Era muy inteligente sobre eso.

-¿Y a usted no le importaba?

-Si los hubiera leído, me hubiera encantado que les gustaran, como cualquier escritor desea de cualquier lector.

-¿Su mujer lee todos sus libros?

-Es la primera lectora, antes que el editor. Es la única. Lee todo. No quiere que nadie me diga qué es lo que está mal en mis libros, por eso prefiere hacerlo ella antes. Si me puede salvar de un mal comentario sobre mi libro, lo hace. Estoy muy agradecido con Kristina.

-¿Cuál diría que son los ejes de su narrativa?

-Yo. Para bien y para mal, soy el hilo conductor. Espero que mis libros sean amplios, inclusivos, variados y diversos, pero solo una persona los escribe. Mis limitaciones son las limitaciones de mis libros en cuanto a cantidad de temas y perspectivas. Me gusta cuando los lectores no reconocen al escritor que creen conocer en un nuevo libro mío. Quizás por eso no soy millonario.

-¿Qué relación hay?

-La industria editorial ama las series, las marcas, los géneros establecidos. Yo escribí una serie de cuatro libros, sobre la vida de Frank Banscombe, el protagonista, y tal vez escriba uno más sobre la vejez de ese personaje.

-Los personajes envejecen con el autor.

-No es inevitable pero resulta atractivo. Creo que puedo contar algo interesante sobre cada etapa de la vida. No es el tema, repito, es la circunstancia. En mi obra, todos los personajes son héroes o ninguno lo es. En la vida real, mi mujer es una heroína. Hay tantas fuerzas en la vida que nos llevan hacia el mal que un héroe es aquel que saca lo mejor de nosotros.

-¿Cambió mucho la vida cotidiana en Estados Unidos con el gobierno de Donald Trump?

-Sí, aunque no tanto para mí como escritor. Estoy tratando de ver cómo puedo incluir a Trump en una ficción sin arruinar mi libro, porque cuando uno menciona su nombre, el humor desaparece. Don DeLillo podría, porque escribe novelas serias. En mi caso, Trump sería "el innombrable" porque si se menciona su nombre, todos cerrarían el libro de inmediato. Los personajes son interesantes cuando tienen la capacidad de hacer el bien; Trump no tiene esa capacidad. Es un ejemplo vivo de lo que Hannah Arendt llamó "la banalidad del mal". Es un personaje tonto y malvado.

-La peor combinación.

-Es nuestro regalo al mundo. La Argentina nos dio a Juan Perón; Italia, a Benito Mussolini, Alemania, a Adolf Hitler. Nosotros a Trump. En Estados Unidos no hay vida intelectual.

-¿Lee mucha literatura?

-Es mi vida. La literatura es un sustituto de la vida, tanto para el escritor como para los lectores. Pocas veces escribo sobre mi propia vida, porque lo principal es la imaginación y la creación. Hacen que todo sea posible.

-En Entre ellos, usted escribe que es revelador pensar en las personas según la perspectiva de lo que hubiera sido mejor para ellas. ¿En su caso eso fue ser escritor?

-Es lo último que imaginé. Quise ser soldado, abogado, espía. Esas cosas no funcionaron y me pregunté en qué no había fallado todavía y que me gustaba hacer. Escribir era lo que me quedaba. Comencé con un intenso temor al fracaso y todavía escribo con ese temor. Estoy impulsado por ese temor al fracaso y por el amor a la literatura. No quería ser importante; solamente no quería fallar de forma miserable. Los escritores no somos figuras heroicas.

-¿Qué sería fracasar para un escritor?

-La falta de posibilidades. El estancamiento, la esencia de la inmovilidad. Cuando uno es escritor, nunca se rinde. Nunca pierdo la esperanza en mí ni en los otros. La gente siempre puede ser mejor, excepto Trump. Eso es lo peor que se puede decir de él: no tiene la capacidad de mejorar. Pero soy optimista, también con respecto a las sociedades. Todos los escritores son optimistas; no hay novelistas pesimistas. Como dijo Jean-Paul Sartre, escribir sobre lo más terrible significa que esas circunstancias se pueden elaborar. Un buen escritor crea algo que los demás pueden o podrán usar en el futuro.

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