Riqueza visual

LA SEÑAL Por Eduardo Mignogna-(Planeta)-300 páginas-($ 27)
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24 de noviembre de 2002  

Dos importantes premios, el Emecé y el de la Feria del Libro del año 2000, por su novela La fuga , descubrieron como escritor a Eduardo Mignogna, hasta entonces más conocido como director cinematográfico (sus películas Sol de otoño y El faro habían tenido muy buena repercusión y varias recompensas). Posteriormente, la realización de un film sobre su novela premiada, y ahora, la publicación de La señal , revelan que Mignogna es un creador tan bien dotado para narrar con imágenes cuanto con palabras. Ambas actividades, ejercidas en forma paralela o simultánea, tienen en realidad elementos comunes que Mignogna maneja hábilmente en este nuevo libro: escenas y descripciones de fuerte impacto visual, dinámico ritmo cinematográfico y un bien dosificado suspenso.

La acción sucede entre fines de 1951 y principios de 1952, con la agonía y la muerte de Eva Duarte como alusión o referencia indirecta a lo largo de todo el relato. Corvalán y Santana son dos detectives con oficina en Avellaneda que se dedican a casos de deudas impagas, seguimiento de adúlteras y custodias de actrices como Ivonne de Carlo o María Félix. Son socios pero no siempre en armonía porque los dos poseen una personalidad muy distinta. Santana, peronista, amante del folklore y los boleros, tiene una novia policía, Nelly, que le sirve para proporcionarles trabajos. Corvalán, cuarentón, ex-galán de fotonovelas, es antiperonista ("contrera", como se decía entonces), le gusta el tango, comparte su vida con Perla, visita a su madre en una residencia para ancianos en Flores y es dueño de un perro, "Lobo", por el que es capaz de arriesgar la vida. A ambos socios los une la afición al whisky y a las armas (los dos "cargan" revólver en la sobaquera) y como han visto muchas películas norteamericanas de gangsters, acostumbran a mechar sus frases con palabras en inglés.

El principal protagonista del relato es Corvalán, apodado el Pibe, que busca la felicidad en el amor y cuya vida da un vuelco al encontrarse con la enigmática Gloria. Conocía ya, por su oficio, el ambiente truhanesco de los levantadores de apuestas y capitalistas del juego, los extorsionadores y otros sujetos más o menos presidiables, pero por Gloria se mete, además, en el mundo aún más sórdido de la mafia y el crimen. Venganzas, golpes y tiroteos menudean en la segunda parte de la novela, la de ritmo más vertiginoso, con un desarrollo y un final que, probablemente, han sido pensados para la transcripción cinematográfica.

El estilo, de frases cortas y exactas, alcanza momentos de innegable eficacia descriptiva. También la evocación de época, acentuada por la mención de nombres de lugares, personas y objetos que remiten, sugestivamente, a los años en que la novela transcurre, salvo algún dato erróneo (en Avellaneda el 22 no era un colectivo sino un tranvía que recorría la Avenida Mitre, no Pavón) y algún descuido semántico como "la esfinge de la Virgen" por "la efigie la Virgen" (página 237). Lunares que no invalidan, por cierto, el atractivo de este nuevo testimonio de la capacidad literaria de Eduardo Mignogna.

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